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La paciencia y la libertad

Sentimos que nos hacen perder el tiempo
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán

Hay personas que no escuchan. Podemos explicar algo con claridad, repetirlo, incluso escribirlo y, poco después, vuelven a preguntar aquello que acabamos de decir. La impaciencia aparece casi de inmediato. Sentimos que nos hacen perder el tiempo y algunas veces pensamos que la falta de atención es una forma de indiferencia o incluso de agresión.

Sin embargo, entre lo que el otro hace y nuestra reacción sucede algo que pocas veces advertimos: interpretamos.

No reaccionamos solamente ante una pregunta repetida, sino ante lo que creemos que significa. "No entendió" puede convertirse en "no me escuchó", después en "no le interesa lo que digo" y finalmente en "no me respeta". El hecho quizá era pequeño; nuestra interpretación lo ha convertido en una ofensa.

Esto no significa que nuestras interpretaciones sean necesariamente falsas. Hay indiferencia, desatención y falta de interés. Pero no siempre podemos conocer la intención que existe detrás de una conducta y, sin embargo, reaccionamos como si la conociéramos.

Tal vez por eso la paciencia sea algo más complejo que soportar al otro.

Solemos considerarla una virtud: el paciente tolera al lento, al distraído, al que necesita tres explicaciones para comprender lo que nosotros entendimos a la primera. Pero vista así, la paciencia puede esconder cierta soberbia: nuestra manera de comprender se convierte en la medida con la que juzgamos la capacidad de los demás.

Aquí aparece la humildad, no como modestia ni como obligación de ser buenos, sino como reconocimiento de la diferencia. El otro no necesariamente comprende a nuestro ritmo, no organiza el mundo como nosotros ni concede importancia a las mismas cosas. Aceptarlo exige renunciar a la fantasía de que nuestra manera de entender es la medida natural de cómo deberían entender todos.

Pero la humildad exige algo todavía más incómodo: admitir que también nosotros podemos equivocarnos. Podemos interpretar una distracción como indiferencia, una torpeza como desprecio o una pregunta como provocación. Lo que sentimos es verdadero —el enojo existe—, pero eso no demuestra que nuestra interpretación también lo sea.

La dificultad aumenta cuando necesitamos del otro. Depender de alguien para realizar ciertas tareas puede hacernos sentir que perdemos libertad. Hay cosas que podríamos hacer nosotros mismos, pero requieren un esfuerzo, un tiempo o una energía que queremos dedicar a otra cosa. Pedimos ayuda esperando recuperar algo de ese tiempo. Cuando en cambio aparecen nuevas preguntas y dificultades, aquello que debía liberarnos parece convertirse en una nueva dependencia.

Entonces reaccionamos.

El enojo puede producir durante unos instantes la ilusión de recuperar el control. Protestamos contra una realidad que no coincide con lo que esperábamos. Pero alguien puede hacernos perder diez minutos y nosotros permanecer dos horas dentro de esos diez minutos. Queríamos defender nuestro tiempo y terminamos entregándole mucho más.

Ahí aparece la contradicción: la impaciencia con la que intentamos defender nuestra libertad puede terminar disminuyéndola.

Quizá exista una diferencia entre reaccionar y responder. La reacción es inmediata; casi no existe distancia entre lo sucedido y nosotros. La respuesta introduce un intervalo. No elimina necesariamente el enojo ni convierte en aceptable aquello que nos molesta. Solamente permite que nuestra primera interpretación no sea también la única.

En ese intervalo cabe la duda: ¿realmente quisieron ignorarnos?, ¿hubo intención de molestarnos?, ¿o hemos convertido una distracción o una manera diferente de comprender en algo dirigido personalmente contra nosotros?

No siempre podremos saberlo.

Aceptar esa incertidumbre quizá requiera más humildad que paciencia. Significa reconocer los límites del otro sin convertirlos en inferioridad y reconocer los nuestros sin sentirlos como una humillación. Podemos estar frente a alguien que no comprende y, al mismo tiempo, ser nosotros quienes no comprendemos del todo lo que está ocurriendo.

Tal vez la libertad tenga algo que ver con conservar esa distancia entre el acontecimiento y nuestra interpretación. Nuestra primera reacción no tiene por qué contener toda la verdad.

Algunas veces la agresión estará realmente en el otro. Otras, quizá, estarán en el significado que nosotros le atribuimos.

La humildad comienza cuando admitimos que no siempre sabemos distinguir una de la otra.

*También puedes leer el contenido de Lourdes Álvarez en Substack.

Lea, del mismo autor: La identidad que nos contamos


Edición: Estefanía Cardeña


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