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Cuando la desolación nos alcance

María Elena González reúne sus cuentos en su ópera prima 'El jardín que se apropia de mí'
Foto: Facsímil

Siempre imaginé que los relatos de María Elena González, una vez reunidos, formarían parte de un buen libro. Y que constituirían un conjunto y no una muestra de las diferentes modalidades de una sola obsesión.

María Elena es una mujer exitosa. Es una ejecutiva de bienes raíces sobresaliente, una gran madre, una lectora enorme, una incansable viajera y una cinéfila ávida.

En cuanto a las letras, además de que forma parte de varios colectivos literarios, nunca ha dejado de prepararse. Basta ver la extensa nómina de autores con los que ha tomado talleres para constatarlo. Desde Eusebio Ruvalcaba hasta Agustín Monsreal, pasando por Carlos René Padilla. Una pléyade de buenos narradores. Y de ellos, precisamente, María Elena ha abrevado para generar un estilo mordaz, sensitivo y escrupuloso. 

Los doce cuentos que conforman El Jardín que se apropia de mí (Casa Bonsai 2025), constituyen un atractivo muestrario de su manera de narrar. Son relatos que oscilan entre la ternura y la mordacidad cuya trama puede extrañar, pero nunca dejar indiferente al lector. Para María Elena, supongo, no habrá sido fácil elegir las historias que integran esta colección, pues conociendo lo empecinada que es, de seguro dejó fuera algunos que ella adoraba. 

Pero ¿de qué van estos cuentos?  ¿Hay un hilo conductor que los engarza o los escogió María Elena arbitrariamente?

Desolación y descomposición del cuerpo, esos son para mí, los dos grandes temas con que la autora ha decidido concatenar sus relatos. Así ocurre, por ejemplo, en Pronunciaré de nuevo tu nombre, el segundo de la colección, aquel donde una mujer agotada por cuidar al marido que padece una enfermedad terminal, no tiene otro remedio que enviarlo a morir a una casa de asistencia. Eso sí, con todo el dolor de su alma.

“…unos enfermeros entraron a la habitación con una camilla, pasarlo fue fácil, no pesaba nada, lo que a ti te pesaba era su despertar, cuando al abrir los ojos se diera cuenta de que no había muerto, de que estaba en otro lugar lejos de ti.”

En ese mismo tenor se encuentra La burla, el tercero de la antología, en el que Sonia, una viuda aterrorizada por la vejez, hace hasta lo imposible por no convertirse en un despojo de sí misma.

“El cuerpo se llenó de escaras en las piernas y espalda, el hedor de la carne muerta era insoportable. El corazón le palpitaba frenéticamente como si fuera a salirse y caer en sus manos. Así, llegó el tiempo en que la llenaban de tubos y cables”.

Una cosa que llama poderosamente la atención en este libro es que la mayoría de las protagonistas de estos relatos son mujeres carismáticas, hembras fuertes que con el paso del tiempo se han convertido en caricaturas de lo que alguna vez fueron. Pienso, por ejemplo, en la vieja de El jardín que se apropia de mí, el cuento que le da título al libro y el más extenso del volumen. Decidida a salir adelante, la anciana se resiste a terminar en un geriátrico. Pero lo peor es que no es el cuerpo sino el espíritu quien está enfermo antes de que el padecimiento físico lo alcance como resultado de haber vivido en una sociedad en descomposición, dentro de una forma de vida que, como un tumor maligno, la irá devorando a sí misma. Narrado alternadamente en primera y en segunda persona, este cuento coquetea con cierta experimentación que lo convierte en uno de los mejores de la docena.
 
Ahora, bien, más allá de las trágicas circunstancias que conllevan la enfermedad y la muerte, hay dos relatos que me atraen especialmente por sus efectivas descripciones que involucran los cinco sentidos. Me refiero a Solo faltaron las moscas y a Nuestras narices pedían aire. En el primero, una mujer visita una casa de una cantante en retiro que vive con montones de gatos y una hija que, de tan gorda, no puede moverse de la cama. Los hedores de los excrementos felinos se alternan con el apeste de las miasmas de la muchacha obesa. No es casual que después de leer este cuento se le queden a uno las desagradables imágenes en la cabeza. Y en el caso del segundo, basado en un hecho real según me contó alguna vez la propia autora, es la pestilencia de un viejo sucio que sube a un autobús que va de Logroño a Villabuena de Álava, en España, la que provoca que la protagonista rememore las consecuencias de su propio alcoholismo. 

“Se sentó en el asiento contrario al mío. El angosto pasillo que nos acercaba me hizo notar que uno de sus ojos era de diferente color. De su gorro tejido y sucio escapaban madejas de pelo canoso; me di cuenta del tono rosado en su rostro, ese que da el alcohol. ¿Cómo no iba yo a saberlo?”

Me parece un acierto que María Elena se haya decido, por fin, a publicar en un solo libro este conjunto de relatos que, si no me equivoco, buena parte ha aparecido de manera suelta en revistas y portales literarios. Recuerdo específicamente Los perros hace tiempo que dejaron de ladrar, que trata de la triste realidad de la niñez en Gaza, texto que aparentemente se aleja de la temática general del libro, pero que se relaciona directamente con la desolación, asunto central de El jardín que se apropia de mí. 

Dice la escritora española Ana María Matute que cuando uno termina de leer un buen cuento, éste se va, pero deja sus huellas. Y aun las arrastra por el camino, como van ladrando los perros tras los carros, carretera adelante.

Son esas huellas y esos ladridos, estoy seguro, los que seguirán al lector que se adentre en las páginas que integran El jardín que se apropia de mí, la ópera prima de María Elena González Ortega.     

contacto@lajornadamaya


Edición: Fernando Sierra


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