Opinión
José Díaz Cervera
09/08/2026 | Mérida, Yucatán
Comuna 13 es un sitio en ebullición. Uno llega al lugar y todo es movimiento frenético, desde los guías que ofrecen sus servicios hasta los establecimientos que ofertan playeras, manualidades de índole muy diversa, café, comida paisa, tragos y artesanía urbana.
Uno circula entre las escalinatas y las callejuelas afrontando la sorpresa constante, no sólo porque los cinco sentidos se ven estimulados, sino porque entre las callejuelas irregulares aparecen motocicletas y vehículos ligeros de carga que circulan a una velocidad impropia y no suelen detenerse dado que los transeúntes están habituados a esquivarlos con toda naturalidad.
Caminando con “K”, quien nos condujo hasta el punto más alto de la Comuna desde donde prácticamente se hace visible todo Medellín, pudimos darnos cuenta que allí todo funciona priorizando el sentido comunitario. Los guías, por ejemplo, ofrecen un recorrido en el que se cuenta la historia de la comuna, mezclada con algunas historias de vida, y te llevan también a algunos establecimientos donde, abiertamente, se ofertan diversos productos de consumo. La Comuna vive prácticamente de los visitantes, de lo que éstos compran, de lo que comen y beben y de lo que dan a quienes presentan algún espectáculo callejero, a manera de remuneración voluntaria.
“K” lo explicó claramente, la Comuna 13 fundamentó su proyecto en tres ejes: comunidad, arte y emprendimiento; la Comuna es hoy día un maravilloso experimento de empresa colectiva donde todos trabajan para todos. En el enclave, todo parece funcionar con precisión de relojería pues los conductores hacen el recorrido muy interesante, y a pesar de que buscan que el visitante consuma lo que el sitio produce o comercializa, en ningún momento uno tiene la sensación de sentirse en una circunstancia de esquilmo y sí inmerso en un espacio vivo y en ebullición constante donde lo mismo se encuentran raperos, bailarines, diseñadores de ropa o artistas visuales como Dufer Florez Toro, quien comenzó como grafitero y ahora tiene una galería pequeña muy popular en la Comuna.
La lección debe repasarse porque es axiomática: comunidad, arte y emprendimiento (los elementos fundamentales de una civilísima trinidad que debería regir nuestra vida colectiva para ponerla a salvo del egoísmo y de la competencia que busca la necesaria aniquilación de la otredad).
Justamente, en la galería de Dufer hay una instalación de arte en 3-D, donde un colibrí y una mariposa cobran vida para metaforizar la fuerza interior de la Comuna para permanecer y la fe en las capacidades propias para cambiar y embellecerse.
Como quiera, no faltan las amenazas pues el gobierno municipal de Medellín quiere quedarse con una rebanada del pastel y la iniciativa privada quiere convertir la zona en una especie de Disneylandia con melodrama incluido.
Mas la cohesión comunitaria tiene claros los caminos porque los reconoció a través del dolor y de las lágrimas y de la hostilidad de los guerrilleros, de los narcos y del propio gobierno colombiano.
En Comuna 13 hay heridas. Historias de vida que no acaban de digerirse. Rencores, quizá más acendrados contra los guerrilleros que se asentaron en el lugar y sembraron el terror, que contra los narcos (de quienes muchos recibieron dádivas). Rencores contra los diversos gobiernos que encarcelaron inocentes, acusándolos —injustamente y hasta sin pruebas— de complicidad con la guerrilla o el narcotráfico.
Pero en Comuna 13 hay también miradas limpias, frescura y vitalidad. En el corazón de cada habitante del lugar hay un colibrí y una mariposa marcando el ritmo de un latido comunitario del que todos deberíamos tomar nota.
Solidaridad, no competencia. Expresión estética, no rabia paralizante. Producción de valor económico ligado a valores éticos y comunitarios.
Todo ello, en justo balance, nos ofrece las coordenadas de la autogestión y nos aproxima a la paz.
Edición: Fernando Sierra