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Foto: Reuters

La idea de lo que es un país líder, o potencia, está generalmente asociada al poderío militar, el desarrollo nuclear, o a la capacidad de consumo de una sociedad en específico. Sin embargo, hay algunas acciones políticas que marcan a una nación como distinta a todas en el mundo, y muchas veces, también hay que decirlo, es la calidad de sus habitantes la que establece una distinción muy particular que hace que otros volteen a ver y queden cautivados por el modo de vivir que se tiene en ciertos lugares.

En estas últimas semanas, México y su gente han llamado la atención con motivo del mundial de futbol, no por un despliegue de logística o porque la parte de la organización que le corresponde haya salido con una evaluación sobresaliente. No, la diferencia que se ha establecido entre las sedes, particularmente con Estados Unidos, es la hospitalidad de los mexicanos para con las selecciones participantes que decidieron fincar sus campamentos en este suelo, sino porque la generalidad de los aficionados se han sentido bienvenidos, acogidos por los mexicanos que no han reparado en atenciones o en demostraciones de inclusión en los festejos por cualquier triunfo o por la mera participación.

Debe llamar la atención la participación del equipo nacional de Irán, cuyos juegos fueron en suelo estadunidense, pero que no fueron admitidos en ese país, por la política que ahí se sigue, contraria a lo que ha querido ofrecer la Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA). Fueron recibidos en Tijuana, desde donde se desplazaron a sus partidos; y un equipo que en el autodenominado país de la libertad fue rechazado, terminó por encontrar calidez, y una porra genuina, en esa ciudad fronteriza.

Pero además de lo deportivo, en estos días ha entrado en acción otro distintivo del pueblo mexicano: la solidaridad con pueblos hermanos, y hay que decir también que ésta también se ha brindado a países con los que se han tenido diferencias mayúsculas. Tras los sismos ocurridos en Venezuela el fin de semana, México estuvo entre los primeros en levantar la mano para enviar ayuda humanitaria y destacamentos de búsqueda y rescate, incluyendo a los ya legendarios “Topos”, organización que surgió en 1985 tras los terremotos que devastaron la Ciudad de México, precisamente a unos cuantos meses de que se inaugurara otro mundial de futbol.

Hasta ahora, se ha reportado la cifra de mil 450 personas muertas por los sismos que azotaron la región de La Guaira, en Venezuela. Los rescatistas mexicanos, ya parte del grupo del Ejército especializado, ya sean binomios caninos, ya sean parte de los Topos, han contribuido a mantener la esperanza en un país que mira montañas de escombros.

Los rescatistas son, principalmente, de México, Estados Unidos, Brasil, El Salvador y Francia. Entre ellos, la señal del puño en alto para pedir silencio se ha impuesto, también, como signo de que un familiar, de pocos o muchos años, o incluso el parro de la familia, podrán seguir un tiempo más en la tierra, disfrutando de la vida y compartiendo toda clase de emociones con sus seres queridos.
México está brindando otra lección al mundo. No es necesario poseer armamento nuclear, o que en cada hogar haya por lo menos una ametralladora; ni siquiera es necesario que se tenga el mercado que más demanda de productos crea para sus habitantes. Basta recibir a los visitantes, así vengan de países que otros quieren llamar hostiles a pesar de ser ellos los invadidos; basta responder, levantar la mano ante la necesidad de gente que enfrenta un desastre natural.

También es cierto que esa característica de México se originó también en otros desastres que se sufrieron particularmente. Los Topos fueron la respuesta a un gobierno federal que tuvo una respuesta tibia ante los temblores del 19 de septiembre de 1985. Pocos meses después, los asistentes a la inauguración del Mundial en el Estadio Azteca le gritaban “¡culero, culero!” al entonces presidente. Pero eso ha servido también para poder ofrecer al mundo eso en lo que México es líder, tal vez sin proponérselo: el abrazo al pueblo que parece abandonado por el mundo, y el puño en alto que devuelve esperanza.


Edición: Fernando Sierra


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