Opinión
Gerardo Jaso
25/03/2026 | Mérida, Yucatán
Equinoccio de primavera en Yucatán. Tiempo de equilibrio, de mirar hacia adentro, de hacer un alto y observar cómo Kukulcán desciende por la escalinata del Castillo en Chichén Itzá. Pero este año, la serpiente emplumada no bajó sola.
El viernes, el trofeo de la Copa Mundial de la FIFA 26 posó frente a la pirámide para las cámaras institucionales. Un encuentro formal entre dos símbolos: el del mundo maya y el del futbol global. Pero el sábado y el domingo la historia fue otra. La Copa bajó al nivel del suelo, se metió entre la gente, entre los aficionados yucatecos que vestían sus camisetas de Messi, de Zidane, de Lamine Yamal, de Brasil, de Francia y muchos y muchas llevaban la de la selección de México, sin más filtro que su propia emoción.
Aquí no hubo distancia. Con acreditación o haciendo la fila bajo el sol, todos lo vivimos igual: de cerca. Muy cerca. Al fondo se escuchaban las declaraciones oficiales, pero lo que realmente importaba pasaba en primera fila, donde la gente no venía a escuchar discursos, sino a encontrarse con un pedazo de historia que pocas veces llega hasta nuestras calles.
El trofeo es, ante todo, un objeto que detona memoria. No importa cuánto pesa o los detalles de su oro macizo. Importa lo que representa. Al verlo, uno no puede evitar imaginar a Beckenbauer levantándolo por primera vez en 1974, o a Dino Zoff —con 40 años— alzándolo en el Santiago Bernabéu ante 90 mil personas y 500 millones pegados al televisor. Vienen a la mente Paolo Rossi, Pele, los brasileños del 94, los franceses del 98, y más acá en el tiempo, Messi en 2022. Alemania, Argentina, Italia, Brasil, Francia, España… cada nombre, cada año, es un recuerdo compartido por generaciones.
Porque el trofeo no es una imagen en televisión ni una foto que se desliza en redes. Es estar a centímetros del objeto más emblemático del deporte mundial. Es reconocer en él un legado.
Eran las nueve de la mañana cuando todos caminamos hacia el recinto principal. En el ambiente ya se respiraba algo distinto. El silencio inicial se rompió con los acordes de “La copa de la vida” y “Waka Waka”, y entonces la atención se fue hacia un solo punto. Pidieron que nadie se levantara de sus asientos, que los invitados especiales dieran tres pasos atrás. La Copa, nos dijeron, solo puede ser tocada por quienes han sido campeones del mundo.
Y ahí apareció Fernando Llorente.
No venía acompañado. Estaba solo frente a la Copa, como si el tiempo se hubiera detenido. La miró, se acercó despacio, la acarició. Luego la tomó entre sus manos y la levantó, igual que aquella noche de 2010 cuando España se coronó en Sudáfrica junto a Andrés Iniesta y toda una generación dorada. Pero en su cara no había pose. Había algo más profundo: la misma ilusión del niño que soñaba con ser futbolista, la misma mirada del joven que se partía la espalda entrenando para trascender.
Esa es la magia de la Copa. No es el oro. Es lo que despierta. Es un símbolo que nos conecta con nuestras propias emociones, con los sueños que guardamos desde chicos, con esa parte nuestra que sigue creyendo que un día podemos estar ahí.
En Mérida, durante este equinoccio, la serpiente emplumada bajó para encontrarse con otro tipo de gloria. Y los que estábamos ahí nos fuimos con la certeza de que, aunque sea por unos días, la gloria del futbol nos quedó a la vuelta de la esquina.
Edición: Ana Ordaz