Opinión
José Díaz Cervera
09/03/2026 | Mérida, Yucatán
Pensemos en el primer ser humano que alzó la vista y miró el plenilunio: ¿qué habrá sucedido en su corazón?
Esa mezcla extraña de asombro, terror y fascinación fue el primer acto estético, el éxtasis primigenio: la primera certeza, la primera incertidumbre, la experiencia estrenando sus espejos, la sensación fundacional, el descubrimiento de la subjetividad, el asombro bautismal, la vocación irresoluble de persistir, la inauguración de lo sublime.
La necesidad de compartir ese descubrimiento (esa riqueza creciente que se anidó en su corazón), llevó al hombre a crear el lenguaje. Antes de decir, el hombre hizo poesía; la poesía antecedió a la palabra y constituyó la primera tentativa de fraternidad humana; en su raíz, entonces, el arte busca la fraternidad y por eso su esencia es de absoluta nobleza: en medio de su soledad muda, el hombre descubre la posibilidad divina del encuentro.
Bien visto, el arte es entonces la manifestación de la precariedad humana y hasta de esa sensación de pequeñez frente a la grandilocuencia del cosmos. Somos un grano de polvo: un prodigio, un milagro, una anomalía; somos una brizna de lo real, una brizna que canta y que se asombra, que se llena de fe y de esperanza.
El arte no se diluye en la simple expresión de las emociones individuales. Su verdadera vocación es enseñarnos a ver el universo: el artista nos obsequia su mirada personal (única e irrepetible como lo es la de cualquier ser humano), permitiéndonos así “mirar” aquello que jamás hubiésemos podido “ver” sino a través del ejercicio de quien le dio a la palabra, a la forma, al color o al movimiento una estatura cósmica que es, a fin de cuentas, el resultado de una paradoja extraña donde se cruzan la humildad y la generosidad.
El artista construye universos con casi nada, pero estos universos tienen la gracia de buscar que algo florezca en el corazón de sus semejantes.
Generoso y humilde —sencillo—, el arte es un acto de fe (de buena fe). El arte es una praxis que busca la redención propia, una lucha contra la mezquindad, un esfuerzo encaminado a edificar humanidad, una mano abierta a quien la necesite, un implícito deseo de justicia, un acto de solidaridad con todos aquellos que la requieran. El arte tiene que ser una disposición al abrazo, una lágrima, una sonrisa, un beso y hasta un acto de rabia; el arte tiene que alejarse del narcisismo y del clasismo para no devenir en simple ejercicio de la ampulosidad, algo que se vuelve tremendamente común en un sistema de economía de mercado y en una sociedad altamente individualista como en la que vivimos.
Y es que el arte es una de las mayores posibilidades de redención humana y por eso debe alejarse del narcisismo para que sea legítimamente un vehículo de la empatía y del encuentro entre sujetos; el narcisista no solamente sufre de una manera sórdida y soledosa, sino también está ontológicamente incapacitado para el ejercicio del arte pues vive más atento a sí mismo que al cosmos. Como quiera, el arte también debe escindirse del clasismo para que tenga la estatura de una práctica noble y generosa que permita que los hombres se vinculen más allá del tiempo, del espacio y de sus circunstancias estrictamente objetivas.
El arte es el mayor acto subversivo que pueda verificarse, no sólo porque nos muestra lo que el mundo es, sino también lo que no es y lo que podría ser.
Vivimos tiempos de cambio y el arte no se quedará a la zaga de esas transformaciones; antes bien, algunos artistas comienzan a marcar el rumbo porque han descubierto que el arte y la rebeldía, al implicar dos formas de la inconformidad, son sinónimos que apuntan a la necesidad de construir un mundo mejor.
No hay desarrollo cultural posible en sociedades e instituciones que fomentan el narcisismo. El verdadero rebelde y el verdadero artista son oficiantes de la buena fe y de la generosidad.
Edición: Fernando Sierra