Opinión
La Jornada Maya
15/06/2026 | Mérida, Yucatán
Rubén Antonio Vega González
La arquitectura patrimonial está constituida por componentes inmateriales como el espacio, la función y la fisonomía, que se manifiestan por la relación entre sí de sus componentes materiales o por la relación entre éstos y los usuarios o los espectadores; así como por la expresión material por medio de muros, losas, dinteles u ornamentos. Ahora bien, la expresión material de la arquitectura se concreta a través de procedimientos y sistemas constructivos diversos que cambian y evolucionan a lo largo del tiempo y que de muchas maneras caracterizan y condicionan una determinada ubicación espacio temporal de la arquitectura.
En ese sentido, es evidente que la tecnología arquitectónica no se utiliza de la misma manera en todos los ámbitos de una sociedad, ni todos los agentes sociales tienen acceso a las mismas opciones tecnológicas. En general, los sistemas constructivos en la arquitectura no varían radicalmente de un período histórico a otro y es muy común que, en esta transición, subsistan aun por largos periodos sistemas constructivos “atrasados” especialmente cuando dichos sistemas permiten incorporar el uso de la propia fuerza de trabajo en labores como la autoconstrucción.
La tecnología arquitectónica de una sociedad, como parte de su arquitectura, constituye una manifestación de su cultura y una evidencia de su devenir histórico; por ello, es un objeto de conservación en sí mismo. En este sentido, la tecnología arquitectónica y los sistemas constructivos no solo permiten la materialización del objeto arquitectónico en un lugar y tiempo determinados, sino que forman parte integral de este y constituyen uno de los principales elementos para la lectura e interpretación del patrimonio arquitectónico. Cabe señalar que los sistemas constructivos, por sí solos, no son evidencia suficiente para determinar la temporalidad de un bien patrimonial. Para ello, es necesario relacionarlos con otras características del edificio, como su ubicación urbana, su esquema funcional y su tratamiento formal.
De esta manera la conservación de la tecnología constructiva de la arquitectura patrimonial, como evidencia y parte integral del objeto a conservar, aun cuando ya el elemento arquitectónico haya sido removido, debe respetar un principio elemental de la conservación planteado desde los primeros escritos sobre conservación que existen: la autenticidad.
Durante mucho tiempo la autenticidad se ha entendido como la preservación del elemento original en el edificio considerando que sólo lo original es auténtico. Pero esta forma de pensar acarrea una gran cantidad de inconvenientes y de alguna manera un cierto inmovilismo en la intervención, en especial en edificios que a través de los años han perdido una gran parte de sus elementos originales y por ende no podrían ser intervenidos de una manera “auténtica.” Afortunadamente, el concepto ha evolucionado y trascendido esa concepción.
El Dr. Francisco López Morales, en su artículo La Carta de Venecia hacia el siglo XXI, plantea que la autenticidad trasciende la mera presencia de un elemento original conservado a lo largo del tiempo. Según el autor, la autenticidad radica en la veracidad del elemento incorporado, es decir, en que aquello que se presenta como auténtico corresponda efectivamente a lo que es. Esta concepción puede y debe aplicarse no solo a la materialidad del objeto arquitectónico, sino también a sus atributos intangibles, tales como su función, su relación e interacción con otros elementos arquitectónicos, su valor fisonómico, su cromática y demás características que contribuyen a su significado e identidad.
Esto no implica que todo en el objeto urbano arquitectónico deba conservarse inalterado y por ende sea casi imposible la adecuación. Sólo señala que las alteraciones necesarias deben siempre ser “verdaderas” es decir congruentes con el elemento original. Por ejemplo, si el piso de un objeto arquitectónico era de pasta colocada en tapete con cenefa perimetral, la nueva intervención deberá utilizar piso de pasta en tapete con cenefa perimetral, no en collage o en otro despiece, aun cuando este piso tenga el dibujo o el color original. Así también si el techo ya no existe, pero tenemos evidencias de él, será viable utilizar un techo nuevo siempre y cuando mantenga la “originalidad” del anterior, es decir, su altura, su entramado de madera, su función, etc.
En conclusión, la conservación de los sistemas constructivos históricos en la arquitectura patrimonial es importante para la continuidad y preservación de un saber constructivo que es parte del saber cultural de una sociedad, así como elemento integral de los propios objetos arquitectónicos urbanos patrimoniales. Su preservación y estudio permite establecer estrategias y técnicas de conservación eficaces para nuestro patrimonio edificado y por extensión de nuestra cultura.
Rubén Antonio Vega González es Arquitecto Perito de la Sección de Monumentos Históricos del Centro INAH-Yucatán,
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Coordinadora editorial de la columna:
María del Carmen Castillo Cisneros; profesora investigadora en Antropología Social
Edición: Fernando Sierra