Opinión
Ulises Carrillo Cabrera y Ana Brun
21/05/2026 | Cannes, Francia
En el 79 Cannes Film Festival hay también una sensación incómoda que reclama ser exorcizada: el gran cine contemporáneo parece obsesionado con hablar de sí mismo porque ya no sabe muy bien cómo volver a hablar del mundo. Directores filmando directores, escritores hablando de escritores, películas sobre el acto de hacer películas. Mucha conciencia artística, mucha autorreferencia, pero cada vez menos descubrimiento.
Amarga Navidad encarna perfectamente esa crisis. Pedro Almodóvar nos cuenta la historia de un realizador cinematográfico atrapado en el vacío creativo, obligado a saquear su propia biografía para intentar rescatar una película que se le desmorona entre las manos. La gran apuesta dramática consiste en ver si todavía puede ocurrir el milagro: transformar la experiencia personal, el dolor y la memoria en verdadero cine.
En la ficción, el milagro sucede. En la realidad de la película, nunca ocurre.
Y eso vuelve a Amarga Navidad extrañamente fascinante: es una película que documenta, quizá involuntariamente, el agotamiento creativo de su propio autor. Almodóvar filma una crisis que los personajes consiguen resolver, mientras la película misma permanece atrapada dentro de ella.
Otra vez aparecen los grandes temas del cine europeo contemporáneo: los pueblos del interior vaciándose hasta quedar habitados solo por ancianos; las familias convertidas en pequeños archipiélagos de soledad unidos apenas por el celular; la tecnología devorando la atención, el duelo y hasta la intimidad; la sensación de que la vida moderna necesita fabricarse pequeñas tragedias constantes para sentirse narrativamente viva. Pero esta vez algo ya no termina de encender.
Lo que antes en Almodóvar era exceso vital, humor feroz, deseo, melodrama eléctrico y capacidad de reinvención, ahora aparece funcionando por pura memoria muscular. Los colores siguen ahí. Los diálogos todavía tienen momentos brillantes. Algunas escenas recuerdan fugazmente al viejo maestro. Pero la película nunca encuentra una energía nueva que justifique realmente su existencia.
Por momentos, verla se parece a asistir al concierto de una banda legendaria que ahora toca en ferias provinciales: el público reconoce los acordes, recuerda lo que sintió hace décadas y aplaude por afecto, pero la electricidad real ya no está ocurriendo en el escenario.
Y quizá eso vuelve todavía más incómodo uno de los debates silenciosos alrededor de la película: la persistente dependencia del cine de autor europeo, y particularmente del cine español, de los subsidios públicos para sostener obras cada vez más encerradas en circuitos culturales que parecen hablarse únicamente a sí mismos.
El problema no es financiar cultura. El problema es cuando el financiamiento comienza a preservar prestigios agotados antes que permitir la aparición de nuevas voces, nuevas obsesiones y formas de mirar el mundo.
Claro que vale la pena ver Amarga Navidad. Igual que vale la pena ver jugar a un viejo equipo histórico o escuchar a una banda mítica antes de retirarse definitivamente. Hay curiosidad, respeto, mucho, y hasta cierta ternura en la experiencia.
Pero también queda una sensación amarga, muy apropiada para el título: la de estar viendo a uno de los grandes cineastas europeos intentando convencerse, dentro de la ficción, de que el milagro creativo todavía puede suceder, mientras la propia película demuestra que quizá ya quedó atrás.
Edición: Estefanía Cardeña