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Foto: Facsímil

Todo libro emite proyecciones literales y tácitas que el criterio del lector –en desarrollo constante, porque el juicio se afina con el impulso de la experiencia que se supera en el aprendizaje– ha de acometer con una disposición de ánimo adecuada. Esto quiere decir que quien se asoma a un escrito asume un papel activo ante nuevos significados que desafían su entendimiento y pone en juego destrezas de las que no siempre está consciente, porque pasan a formar parte de su desempeño cotidiano, en el que arraigan hábitos y rutinas de uso que lo capacitan para realizar tareas más complejas.

Desde este punto de vista, el contenido de un texto refleja, además de los conocimientos de su autor, la visión del mundo que sustenta e incluso ciertos rasgos generacionales, su perfil ciudadano y las múltiples inclinaciones que le dan identidad. En este aspecto reside una de las claves del gozo que una obra puede incitar por constituir un aliciente intelectual que a veces contiene apreciaciones estéticas, científicas o simplemente informativas, cuando no se trata de una mezcla de ellas.

El género biográfico entraña valores evidentes que matizan las circunstancias en que surgen las obras que lo cultivan, el contexto histórico que envuelve a las personalidades abordadas en esos términos y la propia temporalidad que condiciona las acciones de su autor; para dar ejemplo de ello viene al caso el volumen que se titula Ignacio García Téllez. Un intento de biografía, de José Alcaraz de la Rosa (Instituto Mexicano del Seguro Social, Delegación Estatal en Guanajuato, 1992). El subtítulo sugiere un ejercicio de modestia excesiva, debido al carácter de esbozo que asigna a su contenido, aunque, si se asume con mirada imparcial, resulta útil y atrayente por todo lo que aporta en un plano de amplitud interpretativa.

El nombre de Ignacio García Téllez (1897-1985) transmite resonancias en la vida diaria porque con él han sido designados recintos y unidades de servicio médico público en varias entidades federativas, entre ellas Guanajuato, su estado natal. Paisano suyo, Alcaraz hace notar el contraste entre las ideas de reivindicación popular que el sujeto de la biografía defendió con ardor y la atmósfera de pensamiento anquilosado que se respira en su ámbito regional, sobre todo en ciertos sectores que parecen haberse detenido en una época ya extinta. Cabe recordar que el suelo guanajuatense fue cuna de la Unión Nacional Sinarquista en 1937, aunque pueden citarse varios otros hechos pretéritos y recientes que ilustran esa actitud regresiva y estrecha que parece flotar en su ambiente. Ante ello, es explicable el advenimiento de grupos, movimientos e individuos que se contraponen con energía a tales posiciones exaltadas, en una dinámica en que minorías progresistas buscan realzar los acomodos civiles de ideas inclusivas, de horizontes más vastos.

Si bien el recuerdo de García Téllez está estrechamente ligado con la implantación del sistema de seguridad social mexicano, del que fue promotor entusiasta desde sus formulaciones iniciales durante la presidencia del general Lázaro Cárdenas –pero que se concretó cuando Manuel Ávila Camacho lo relevó en el cargo–, el biografiado destacó en varias facetas de su vida, tanto en su carrera de abogado como en distintas encomiendas del servicio público, ya que fue rector de la Universidad Nacional Autónoma de México y titular de varias secretarías del Poder Ejecutivo federal, entre ellas las de Gobernación, Educación Pública y del Trabajo y Previsión Social. En su calidad de jurista participó en muchas iniciativas que rubricaron un avance notable en el bienestar de las mayorías.

La identificación profunda que lo unió con el general Cárdenas a partir de los principios que ambos enarbolaron, cada uno en el marco de sus atribuciones, se prolongó en el curso de los años de tal modo que cuando el mandatario concluyó su periodo presidencial, García Téllez fungió como su secretario particular. A la muerte del divisionario michoacano, el único orador que intervino en su sepelio fue su amigo guanajuatense, por instrucciones expresas que el difunto había fijado en su momento. Una nota de relieve humanitario en su trayectoria es que tuvo a su cargo el recibimiento de los exiliados españoles que llegaron a México en 1939 a bordo del buque Sinaia, tras el atentado que el general Francisco Franco perpetró en contra de las instituciones democráticas de su país.

Así se observa que la vida y la obra de Ignacio García Téllez merecen apreciarse con detalle. El estilo de este estudio biográfico delata algunas particularidades que le confieren un aire de vieja usanza, que puede explicarse a partir de la atmósfera institucional en que se gestó; deriva también de las formas expresivas generacionales del autor, caracterizadas por la insistencia encomiástica con que satura la memoria del personaje histórico, cuyos aciertos, de haber sido nombrados en tono más sobrio y en equilibrio discreto, seguirían desprendiendo el mismo brillo de sus valores intrínsecos.


Lea, del mismo autor: Ambientes extraños

Edición: Fernando Sierra


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