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Foto: Afp

El gobierno del ultraderechista José Antonio Kast retiró el apoyo de Chile a su compatriota, la ex presidenta Michelle Bachelet (2014-2018), en su candidatura a la Secretaría General de la Organización de Naciones Unidas. Bachelet fue postulada el pasado 2 de febrero por el propio Chile en conjunto con México y Brasil, una nominación que el entonces presidente Gabriel Boric describió como un manifiesto de “voluntad común de contribuir a la gobernanza global y al fortalecimiento del multilateralismo”, así como una expresión de la “esperanza compartida en que América Latina y el Caribe hagan oír su voz en la construcción de soluciones colectivas a los tremendos desafíos de nuestro tiempo”.

El respaldo de los dos países más poblados y con las mayores economías de la región fue la mejor demostración posible de esa apuesta por el multilateralismo y por dar voz a las naciones desde Tierra del Fuego hasta el río Bravo. En contraste, la puñalada de Kast exhibe los principales rasgos de la actual oleada de mandatarios de ultraderecha en Santiago, Buenos Aires, Lima, Quito, San José, Ciudad de Panamá, San Salvador, Santo Domingo o Puerto España. Como sus colegas, el hijo de un nazi y admirador abierto de Augusto Pinochet despliega sobreideologización, intolerancia ante la diferencia y una determinación absoluta a entregar las riendas de su país a Washington.

Para dimensionar el extremismo de Kast al sabotear a Bachelet, debe recordarse que es imposible vincular a la militante del Partido Socialista con cualquier forma de radicalismo de izquierda. De hecho, si algo se le puede reprochar es su excesiva contemporización con las derechas y los herederos del pinochetismo. Fue ministra de Salud y de Defensa del ex presidente ultraneoliberal Ricardo Lagos, y en la última cartera trabajó sin fricciones con miembros de las fuerzas armadas que deben sus carreras al dictador. Como mandataria, mantuvo intocados la institucionalidad, el modelo económico y el marco legal creados por Pinochet. Asimismo, es integrante del Club de Madrid, una organización que reúne a más de 100 ex jefes de Estado y de gobierno entre quienes se cuentan representantes de la derecha y la ultraderecha iberoamericana como José María Aznar, Mariano Rajoy, Jorge Tuto Quiroga, Carlos Mesa, Vicente Fox, Felipe Calderón, Eduardo Frei Ruiz-Tagle, el mencionado Lagos, Julio María Sanguinetti, Luis Alberto Lacalle, Mauricio Macri, Óscar Arias o Fernando Henrique Cardoso.

Con estos antecedentes, queda claro que Bachelet no representa ninguna amenaza para la administración Kast ni debería ser una candidata indigerible para las derechas. Por el contrario, la ex mandataria representa una solución de compromiso por excelencia mediante la cual el progresismo y el conservadurismo podrían impulsar la alicaída relevancia de América Latina y el Caribe en el tablero global sin afectar sus propias agendas e intereses. Por las mismas razones, el sabotaje a su candidatura no es una victoria del pinochetismo sobre sus rivales, sino un perjuicio contra Chile, una afrenta a México y Brasil, y un regalo para el trumpismo en su afán explícito de mantener a la región como un patio trasero y un territorio para el saqueo por parte de sus multinacionales, con independencia nominal pero en los hechos sometido a la Casa Blanca.


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Edición: Estefanía Cardeña


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