Opinión
Lourdes Álvarez
27/05/2026 | Mérida, Yucatán
Hay momentos en la vida en los que nos enfrentamos a una decisión que puede cambiar nuestro destino. En esos momentos nos damos cuenta de que decidir es un acto cotidiano. Nos pasamos el día tomando pequeñas y grandes decisiones: me levanto o me quedo un rato más en la cama, me baño, voy a desayunar con mis amigos o me quedo en casa. También decidimos asuntos más serios relacionados con el trabajo, la familia o la salud. Sin embargo, existen ocasiones en las que debemos elegir entre opciones que afectarán profundamente nuestra vida: ¿me voy de esta ciudad o me quedo aquí?, ¿cambio de trabajo?, ¿acepto un tratamiento médico o no?
El dilema humano no radica únicamente en las opciones que se nos presentan, sino en la angustia que acompaña a la libertad. La libertad y la responsabilidad son inseparables. Ser libre significa aceptar que muchas de las consecuencias de nuestra vida recaen sobre nosotros. Esa responsabilidad puede resultar pesada, porque nos obliga a reconocer que no siempre podremos culpar a las circunstancias, a la suerte o a los demás por lo que ocurre.
Además, nuestra libertad nunca es absoluta. Solo podemos decidir dentro de los límites que nos impone la realidad. Podemos imaginar futuros ideales y desear cualquier cosa, pero nuestras decisiones deben tomar en cuenta nuestro cuerpo, nuestra edad, nuestros recursos, nuestras relaciones y las circunstancias concretas en las que vivimos. Esa realidad a menudo nos frustra. Nos gustaría tener todas las posibilidades abiertas, pero la vida nos recuerda constantemente que elegir implica límites y renuncias.
Como si esto no fuera suficiente, debemos decidir sin conocer completamente el resultado de nuestras decisiones. Nunca sabemos con certeza qué ocurrirá. Podemos reflexionar, pedir consejo, estudiar los riesgos y escuchar a quienes nos rodean, pero siempre permanece una zona de incertidumbre. No sabemos si el nuevo trabajo será mejor, si la mudanza nos hará felices o si una relación prosperará. Decidir es actuar sin garantías.
Quizá por eso muchas personas quedan atrapadas esperando la decisión perfecta. Imaginan que algún día tendrán toda la información necesaria, que desaparecerán las dudas y que una señal inequívoca les mostrará el camino correcto. Pero la decisión perfecta rara vez existe. Toda elección implica riesgos, pérdidas e incertidumbre. Esperar una certeza absoluta puede convertirse en una forma elegante de no decidir nunca.
A veces la dificultad aumenta porque observamos el problema únicamente en blanco y negro. Pensamos que debemos quedarnos o marcharnos, aceptar o rechazar, continuar o abandonar. Sin embargo, la realidad suele estar llena de matices. No siempre es necesario renunciar a un trabajo para buscar otro; quizá podemos solicitar un horario distinto, reducir responsabilidades o explorar nuevas oportunidades antes de dar el salto. No siempre es necesario abandonar una casa; tal vez podemos transformarla, adaptarla o hacer cambios importantes que la vuelvan habitable de otra manera. Con frecuencia, la creatividad aparece cuando dejamos de pensar en extremos y comenzamos a descubrir los grises que existen entre ellos.
Cada decisión abre una posibilidad y al mismo tiempo cierra muchas otras. Elegir es aceptar una pérdida. Al escoger un camino, dejamos atrás otros futuros que también habrían sido posibles. Sin embargo, es precisamente esa capacidad de elegir la que nos permite construir una identidad propia. Somos, en gran medida, el resultado de nuestras decisiones.
En el extremo opuesto está la indecisión. Allí buscamos refugio para esquivar la culpa de equivocarnos. También encontramos una manera de evitar la responsabilidad que acompaña a la libertad. Mientras no decidimos, podemos conservar la ilusión de que todas las opciones siguen abiertas y de que nadie podrá reprocharnos un error. Sin embargo, esto es una ilusión. El tiempo acaba por decidir también. No elegir es otra forma de elegir.
Cuando renunciamos a tomar una decisión, permitimos que el azar, las circunstancias o la voluntad ajena reclamen nuestro destino. Muchas veces esperamos que alguien más decida por nosotros para no cargar con el peso de las consecuencias. Si las cosas salen mal, siempre podremos responsabilizar a otro. Pero esa aparente protección tiene un precio: poco a poco cedemos nuestra libertad.
Aprender de nuestros errores exige humildad. Significa reconocer que somos frágiles, limitados y capaces de equivocarnos. No nos gusta aceptar nuestras debilidades. Preferimos pensar que tenemos razón o que el error pertenece a otros. Sin embargo, solo quien puede admitir sus equivocaciones tiene la posibilidad de corregir el rumbo. La soberbia inmoviliza; la humildad permite seguir aprendiendo.
Quizá la madurez no consista en tomar siempre la decisión correcta, sino en asumir con dignidad las consecuencias de nuestras elecciones. Vivimos eligiendo con información incompleta, desde nuestras limitaciones y dentro de una realidad que nunca controlamos por completo. La valentía no consiste en eliminar la incertidumbre, sino en actuar a pesar de ella. Al final, no somos solamente lo que decidimos hacer, sino también aquello que dejamos de hacer por miedo a equivocarnos.
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Edición: Estefanía Cardeña