Opinión
Teresa Quiñones Vega
09/03/2026 | Mérida, Yucatán
Durante la época prehispánica, el algodón fue un recurso importante en el comercio de los mayas y, en general, de los pueblos mesoamericanos. En el periodo colonial, los españoles vieron en su cultivo una fuente de riqueza y obligaron a los pueblos indígenas a seguir trabajándolo para producir hilo y mantas, las cuales se utilizaron como tributo para encomenderos y religiosos. Fuentes históricas señalan que en el área de Valladolid abundaron los espacios destinados al cultivo del algodón. Su importancia fue tal que en esta ciudad funcionó una fábrica de algodón llamada La Aurora hasta el año de 1848.
La relevancia del cultivo del algodón aún se observa hoy en patios y solares de algunas comunidades de la Península. Un ejemplo es la comunidad de Tihosuco, en Quintana Roo, ubicada a 60 kilómetros de Valladolid, donde la población maya todavía utiliza el algodón con fines rituales.
De la flor del algodón se obtiene la fibra y, a partir de esta, el hilo. Cuando la flor se seca, se forma una cápsula que, al madurar, se abre y deja expuesta la fibra o mechón de algodón. Estas cápsulas abiertas son las que se cosechan; posteriormente se retiran las semillas y las impurezas, de modo que solo quede el copo de algodón.
El proceso de hilado se realiza a mano con un huso, mediante el cual se tuerce el copo o mechón de algodón hasta obtener un hilo continuo. En Tihosuco, son pocas las personas que actualmente saben hilar algodón; por lo general, se trata de hombres y mujeres mayas mayores. Para el hilado se utiliza una jícara y, como huso, un palo llamado pechech en lengua maya. Este instrumento es de madera y mide aproximadamente 30 centímetros de largo y 20 centímetros de grosor; la parte central es la más ancha y se adelgaza hacia las puntas. Al hilar, el pechech se coloca de forma vertical dentro de la jícara. La persona que hila lo hace girar con los dedos de una mano, mientras que con la otra sostiene el copo de algodón y tuerce la fibra para formar el hilo, el cual se va enrollando en el mismo huso. Durante el proceso, se levanta la mano que sostiene el mechón para facilitar la producción del hilo. Cuando ya se han hilado varios metros, el hilo se va formando en “bolas”, que constituyen la materia prima para la elaboración de dos objetos rituales aún presentes en esta comunidad.
Uno de ellos son las velas de cera de abeja. Para su elaboración se utiliza el hilo de algodón como pabilo o mecha, con una longitud aproximada de 20 a 40 centímetros. Este hilo se introduce repetidamente en cera caliente; el número de inmersiones depende del grosor que se desee para la vela, hasta alcanzar el tamaño adecuado. Estas velas de cera se ofrendan a imágenes del culto católico durante novenas o gremios, y también se utilizan en el tiempo de finados o en la época de los difuntos. Por lo general, las familias colocan estas velas sobre la mesa de ofrendas.
El otro objeto ritual tiene su uso en ritos funerarios. Se trata de una pieza que se coloca en el cuerpo de la persona fallecida a la que se conoce como cordón del difunto. Este objeto se elabora con varios hilos de algodón trenzados que dan lugar a un cinturón grueso de más de un metro de largo. Parte de los ritos funerarios es preparar el cuerpo de la persona recién fallecida para el velatorio, lo cual incluye vestir al muerto con ropa nueva (sujuy) y blanca, además de sujetarle en la cintura el cordón de algodón. Dicho cordón incluye, un rosario con una cruz que se coloca entre las manos de la persona muerta. Este objeto se usa en los funerales de las personas adultas con vida marital, ya que a las personas solteras se les trata como niños/as a la hora del funeral.
Entre la población maya de esta localidad se cree que las personas adultas casadas o que vivían en convivencia conyugal, al morir, tienen pecados; por ello, necesitan ser provistas de este objeto ritual: el cordón-rosario. Este implemento les permite enfrentar al mal que intentará impedir su llegada al cielo. En el pensamiento de los mayas de Tihosuco, se considera que con el cordón el alma del difunto puede defenderse, pues “sirve al difunto para que golpee al ángel malo que enfrenta al morir (…) para dar azotes a los demonios”.
Otra versión señala que el ángel bueno que llega por el alma del recién fallecido toma el cordón-rosario y conduce el alma “directita al cielo”. En la primera interpretación, el alma utiliza el cordón para luchar contra el mal y evitar ser llevada; en la segunda, el cordón sirve al ángel para guiarla hacia el cielo. En ambos casos, la idea es la misma: dotar al alma de la persona fallecida de lo necesario para que pueda llegar al cielo.
Debido a los usos rituales que se le dan al algodón, personas de Tihosuco procuran tener en sus solares arbustos de algodón y de jícaras. Asimismo, aún existen personas que saben elaborar el pechech y, aunque cada vez son menos, también hay quienes saben hacer velas de cera y cordones para los difuntos.
En el Museo de la Guerra de Castas de la comunidad existe un jardín de plantas donde se conservan varios arbustos de algodón. Hasta hace algunos años, parte del recorrido del museo incluía la visita a este jardín y la demostración del proceso de hilado del algodón. Incluso, se impartían talleres dirigidos a la población infantil de la localidad, con la intención de enseñarles el proceso del hilado y la importancia del hilo de algodón en la vida ritual de su comunidad.
Teresa Quiñones Vega es antropóloga social del Centro INAH Yucatán
Coordinadora editorial de la columna:
María del Carmen Castillo Cisneros; profesora investigadora en Antropología Social
Edición: Fernando Sierra