Opinión
Miguel Ángel Cocom
12/05/2026 | Mérida, Yucatán
Óscar Alberto García Solana recibió en 2025 el reconocimiento como Maestro Distinguido del Estado de Yucatán, una distinción que honra una trayectoria de más de cuatro décadas dedicada a la enseñanza, la formación de nuevas generaciones y la defensa de una educación entendida como transmisión de conocimientos y como una forma de vida.
En su caso, esa definición no tiene nada de retórica: su historia reúne al docente, al investigador, al escritor, al promotor cultural, al impulsor de talentos y también al entrenador de tenis de mesa, una faceta que completa la imagen de un educador convencido de que aprender también pasa por el cuerpo, la disciplina y la constancia.
Al recibir la distinción, García Solana resumió su vocación con una frase que sintetiza su trayectoria: “Ser maestro no es simplemente una profesión. Ser maestro es una forma de vida. Es sembrar semillas sin saber cuándo germinarán, ni cómo crecerán, pero con la certeza de que algún día florecerán”. En esa idea se concentra una trayectoria marcada por la coherencia entre pensamiento, práctica y compromiso educativo.
Nacido en 1960, su vínculo con el conocimiento apareció desde temprano. Autista de altas capacidades, recuerda que desde la primaria mostraba una inclinación natural por observar con detenimiento, detectar errores y buscar explicaciones más precisas de lo que ocurría a su alrededor. En más de una ocasión corrigió a sus maestros cuando encontraba inconsistencias en sus explicaciones, no por desafío, sino por una genuina necesidad de comprender con exactitud. Aquella curiosidad se volvió certeza en la secundaria, cuando su profesor de matemáticas lo invitaba a pasar al frente para explicar a sus compañeros lo que ya había entendido. Ahí empezó a tomar forma el camino que seguiría después: las matemáticas y la docencia.
Su preparación profesional se consolidó en la Escuela Normal Superior de Yucatán, donde cursó la licenciatura y la maestría en educación. Más adelante obtuvo el doctorado en educación en la Universidad Anáhuac Mayab. A esa formación añadió diplomados en liderazgo educativo, atención a niños con altas capacidades, innovación psicoeducativa y habilidades blandas, una actualización constante que revela una convicción central en su pensamiento. El maestro no puede dejar de aprender.
Comenzó a dar clases a los 19 años. Sus primeros trabajos estuvieron vinculados con la enseñanza de electricidad en el Colegio Peninsular Rogers Hall y luego con las asignaturas de matemáticas y física en distintos planteles de secundaria. Muy pronto comprendió que educar iba mucho más allá de cubrir un programa o explicar contenidos. Para él, el trabajo del maestro también consistía en abrir horizontes, fomentar hábitos de estudio, fortalecer la convivencia y despertar intereses duraderos en sus alumnos.
Esa visión quedó reflejada en varias de las iniciativas que impulsó a lo largo de su carrera. Una de las más recordadas fue el taller “Las matemáticas en la secundaria a través de la escuela activa”, desarrollado en el ciclo 1996-1997 y posteriormente difundido por el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación como una experiencia innovadora de alcance nacional. El proyecto partía de una idea sencilla pero poderosa: las matemáticas no debían enseñarse como una serie de procedimientos abstractos y distantes, sino como una experiencia significativa, práctica y cercana a la realidad de los estudiantes.
Desde finales de los años noventa, García Solana sostenía que el trabajo docente obligaba a mantenerse actualizado, a conservar un criterio abierto y a buscar continuamente herramientas nuevas y no tan nuevas que permitieran mejorar la práctica educativa. Para él, el verdadero éxito del maestro debía medirse en los logros de sus alumnos.
Otra experiencia emblemática fue la revista Palabra de Estudiante, editada entre 2003 y 2010. En sus páginas solo se publicaban textos originales elaborados por los propios alumnos: cuentos, noticias, ensayos y poemas. Más que un ejercicio extracurricular, la revista fue una apuesta por la lectura, la escritura y la creatividad en una etapa en la que internet empezaba a facilitar la copia fácil y el plagio. García Solana recuerda con especial satisfacción que, con el tiempo, al menos dos de aquellas alumnas que escribieron en la revista se convirtieron en autoras.
Su compromiso con la atención a la diversidad también ha sido una de las marcas de su trayectoria. Desde la Secundaria General Alfredo Barrera Vázquez, donde se desempeña como subdirector desde 2015, fundó un club sabatino para estudiantes con altas capacidades. Cada sábado por la mañana, jóvenes seleccionados participan en actividades que van desde el análisis literario y la resolución de problemas matemáticos hasta proyectos científicos, crítica de cine y visitas culturales. Lejos de reducir el talento a la excelencia académica convencional, García Solana ha entendido estas experiencias como espacios para ampliar la sensibilidad, el razonamiento y la autonomía intelectual.
A ello se suma su participación en la Olimpiada de Matemáticas desde 2012 y estrategias como “El problema de la semana”, con las que incentivó el razonamiento lógico en sus estudiantes mediante desafíos constantes y estímulos sencillos. Son iniciativas que muestran una idea de la docencia ligada a la motivación, al acompañamiento y a la confianza en el potencial de los jóvenes.
Pero el retrato de Óscar García Solana quedaría incompleto sin una faceta que, a primera vista, podría parecer lateral y que, sin embargo, dialoga con su visión integral de la educación: también juega ping pong. Más aún, fue entrenador infantil de tenis de mesa durante cinco años y cuenta con certificación de nivel 2 por el Instituto del Deporte del Estado de Yucatán. En esa labor deportiva también aparece el mismo principio que ha guiado su trabajo docente: formar personas de manera completa. Para él, el pensamiento crítico, el conocimiento académico y la actividad física no compiten entre sí; se complementan.
Además de enseñar, García Solana ha desarrollado una obra como escritor e investigador. Su bibliografía incluye novelas, cuentos, ensayos pedagógicos, libros de historia local y textos de divulgación cultural. Entre sus publicaciones se encuentran Juegos de T.V., Cuentos y momentos, La Hacienda y Luces del pasado, así como trabajos centrados en la memoria y la cultura yucatecas, como Lo que no sabías de Eligio Ancona, Ticul: estampas de familia y Yucatán en la piel: la vida de Eligio María Ancona Castillo.
Su pasión por Yucatán atraviesa buena parte de su escritura. En su biblioteca personal conserva más de 1,600 libros sobre la historia y la cultura del estado, una colección que alimenta sus investigaciones y su producción intelectual. A ello se suma la circulación de sus artículos académicos en plataformas digitales, donde han sido consultados decenas de miles de veces en distintos países. Textos como Aportaciones de Vigotsky a la educación se han convertido en materiales de consulta en programas universitarios y trabajos de investigación.
Su labor como difusor cultural también se ha expresado en artículos periodísticos, colaboraciones en revistas y en la conducción de un programa radiofónico de contenido educativo, “Lo Nuestro y los Nuestros”, desde donde contribuyó a acercar la historia, la cultura y las artes a públicos más amplios.
En el plano personal, García Solana ha enfrentado su camino con la misma entereza con la que ha sostenido su vocación. Padre soltero, asumió la crianza de sus hijos y hoy acompaña también la formación de sus nietos mellizos, ambos con altas capacidades. Su experiencia como persona autista, ha dicho, ha sido a la vez reto y fortaleza: una condición que le ha exigido aprendizajes en la interacción social, pero que también le ha permitido desarrollar una sensibilidad especial para detectar talentos, observar detalles y leer en ciertas conductas estudiantiles algo más profundo que la simple indisciplina.
En su discurso como Maestro Distinguido agradeció a su familia como el sostén de su vida, como esa presencia constante que entendió sus esfuerzos, sus ausencias y la intensidad de una vocación que a veces exigía entregarse por completo al trabajo educativo.
Foto: Segey
Para García Solana, ser maestro en el presente implica algo más que impartir conocimientos. Significa ser un faro en medio de la sobreinformación, ayudar a distinguir lo esencial de lo trivial, desarrollar pensamiento crítico, sensibilidad y ética. Significa, en suma, formar personas, no solo profesionistas.
Por eso insiste en que la educación no debe verse como gasto ni como privilegio, sino como inversión y como derecho. Y por eso también, al hablar del futuro, plantea una continuidad: seguir enseñando, seguir aprendiendo, seguir creyendo que un maestro puede cambiar el mundo, aunque sea un pedacito a la vez.
Óscar Alberto García Solana encarna así la figura del maestro integral: el que enseña matemáticas, impulsa la escritura, promueve la cultura, acompaña talentos, entrena ping pong y deja en cada espacio la misma lección de fondo. Que educar, cuando se vive de verdad, no es una tarea limitada al aula; es más bien una manera de estar en el mundo.
Edición: Fernando Sierra