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Erosión costera

Salvar las playas requiere de todos; hay que cambiar el uso que le damos a los ecosistemas costeros
Foto: Jusaeri

Hace unos días se llevó a cabo un breve ciclo de conferencias en la Unidad de Posgrado de la Universidad Marista de la ciudad de Mérida para volver a poner en la palestra una discusión que no es nueva para el estado de Yucatán: ¿por qué se pierde la playa? y ¿qué tendríamos que hacer para evitarlo, o por lo menos abatir, o aprender a vivir con este proceso? Asistí emocionado por la posibilidad de volver a ver, después de muchos años, a mi amiga y compañera de escuela, la Doctora Ileana Espejel, experta en dunas costeras, que trabajó mucho tiempo en lo que fueron los ecosistemas característicos del litoral yucateco, pero acabó emigrando a la península de Baja California, donde continúa con esta labor, que es para ella también una misión. También figuraron entre los conferencistas dos destacados investigadores del campus en Sisal de la Universidad Nacional Autónoma de México, el doctor Paulo Salles y la doctora Gabriela Mendoza. Entre los tres ilustraron con lucidez y rigor un panorama del estado que guardan las playas de la entidad y las razones detrás de la pérdida que han ido sufriendo debido a la erosión. El público estuvo constituido por un buen número de estudiantes y miembros de organizaciones conservacionistas, pero también era notoria la presencia de propietarios de predios de la costa. Quizá para estos últimos el evento dejó algo que desear: si esperaban recibir una suerte de manual acerca de qué hacer ante la pérdida de las playas, me parece que no encontraron ninguna fórmula mágica o algún consejo novedoso. Porque no los hay.

Con su visión de ingeniero, el doctor Salles dejó claro que el problema de la erosión litoral inició cuando se construyeron escolleras para proteger los puertos de abrigo del estado y se agravó en la porción occidental de la costa a raíz de la construcción del puerto de altura de Progreso, que ha alterado los procesos naturales de arrastre de sedimentos (habría que recordar que, durante la administración que encabezó Víctor Cervera, se llevaron a cabo estudios que parecía demostrar que el arrastre litoral era irrelevante más allá de los primeros cien metros mar adentro, lo que abona a la idea de que la ciencia no es neutra). Cuando los propietarios de predios en la playa empezaron a percibir que la estaban perdiendo, la respuesta fue la colocación indiscriminada de espigones, sin planeación y sobre todo sin coordinación entre vecinos y con autoridades. Los espigones han servido para recuperar playa rápidamente en secciones muy localizadas, acelerando la erosión al oeste de cada nuevo espigón, y provocando el disgusto del vecino, que responde con espigones adicionales, de modo que el problema, a escala regional, no se resuelve. Se confirma la idea de que quien piensa que la tecnología va a resolver sus problemas, no ha entendido la tecnología, ni ha entendido sus problemas.

Ileana Espejel tuvo los arrestos de iniciar su participación diciendo “¡Se los dije!”; y es que, en efecto, desde que trabajaba en la península de Yucatán, hace ya casi medio siglo, advertía a propios y extraños acerca de las consecuencias que tendría continuar arrasando con las dunas costeras. Recuerdo haberla oído despotricar viendo lo que quedaba de las dunas de San Bruno y San Benito, y me he dicho con frecuencia que, si ahora volviera a ver ese tramo de la costa, lloraría. Su postura es clara: además de ocasionar la pérdida de poblaciones enteras de plantas endémicas, deshacerse de las dunas costeras es terminar con la mejor defensa existente contra la erosión costera y contra los efectos catastróficos de nortes extraordinarios y huracanes, que serán más frecuentes e intensos a medida que avanza la crisis climática. A pesar de la cantidad de veces que se ha repetido esta advertencia, los poseedores de predios a lo largo del litoral insisten en retirar toda la vegetación que los cubre, en busca de que quede la arena desnuda. Nos darán de nuevo la triste oportunidad de decir, como la doctora Espejel, ¡se los dije! Con lo que si no estuve de acuerdo con Ileana fue con su insistencia en satanizar los cocoteros. Es cierto: son exóticos, aunque llegaron desde tiempos de la conquista. Pero también es cierto que, en un proceso biogeográfico que tendría que ser materia de otro artículo, han convertido a nuestro país, a pesar del amarillamiento letal, en un centro genético de Cocos nucifera para el mundo.

Por último, la doctora Mendoza expuso una versión didáctica y esclarecedora acerca de la dinámica de las dunas costeras y el papel que juegan en el balance del movimiento de los sedimentos litorales. Fue enfática en la conveniencia de la conservación de la biodiversidad, la pertinencia del control o erradicación de especies invasoras, y las bondades de incluir áreas provistas de vegetación en los sitios destinados al uso turístico. Nos brindó algunos ejemplos interesantes acerca de cómo se vería la infraestructura turística integrada al paisaje de dunas, en lugar de intentar sustituirlas y demostró, de manera indiscutible, que la idea de reponer artificialmente la arena desplazada de las playas implica un costo insostenible, además de ser una solución de cortísimo plazo. Creo que dejó bastante claro a los asistentes que, si pretenden encontrar soluciones duraderas a los problemas que enfrenta la infraestructura costera como consecuencia de la erosión del litoral, deberán pensar con horizontes de largo plazo, plantear estrategias basadas en la naturaleza, admitir sacrificios que permitan derribar la infraestructura deteriorada o que contribuye a exacerbar el problema, y pensar en un desarrollo turístico diferente, que no dependa de continuar arrojando dinero bueno tras el malo.

En fin, quienes tienen el privilegio de usufructuar predios costeros tendrán que entender que no hay soluciones mágicas ni inmediatas, que cualquier solución tendrá que implicar el involucramiento coordinado de todos los vecinos, que no habrá soluciones gratuitas y que tendrá que cambiar la manera en que hacemos uso de los ecosistemas costeros. Peor acabo de ver un anuncio en la carretera de Progreso a Telchac que ofrece viviendas en un sitio que han decidido llamar “Dunas”: altas torres de concreto, cristal y acero, rodeadas de piscinas y camastros, y sin una sola especie que provenga de las dunas originarias. En una palabra, parecemos decididos a seguir agravando el problema, antes de solucionarlo.


Edición: Fernando Sierra


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