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Salvador Alvarado y la fundación del Centro Estatal de Bellas Artes (Tercera y última)

Su pensamiento estaba alimentado por la pedagogía de su tiempo
Foto: Jusaeri

En el trasfondo del pensamiento de Salvador Alvarado se advierte un cruce de varias líneas de pensamiento donde una de las más nítidas nos revela un fuerte influjo de la filosofía social de Friedrich Naumann, un político alemán que falleciera en 1919 y que preconizaba un liberalismo con sentido colectivista donde la democracia no se reduce a la posibilidad de escoger a los gobernantes, sino (fundamentalmente) a la posibilidad de participar en las decisiones sobre asuntos relevantes para la colectividad, planteamiento muy similar al concepto platónico de democracia que se desarrollara en la Grecia antigua.
El pensamiento de Salvador Alvarado también estaba alimentado por la pedagogía de su tiempo. El general era admirador de Frederich Fröbel y de Johan Pestalozzi, quienes destacaron el valor didáctico del juego y el componente afectivo del aprendizaje, proponiendo el proceso educativo como una acción integral de desarrollo humano.

Justamente en este punto podemos encontrar la clave que nos permite entender de mejor manera el pensamiento social de Salvador Alvarado. Su utopía política se centraba en generar esas energías gregarias que permitan a los individuos ser mejores a partir de un concepto integral donde el ser humano es concebido desde dos co-principios fundamentales que son la racionalidad y la sensibilidad. La educación debía propiciar el desarrollo de las capacidades intelectuales de las personas humanas, pero también el desarrollo de una sensibilidad que permita al hombre emocionarse, asombrarse y conmoverse ante su mundo y frente a sus semejantes. Para la racionalidad había que educar en la ciencia, para la sensibilidad había que educar en el arte.

Más porque educar en el arte supone una aguda fertilización de nuestra sensibilidad, la tarea implica un reto mayúsculo. Si atendemos a Kant, encontraremos que la sensibilidad supone una facultad humana para ser afectados emocionalmente por los estímulos del medio, lo que implica gestionar una manera específica de interactuar con el mundo a partir de las instigaciones que éste produce en nuestro equipamiento sentimental. El desarrollo de la sensibilidad supone en el fondo una lucha contra la indiferencia y la indolencia ante lo que nos rodea.

Es claro, entonces, que en una sociedad individualista se inhiben los sentimientos más nobles que nos humanizan y ennoblecen y por ello es necesario abonar la sensibilidad de los ciudadanos para que sean capaces no sólo de conmoverse ante la adversidad y el dolor humano, sino también de regocijarse ante el bien y disfrutar las delicias de la fraternidad. Para Alvarado, una sociedad feliz es aquella que es capaz de producir riqueza de manera honesta y sin pasar por encima de nadie.
En ese sentido, Salvador Alvarado considera que en el corazón de las mujeres estaba ese factor que podría orientar el camino hacia el florecimiento de la sensibilidad de nuestra población, mas su consideración fue también muy aguda, pues no estaba pensando de ninguna manera en la mujer sumisa, ignorante y abnegada. La participación de la mujer en el desarrollo de la sensibilidad era entonces fundamental y para ello se requería de mujeres en plenitud.

Si bien es cierto que el feminismo de Alvarado no era vanguardista (el general pensaba que la mujer debía trabajar mientras fuera soltera y dedicarse fundamentalmente a las labores del hogar al vincularse matrimonialmente), también consideraba que la mujer tenía el derecho a recibir la misma educación que el hombre y que ese derecho debe ser universal para todo el género femenino. Asimismo, le parecía necesario impulsar la creación de ligas femeninas y asociaciones de mujeres trabajadoras y de madres de familia que les permitieran ocupar espacios sociales y defender sus derechos, en la inteligencia de que el sector femenino de la sociedad es un factor decisivo del progreso social y el desarrollo humano.

Para Salvador Alvarado, la mujer ha sido históricamente la mayor víctima del fanatismo religioso y ante ello hay que brindar igualdad de oportunidades educativas tanto al hombre como a la población femenina, pues, como ya se afirmó, la mujer en plenitud tiene una función muy importante en la edificación de la patria.

Dejo para mejor ocasión lo referente a los dos Congresos Feministas que durante su gestión se organizaron en Yucatán. Sólo adelanto que el feminismo en nuestro estado ya tenía una historia anterior a la llegada del general, con una agrupación de mujeres de la masonería conocidas como “Las hijas de Eva”. Lo interesante, sin embargo, de la perspectiva de Alvarado es que se da cuenta de la necesidad de integrar a la mujer en la vida pública reconociendo sus derechos civiles y políticos, y que ello constituye un principio fundamental del progreso social.

Así, si bien es cierto que el concepto de equidad de género todavía estaba muy distante, Salvador Alvarado comprendió que no hay patria ni justicia social sin las mujeres. Podríamos decir que Alvarado ve en la mujer una especie de metáfora del origen y del florecimiento no sólo de la vida humana, sino también de los ideales, de las energías colectivas y de la sensibilidad. Propiciar, entonces, la igualdad jurídica y de oportunidades educativas entre mujeres y varones fue una motivación fundamental de la gestión alvaradista en Yucatán. La mujer tendría que aportar a la causa revolucionaria su intuición, su receptividad, su creatividad, su inteligencia, su imaginación y su sensibilidad; la mujer era otro camino para la conquista del bien y de la felicidad.

Así el círculo ideológico se cierra. Así entendemos la importancia del arte en el proyecto político de Salvador Alvarado: no se puede cambiar la mentalidad de los hombres sin transformar su sensibilidad: el arte, entonces, no es solamente un asunto ornamental, sino una praxis que nos abre al mundo, que fomenta la fraternidad, la nobleza, el sentido de pertenencia y el orgullo. 

No soy historiador. Soy un poeta al que le gusta esconderse para mirar el mundo lejos de la sinrazón. Salvador Alvarado no es entonces para mí un personaje histórico: es un héroe trágico, como los de Sófocles o Shakespeare; su falla dramática estaba decisivamente ligada a su pasión épica. Él miraba el mundo desde una utopía en la que cada ser humano tenía la obligación de desarrollar su sensibilidad para mirar el cosmos como la obra de un artista supremo: eso explica por qué apoyó a Adolfo de la Huerta cuando éste se levantó en armas contra la candidatura de Plutarco Elías Calles impuesta por Obregón.

De la Huerta tiene históricamente la fama de haber sido un funcionario honesto y un negociador eficaz. Militar y político, de la Huerta fue también un solvente cantante de ópera que, al exiliarse en California hacia 1924, vivió de impartir clases particulares de canto. Aprehendido cerca de Palenque luchando en favor de Adolfo de la Huerta (quien aparentemente lo dejó solo), Salvador Alvarado murió en condiciones siniestras el 10 de junio de 1924, cumpliendo así su destino trágico. Su muerte fue todo lo poética que puede ser la muerte de un héroe novelesco. 

Alvarado murió aristotélicamente; tuvo todas las virtudes en su justa proporción, menos una, y esa fue la causa de su derrota definitiva: probablemente fue mucho más idealista de lo que se necesitaba; su sentido utópico pudo en él más que su vocación épica y eso terminó derrotándolo, como acontece usualmente con los héroes de verdad. 

Salgo a caminar por los andadores del Centro Estatal de Bellas Artes; la tarde es fría y los árboles cantan la melodía del viento: la penumbra me acompaña. Escucho una voz detrás de mí, volteo, pero no hay nadie; sigo mi camino y vuelvo a escuchar la voz: perdone usted tanta impertinencia, mi general, usted es un personaje histórico y no un personaje literario. Discúlpeme. Yo sólo soy un poeta que se entretiene —y mucho— con su imaginación. Discúlpeme, don Salvador, aunque no pueda prometerle que no lo haré de nuevo…

*Conferencia impartida por el autor en la pasada edición de FILEY.

Lea la parte uno y dos aquí:


Edición: Estefanía Cardeña


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