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Ambientes extraños

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Foto: Facsímil

El deslumbramiento que inunda la recepción admirativa de una obra literaria suele desembocar en influencias que anidan en nuevos procesos creadores. Cuando un autor reconoce de manera clara la intensidad de estos flujos que sugieren modelos y referentes, puede sentirse inducido a honrar, en letras propias, aquella otra pluma que el canon consagra aplicando su balanza para medir cualidades estéticas.

Ricardo Helguera emprende un homenaje de esta naturaleza en su primera novela: Pablo Dedalus (Mérida, Los Cínicos Editorial, 2025) que expone con nitidez el ascendiente que James Joyce significó en su proceso de escritura. El relieve que denota una figura mayor de la literatura moderna transmite, por fuerza, algo de su magnetismo en el título que nace bajo su influjo.

El joven autor dio a conocer al público, durante una de las presentaciones de su libro, otros nombres que constituyen parte del legado que aprecia como lector y ejecutante de esta disciplina en que el lenguaje se convierte en medio de expresión privilegiada, entre ellos Julio Cortázar, Samuel Beckett y Georges Perec. De igual modo, exalta los valores que la pintura y la cinematografía brindan como recursos para interpretar y recrear el mundo, fuente que estimula los sentidos y pone a prueba las facultades del intelecto.

La historia prescinde de una trama convencional: su protagonista, como los personajes de Joyce, es oriundo de Dublín y transita por la vida entre oleadas de impresiones oníricas y dudas existenciales, reflexiones profundas y experiencias místicas que en su conjunto parecen representar una parodia condimentada de fantasía profusa y propensiones absurdas que dislocan el significado atribuido a los hechos de la experiencia cotidiana. El narrador y el sujeto protagónico confluyen en una unidad discursiva que pasa de la primera a la tercera persona y viceversa, al conjuro de juegos de palabras (algunos muy obvios) y transgresiones de las normas gramaticales incluyendo la supresión de signos, cascadas de ideas que se avienen en combinaciones inesperadas y vocablos que dominan las cláusulas como efecto de su semejanza sonora hasta saturar pasajes que nada prometen del contenido de capítulos subsecuentes.

El tornadizo Dedalus se desenvuelve como agente nebuloso de las vicisitudes que animan sus ciclos vitales, invoca a todos los dioses y se engancha a diversos auxilios del espíritu; algunas veces exhibe virtud y sabiduría, en otras comete abyecciones y bajezas, tal como sucede cuando se convierte en delator de un amigo suyo ante potencias extranjeras que no se proponen el bien colectivo sino dominar a las masas sin la intervención de competidores. Recorre diversas latitudes y convive con personajes históricos y artistas de renombre (él mismo se suma a esta minoría con visos de genialidad, concentrado en actividades que lo propulsan por encima de los ciudadanos de la calle); sin embargo, sucumbe a infames prejuicios tras reputarse iluminado y vocero de la buena ventura. En sueños resuelve conflictos y disgrega sus pretensiones más hondas. Pese al afán de poner en vilo las convenciones mayoritarias, el relato adopta entre sus rasgos distintivos un dejo de candidez que asoma junto a la osadía latente en la voluntad autoral.

Si bien se hallan leves paralelismos con el Ulises de Joyce, observables en el propósito de abarcar la complejidad de la existencia humana en un registro alegórico y en la ejecución de algunos recursos formales que el prominente escritor irlandés dosifica y alterna en sus textos emblemáticos, Pablo Dedalus encarna una tentativa para afinar los contornos de una identidad creadora, equivale a un canal para volcar inquietudes y forjar con él una rúbrica literaria. El propósito de hermanar un pujante horizonte expresivo con un hito imprescindible del pensamiento moderno desde un contexto regional constituye un empeño renovador y un viraje hacia aspiraciones de sello cosmopolita.

Un antecedente anecdótico del juicio que el creador de Dublineses ha merecido en suelo yucateco se remonta a los desatinos de un pretendido letrado que en junio de 1975 se refirió a él en una revista quincenal: lo calificó de sobrevalorado y aburrido, añadiendo que su Ulises es una obra ininteligible y extravagante: “Como colofón, les recomendamos que no lean a Joyce”; en respuesta, otro editorialista, sereno y comedido, refutó sus asertos en las mismas páginas. Regocija que hoy se estime, con criterio equilibrado, lo que sólo la estrechez de miras se atreve a desdeñar.

La edición que motiva estas líneas incluye notas críticas e introductorias de Víctor Garduño Centeno, Ariel Avilés Marín y Eduardo Martínez Malo, quien caracteriza a Ricardo Helguera como “maestro en la creación de ambientes extraños”. Los tres coinciden en ponderar el impulso que funda la ruta de esta novela sumergida en el delirio de visiones perturbadoras.


Lea, del mismo autor: Congreso estudiantil

Edición: Fernando Sierra


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