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La vergüenza y el miedo

Conocernos hasta el último momento de nuestra vida
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán

Nacemos desnudos y frágiles. Apenas conocemos el tacto del agua y la protección del cuerpo que nos contiene. Al nacer todo cambia: sentimos frío, hambre, incomodidad y tenemos que respirar. Todo es desconocido. Gritamos y lloramos sin saber todavía qué nos sucede. Aparece el miedo, quizá una de nuestras primeras experiencias frente a un mundo que no comprendemos.

Después algo nos abraza. Reconocemos un olor, una voz, una temperatura. El miedo disminuye. Poco a poco descubrimos que algunas sensaciones desagradables pueden desaparecer: el hambre se calma, el frío se cubre, el llanto consigue unos brazos.

La vergüenza necesita algo más. Necesita la mirada del otro.

En algún momento descubrimos que no solamente existimos: también somos vistos. Los demás nos miran y nosotros empezamos a mirarnos a través de ellos. Primero serán nuestros padres, después los hermanos, maestros, amigos, parejas, hijos. Con esas miradas vamos construyendo, casi sin advertirlo, una imagen de quiénes somos.

La vergüenza aparece cuando algo rompe esa imagen.

Creíamos ser generosos y descubrimos nuestra mezquindad. Nos considerábamos valientes y una situación nos muestra nuestro miedo. Pensábamos ser buenos padres, buenos amigos o buenas parejas y una mirada parece devolvernos una imagen diferente.

Pero no sabemos necesariamente qué piensa el otro. Somos nosotros quienes interpretamos su mirada. Puede suceder incluso que nadie nos esté juzgando y, sin embargo, sintamos vergüenza. El juicio más difícil ya está ocurriendo dentro de nosotros.

Quizá por eso la vergüenza está tan cerca del miedo. No tememos solamente al rechazo. Existe un miedo más profundo: no entender quiénes somos.

Nos gustaría poder decir: yo soy así. Tener una identidad clara y reconocible que nos acompañara toda la vida. Pero la experiencia se encarga de contradecirnos. Aquello que creíamos saber de nosotros cambia con las circunstancias, con nuestras decisiones y con los años. Poco a poco vamos viendo y modificando lo que creemos ser.

La vergüenza puede entonces mostrarnos algo que preferiríamos no mirar. Si la rechazamos porque contradice la imagen que queremos conservar, podemos perdernos tratando de defender a alguien que quizá nunca hemos sido. Pero tampoco significa que debamos creer todo lo que imaginamos en la mirada ajena. Podemos atribuir desprecio donde no existe, rechazo donde había indiferencia o crítica donde simplemente había una mirada.

La mirada pertenece al otro; el juicio, muchas veces, lo construimos nosotros.

Con los años no necesariamente dejamos de sentir vergüenza ni encontramos finalmente una respuesta a la pregunta de quiénes somos. Quizá aprendemos algo más modesto: a soportar nuestras incongruencias.

Podemos ser fuertes y frágiles, generosos y egoístas, valientes y temerosos. Podemos descubrir en nosotros algo que rechazábamos en los demás. Podemos equivocarnos después de haber estado seguros de tener razón. No somos una sola cosa ni permanecemos idénticos a lo largo de la vida.

Aceptar esas contradicciones no significa justificarlas. Significa reconocerlas sin tener que destruirnos por haberlas descubierto.

Tal vez ahí comienza la humildad. No en rebajarnos ni en avergonzarnos de lo que somos, sino en abandonar la soberbia de creer que nos conocemos por completo.

El miedo aparece cuando se tambalea la certeza de quiénes creíamos ser. La vergüenza abre esa grieta y nos obliga a mirarla. Los años quizá no consigan cerrarla; pueden enseñarnos a soportarla.

Conocernos no sería entonces llegar un día a una definición definitiva de nosotros mismos. Mientras vivimos seguimos descubriéndonos, contradiciéndonos y cambiando.

Quizá la humildad consista precisamente en aceptar que nunca terminamos de saber del todo quiénes somos.

*También puedes leer el contenido de Lourdes Álvarez en Substack.


Lea, de la misma autora: La verdad no necesita vencer

Edición: Fernando Sierra


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