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Iniciativa privada y cambio climático

Ver más allá de la economía convencional
Foto: Reuters

Hace unas semanas, en un noticiero matutino, escuché parte de una entrevista con una representante de una de las cámaras industriales de nuestro país, que explicaba el contenido de las conversaciones que se habían sostenido en un encuentro de empresarios e inversionistas (supongo que también con la presencia de algunos académicos y representantes de la “sociedad civil”), en las que discurrían acerca de la postura que debiera asumir el sector de la transformación ante la emergencia climática. Debí poner más atención, y quizá termine por hacerlo, si es que encuentro la entrevista grabada por ahí. Sería incluso de interés consultar las memorias del encuentro. Hablo entonces aquí un poco de memoria, y a partir de un aserto de la entrevistada, que fue lo que despertó mi curiosidad y mi reflexión. Al explicar por qué es importante para las organizaciones de la iniciativa privada asumir una posición proactiva ante la emergencia climática ella decía, entre otras cosas y palabras más o palabras menos, que era importante que los procesos de toma de decisiones de inversión tomarán en consideración las “externalidades”, que es como convencionalmente se han considerado los factores ambientales en la narrativa formal de la economía.

Entiendo que, al hablar de externalidades, se quiere dar a entender que se trata de elementos que pueden dejarse fuera del análisis del funcionamiento de un sistema, sin que esto demerite los resultados de dicho análisis. Entiendo también que, en cualquier aproximación que pretenda generar conocimiento, se empieza por hacer un recorte de la realidad; es decir, se empieza por determinar qué aspectos se consideran relevantes para aspirar a proponer respuestas coherentes a nuestras preguntas conductoras: es claro que no podemos pretender dar cuenta de la totalidad de lo real, y esperar que esto dé lugar a una narrativa comprensible, útil para guiar nuestras decisiones a la hora de lidiar con nuestra interacción con lo que nos rodea. Se trata entonces de decidir qué podemos dejar fuera de nuestro análisis, de manera que las decisiones que tomemos a partir de sus resultados sean las mejores. Esto es, al final del día, una decisión de índole política y va por fuerza teñida de nuestra carga ideológica.

Al considerar que los factores y procesos ambientales son externalidades, estamos diciendo que podemos tomar las decisiones que nos resulten convenientes sin tener en consideración el clima, suelo, cobertura vegetal, biodiversidad, biomasa disponible y, en fin, la mayor parte de los elementos y procesos que conforman los ecosistemas y les permiten funcionar generando los servicios ambientales que garantizan la presencia de vida en el planeta, incluyendo desde luego nuestra vida. Ante las evidencias indiscutibles de que el clima está cambiando globalmente, que la celeridad de este cambio se debe sobre todo a las actividades humanas que transforman y deterioran los ecosistemas de todo el planeta, y que estas transformaciones significan cada vez más problemas para la supervivencia humana y la viabilidad de las actividades económicas, los pensadores vinculados con la iniciativa privada parecen estar planteando la urgencia de “internalizar las externalidades”. Es decir, empiezan a buscar formas que les permitan incorporar las variables medioambientales a los procesos de toma de decisiones que orientan la inversión. Esto podría sonar muy bien; pero, en mi opinión, resulta poco y tarde. Poco, porque internalizar las externalidades sigue considerándose ajenas a los elementos determinantes del sistema: se les toma en cuenta para la construcción de la narrativa económica, pero como condiciones de contorno, de segundo o tercer nivel, cuando en realidad tendrían que estar en el corazón del sistema y resultar determinantes para su funcionamiento sustentable y resiliente. Y tarde, porque ya nos encontramos inmersos en una crisis climática, de la que no podremos salir simplemente metiendo el freno y bajando un poco la intensidad de aquellas actividades que contribuyen a exacerbarla. No se podrá superar lo que hoy hay que asumir como una emergencia asumiendo una postura de “business as usual”, o seguir haciendo las cosas como se han hecho hasta ahora. Habremos de pensar “fuera de la caja” y construir soluciones basadas en naturaleza que reconsidere radicalmente las formas de producción de satisfactores, las relaciones de producción y las formas de interacción de las comunidades con su entorno.

No soy economista, ni nada que se le parezca, pero estoy convencido de que las respuestas a los retos que enfrentan hoy la humanidad y su medio ambiente no se encuentran en la economía convencional. Sus parámetros, métodos, estrategias y objetivos ya no resultan herramientas útiles para generar bienes, distribuirlos con equidad y justicia, y formular vías sustentables que permitan a los colectivos humanos (locales, nacionales, regionales o globales) proponer caminos viables de crecimiento integral e intergeneracionalmente solidario. Creo que es cada vez más evidente que ha llegado el momento de poner de cabeza las narrativas de la economía – y de la economía política, y de la política misma – de modo que quede en el centro la naturaleza  y que los elementos que puedan considerarse como externalidades, no siempre relevantes al desarrollo, sean precisamente los parámetros que hasta ahora han resultado los ejes de sus narrativas formales: el producto interno bruto, capital, costo/beneficio, plusvalía, productividad  y demás términos que estamos acostumbrados a escuchar en boca de inversionistas, tomadores de decisiones y organizaciones políticas, pero que solemos no entender más que por encimita. En fin, qué bueno que los industriales organizados se empiezan a preocupar expresamente por enfrentar con eficacia la actual crisis climática; pero dudo mucho que logren hacerlo en la medida en que sus intereses, los parámetros que utilizan para medir sus actividades y los elementos que usan para tratar de entender la realidad en la que estamos todos incluidos sigan siendo los mismos.

Edición: Fernando Sierra


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