Opinión
José Juan Cervera
20/05/2026 | Mérida, Yucatán
La tradición oral fortalece pautas de identidad cultural en los contextos comunitarios que reconocen en ella valores originarios, porque sus relatos entrañan diversas formas de memoria colectiva (familiar, agrícola, ritual, histórica); cuando se incorporan a sistemas de escritura llegan a nuevos destinatarios recreándose en estilos individuales que ligan a unas generaciones con otras y honran con sus registros la fuente que los nutre.
Varias localidades situadas en los estados que integran la península dan ejemplo de esa riqueza intangible que fluye a través del arte de narrar; con la sutileza de estos recursos conectan con un patrimonio común en que confluyen antiguas creencias nativas con nociones traídas de ultramar y con hechos que la imaginación popular moldea en versiones nuevas, reformuladas en torno de ciertos motivos esenciales. Un poblado de Campeche, cercano a su capital, da cuenta de estos rasgos en el libro Leyendas de Hampolol (Campeche, Programa de Apoyo a las Culturas Municipales y Comunitarias, 2025), cuyo autor, Esteban Julián Esquivel Moreno, es conocido también como poeta e incluso da muestra de esta vena creativa en la referida adaptación literaria que pone en manos de sus lectores.
La obra reúne narraciones breves en formato bilingüe, con traducción al maya yucateco de Guadalupe Chan May. En términos etimológicos, Hampolol alude en su significado a la tierra en donde florece la palma, de acuerdo con la nota informativa que Gaspar Alberto Cahuich Ramírez asienta en la cuarta de forros. Las historias remiten tanto a un tiempo mítico indeterminado como a las épocas novohispana, posrevolucionaria y contemporánea, con personajes y sucesos que mueven a reflexionar acerca de los riesgos de la oralidad en las fases consecutivas de su expresión ya que, por tener como soporte la memoria individual que replica lo que alguien dijo antes o bien rememora experiencias personales, a menudo cede a imprecisiones que es preferible asumir con suspicacia y sentido crítico. Un caso ilustrativo es el del vecino del pueblo que resguarda la imagen del santo patrono porque una campaña anticlerical atribuida erróneamente al general Lázaro Cárdenas se cierne como amenaza sobre la figura venerada; el compilador intuye que en realidad se trata del sonorense Plutarco Elías Calles en vez del divisionario michoacano, pero respeta en su texto la versión de la persona que la contó de aquella manera.
Los cortes temporales de algunos relatos aportan indicios que revelan su calidad de leyendas, pero no todos cumplen con un mínimo referente, por remoto que sea, que los enlace con realidades pretéritas o con hechos reconocibles, y en cambio recrean figuras míticas que un vocabulario familiar suele designar espantos, aparecidos o fantasmas; sin embargo, queda claro que el título genérico se basa en la fuerza que irradian ciertos elementos representativos. Algunas de estas presencias extrañas admiten una valoración ambigua por conducirse benévolas u hostiles según el trato que reciban, es decir, no evidencian siempre una perversidad intrínseca. En ocasiones abandonan moldes fijos y atribuciones convencionales, como los monstruos selváticos que, a la manera del Wapaach, al ser perseguido por cazadores se ve en la disyuntiva de huir o de hacerles frente con la ayuda de otros seres mágicos conformando alianzas que simbolizan la importancia de la solidaridad en el trato cotidiano. Aparte del pavor que inspiran, pueden volverse amigos de los niños y de los ancianos que se entretienen hablando de ellos en el parque de Hampolol.
Así se teje un entramado flexible en las peripecias de estas historias, cuya composición deriva del uso de diversos recursos literarios que las dotan de matices particulares, porque si unas veces un narrador omnisciente las expone, en otras es el propio personaje protagónico quien las cuenta en la atmósfera de espacios embrujados, animales que hablan induciendo al engaño y humanos que se transforman sea mediante la práctica de la magia negra, a partir de pactos demoniacos o por el ejercicio de poderes arcaicos. En su conjunto sugieren la conciencia de un orden superior en que el universo se manifiesta con señales sobrenaturales; la violación de sus leyes conduce inexorablemente a la fatalidad.
El trasfondo ético de los relatos tradicionales cobra forma para enfatizar el sentido sagrado de la vida con su carga que oscila entre la reverencia, el desacato y el castigo, los peligros que se ocultan al margen de sucesos en apariencia ordinarios y las consecuencias que arrastran comportamientos licenciosos, virtuosos o heroicos según las circunstancias concurrentes. Las relaciones sociales y los encuentros íntimos sustentan un escenario idóneo para ventilar pasiones y desatar actos trascendentes, venturosos o trágicos. Los lazos entre mujeres y hombres adquieren connotaciones tan intensas que la energía femenina, si bien puede obrar como centro catalizador del deseo, de igual modo se proyecta como sujeto activo que impone su voluntad sobre cualquier pretensión ajena.
Los textos breves que integran este libro contienen cierres formularios que evocan el modo de narrar aún presente en algunas comunidades rurales, sobre todo en la palabra distintiva de personas mayores, portadoras de un conocimiento amplio de su medio y de experiencias dignas de hacerse valer en claves nuevas, forjadas en eslabones receptivos y creadores.
Edición: Fernando Sierra