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Foto: X @USAmbMex

El 31 de mayo se hizo notorio que en la relación entre los gobiernos de Estados Unidos y México existen varios asuntos en los que el primero interpreta apoyo o ayuda como intervención en la política interna de sus vecinos y socios. El mensaje de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo en ese momento, rechazando la injerencia y estableciendo como legítimo dudar de las intenciones de ese país cuando, mediante solicitudes de extradición sin pruebas para autoridades electas, “vienen por unos, luego por otros, hasta que oficinas del Departamento de Justicia se vuelven el principal elector en México”.

La reacción del coronel en retiro Ronald Johnson, embajador de Estados Unidos, no se hizo esperar y convocó a no politizar la lucha contra el narcotráfico, y ya este martes reconoció que la cooperación entre ambos países ha generado “resultados reales” en cuanto a los rubros que más le interesan a la administración de su país: migración “ilegal” y combate al envío de estupefacientes, principalmente.

Y sí, es muy cierto que temas como la migración, el comercio de drogas, la violencia de los cárteles y el tráfico de armas hacia México son temas complejos que requieren que ambos países trabajen en conjunto, coordinadamente; pero mientras uno entienda como “cooperación” el envío de tropa armada y de agentes encubiertos a través de su embajada, a su voluntad, es porque se persiguen otros fines.

La historia de México registra dos nombres de embajadores que incidieron en la vida nacional en momentos cruciales, de transformación, operando contra lo que en ese momento era la voluntad del pueblo mexicano: Joel Roberts Poinsset y Henry Lane Wilson. El primero, alentando a los masones yorkinos para que mantuvieran la oposición al imperio de Agustín de Iturbide y el segundo llegando a organizar el golpe de Estado y posterior asesinato del presidente Francisco I. Madero y el vicepresidente José María Pino Suárez. Ambos diplomáticos formaron parte de gobiernos caracterizados por la expansión de los Estados Unidos y su transformación en potencia mundial.

Poinsset y Wilson son los diplomáticos estadunidenses más reconocidos en la historia mexicana, aunque esto no significa que hayan sido los más influyentes; eso sí, la injerencia de ambos en la vida política nacional dejó huella, y no la mejor. Por este motivo es que dudar de la intenciones de una solicitud de extradición de una autoridad electa constituye un acto legítimo.

La demanda mexicana ha sido clara: respeto a la soberanía, al territorio de cada país y reciprocidad en la colaboración. Opinar sobre la política interna ya no es una facultad diplomática. Por eso, cada gobierno debe atender los asuntos de su país, sin fisgonear en cómo el vecino conduce la política interna. Y por supuesto, nadie quiere a otro embajador repitiendo las palabras de Wilson a Sara Pérez, resaltando que Francisco I. Madero fue depuesto y sería muerto por no escucharlo a él. 

México se encuentra en estos momentos en un momento histórico en el cual puede erigirse en dique ante el avance de la ultraderecha en el mundo, si puede evitar caer también en la tentación del otro extremo; para lo que se requiere de inteligencia y habilidad, algo que Claudia Sheinbaum ha sabido aplicar en el escenario internacional, particularmente en la interlocución con Donald Trump. Sin embargo, señalamientos como los del secretario de Estado estadunidense, Marco Rubio, advirtiendo por el uso que los cárteles hacen de drones y que esto podría poner en riesgo los intereses de su país, no dejan de llamar la atención porque precisamente los ataques “misteriosos” también han dado pie a acciones militares de Estados Unidos en otras partes del mundo, como Cuba. La tarea para la diplomacia mexicana también está ahí, para ejercerse con precisión.

Lea, de la misma columna: La pobreza se vive en femenino

Edición: Fernando Sierra


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