Opinión
Miguel Ángel Cocom
16/02/2026 | Mérida, Yucatán
La trayectoria del doctor Carlos Alberto Pérez y Pérez sintetiza varias vocaciones que, al confluir, dieron forma a una vida dedicada a la educación: la disciplina, el humanismo, el arte y un compromiso sostenido con su comunidad. Nació en Mérida, Yucatán, en un hogar donde la formación y el servicio eran parte de la vida cotidiana. Su padre, militar retirado, y su madre, la maestra Pilar Pérez Sierra, le transmitieron desde niño el valor del estudio y la responsabilidad social.
Sus primeros años escolares transcurrieron en instituciones emblemáticas de la ciudad, donde encontró a docentes que dejaron huella en su formación. En la secundaria Agustín Vadillo Cicero tuvo un primer acercamiento a la pintura y al arte como herramientas formativas, experiencias que más adelante influirían en su visión pedagógica. Desde entonces comenzó a tejer relaciones académicas y humanas que lo acompañarían durante décadas dentro del ámbito educativo yucateco.
Tras concluir el bachillerato, decidió estudiar Lengua y Literatura Española en la Escuela Normal Superior “Benito Juárez García”, en Oaxaca. Ahí destacó por su rendimiento académico y, apenas egresado, fue invitado a integrarse como docente en instituciones normalistas, impartiendo asignaturas vinculadas con la formación pedagógica. Aquella experiencia confirmó su vocación.
Aunque por un breve periodo exploró la carrera de Derecho, pronto regresó al ámbito que realmente lo apasionaba e ingresó a la Facultad de Ciencias Antropológicas de la Universidad Autónoma de Yucatán para estudiar Historia. Durante esa etapa universitaria participó activamente en la vida académica y estudiantil, integrándose al Consejo Universitario en un momento clave para la institución. También se formó con docentes que marcaron su pensamiento y consolidaron su interés por comprender la educación desde la historia, la cultura y la realidad social.
Su carrera docente inició formalmente en 1984 en la secundaria Agustín Vadillo Cicero, primero como profesor interino y luego como titular. Paralelamente impartió clases en la Preparatoria Federal por Cooperación No. 1, compartiendo incluso espacios de trabajo con su propia madre, también maestra. Desde entonces quedó claro que su práctica educativa estaría vinculada tanto al rigor académico como a la cercanía con los estudiantes.
En 1991 se integró al Archivo General del Estado de Yucatán, donde participó en proyectos de investigación y publicaciones históricas relevantes. Esta experiencia fortaleció su interés por la memoria documental y le permitió incorporar una mirada histórica rigurosa a su trabajo educativo.
Durante los años siguientes se consolidó como profesor en la Escuela Preparatoria No. 2 de la UADY, donde impartió asignaturas como Filosofía, Literatura y Antropología. Además de la labor en el aula, promovió actividades culturales y académicas que buscaban acercar a los jóvenes a la historia y a la lectura, entendiendo que la educación no se limita al cumplimiento de programas escolares, sino que también implica despertar curiosidad y pensamiento crítico.
Quienes han compartido con él espacios escolares coinciden en un rasgo que se volvió parte de su identidad profesional: su presencia cotidiana en las aulas y direcciones escolares siempre vestido de traje, aun bajo el intenso calor yucateco. Más que una formalidad, esa constancia refleja el respeto que siente por la escuela y por la profesión docente. Sin embargo, esa seriedad nunca ha estado reñida con la cercanía hacia sus estudiantes: durante celebraciones como el carnaval, no duda en cambiar la vestimenta formal por un traje de mago, recordando que la educación también se construye desde la alegría y la confianza.
Sin embargo, uno de los rasgos más visibles de su trayectoria ha sido su labor directiva. Como subdirector y posteriormente director de diversas secundarias estatales, impulsó proyectos que integraban educación, arte y comunidad. En la Secundaria Estatal No. 18 República de México logró revertir una etapa de disminución de matrícula y fortaleció la atención educativa mediante la creación de espacios de apoyo y programas de prevención de adicciones y promoción de valores. Además, promovió murales históricos y proyectos artísticos que convertían los muros escolares en herramientas pedagógicas y en puntos de identidad comunitaria.
Posteriormente, al asumir la dirección de la Secundaria Estatal No. 1 Agustín Vadillo Cicero, reforzó programas de prevención del acoso escolar y promovió proyectos culturales que fortalecieron el sentido de pertenencia entre estudiantes y docentes. En esta etapa continuó su formación profesional mediante diplomados y programas enfocados en el desarrollo humano y la docencia.
Un capítulo particularmente significativo ocurrió a partir de 2012, cuando se integró a la Universidad de Oriente como Director Académico. Desde ahí impulsó programas de posgrado y promovió la creación del Primer Bachillerato Intercultural del estado, además de fortalecer políticas institucionales para la promoción de la lengua y la cultura maya. Su trabajo en esta etapa consolidó una visión educativa que reconoce el valor de los saberes comunitarios y de las culturas originarias como parte fundamental del desarrollo social.
A lo largo de su carrera ha mantenido vínculos académicos y profesionales con numerosos docentes y especialistas reconocidos en el estado, entre ellos maestras y maestros distinguidos como Fidelio Quintal Martín, Bartolomé Alonzo Caamal, Francisco Barroso Tanoira, Enrique Yanuario Ortiz, Santiago Gómez y Cámara, Effy Luz Vázquez de Rodríguez, Elly Marby Llerves, Alba Isela Aguilar de Marrufo y Azurena Molina Molas, además de mantener cercanía académica desde sus años de formación con figuras como Pura Irene Escalante de Cantillo y Nelly Rosa Montes de Oca y Sabido. Esta red de colaboración y aprendizaje mutuo refleja su convicción de que la educación es, ante todo, un esfuerzo colectivo.
En 2019 recibió el nombramiento como Maestro Distinguido del Estado de Yucatán, reconocimiento que sintetiza décadas de trabajo en las aulas y en la gestión educativa. En esa ocasión expresó una idea que resume su visión docente y que ha guiado buena parte de su trayectoria: “Un maestro es faro académico y punto de inspiración. Lo que hacemos en el aula marca el futuro de nuestros estudiantes”. Para él, la educación exige revisión permanente y compromiso social, pues el aula sigue siendo uno de los espacios más importantes para transformar realidades. Ha insistido en que la educación no puede reducirse a rutinas administrativas, sino que requiere preparación constante y una pedagogía activa que responda a las necesidades actuales de la niñez y la juventud.
Años más tarde, al recibir el Reconocimiento a la Excelencia Docente, reiteró que los problemas estructurales del país no pueden resolverse sin educación científica y humanista. En intervenciones públicas ha señalado que el desarrollo nacional no se construye con más armas, sino con más maestros preparados y comprometidos con sus comunidades, particularmente en regiones históricamente marginadas.
Quienes han compartido con él espacios académicos destacan su impulso constante a la mejora educativa, la cultura y el deporte como herramientas formativas. Además de su labor docente, mantiene una fuerte disciplina personal vinculada al deporte, participando durante años en carreras de fondo y desempeñándose también como juez oficial en eventos de boxeo profesional, actividades que reflejan constancia y ética, valores que traslada a su vida profesional.
Para Carlos Alberto Pérez y Pérez, los reconocimientos individuales solo tienen sentido si se entienden como un homenaje colectivo al magisterio. Así lo expresó al señalar que estos galardones deben servir para reafirmar el papel del docente como agente transformador de la sociedad y como figura clave en la construcción del futuro.
Su legado no se mide únicamente en premios, sino en escuelas fortalecidas, proyectos educativos consolidados y generaciones de estudiantes formados bajo la convicción de que la educación sigue siendo la herramienta más poderosa para transformar vidas y comunidades.
La figura de Carlos Alberto Pérez y Pérez resume al maestro integral: académico, gestor, promotor cultural y defensor de la educación como motor de cambio social. Su trayectoria confirma que enseñar es, ante todo, un acto de responsabilidad histórica. Como faro académico e inspiración, su influencia continúa iluminando el camino de quienes creen que el aula sigue siendo uno de los espacios más valiosos para construir un mejor futuro.
Edición: Fernando Sierra