Opinión
Oana Del Castillo
24/08/2026 | Mérida, Yucatán
La deportación de miles de yaquis proporcionó una importante fuerza de trabajo para las plantaciones y desfibradoras de Yucatán. A finales del siglo XIX y principios del XX, la industria henequenera atravesaba un periodo de auge, impulsado por la alta demanda internacional de fibra de henequén y la expansión de las haciendas. Esto generó una creciente necesidad de mano de obra que el gobierno estatal y los empresarios buscaron cubrir mediante la Junta de Inmigración Yucateca, encargada de promover el reclutamiento de trabajadores de distintas regiones de México y del extranjero.
Se conoce que hacia 1909, la industria henequenera empleaba entre 100 mil y 125 mil trabajadores mayas, alrededor de 8 mil yaquis y cerca de tres mil inmigrantes coreanos, además de contingentes menores de chinos, europeos y mexicanos provenientes del centro del país. Sin embargo, no todos trabajaban bajo las mismas condiciones. Los jornaleros mayas, aunque enfrentaban un severo sistema de endeudamiento, conservaban cierta libertad de movimiento. Los inmigrantes extranjeros laboraban mediante contratos relativamente libres. En cambio, los yaquis deportados ocupaban la posición más vulnerable. Aunque en teoría debían recibir un salario similar al de los trabajadores mayas, en la práctica rara vez eran remunerados y tenían prohibido abandonar las haciendas. Vigilados permanentemente y privados de cualquier posibilidad de regresar a su tierra, vivieron en condiciones similares a la esclavitud. En este sentido, su deportación no solo significó exiliarlos de su territorio, sino también una incorporación laboral forzada basada en la coerción y la pérdida de su libertad.
A partir de la consulta de archivos históricos del antiguo pueblo de Chuburná (actualmente la colonia Chuburná de Hidalgo en Mérida), en el que se encontraban por lo menos doce fincas o haciendas henequeneras, se han obtenido datos sobre la vida cotidiana y la organización social y familiar de los yaquis que permitieron conocer algunas estrategias de supervivencia y preservación de su cultura e identidad. En los archivos referentes a las haciendas Sodzil y Xcumpich se ha logrado la reconstrucción de 16 familias a partir de 134 actas de registros civiles (91 defunciones y 43 nacimientos) que muestran que sus estructuras familiares y comunitarias conservaron una notable cohesión.
La mayoría de las familias identificadas (13) correspondía a núcleos en primera unión, integrados por padres jóvenes e hijos menores de cinco años nacidos en Yucatán. También se documentaron tres hogares complejos formados tras un segundo matrimonio, donde convivían hijos de ambas uniones, siendo los hijos del primer matrimonio nacidos en Sonora y los de la segunda unión, en Yucatán.
Uno de los hallazgos más significativos es la ausencia de matrimonios exógamos, es decir, todas las parejas registradas estaban formadas por hombres y mujeres yaquis. Del mismo modo, los testigos de nacimientos y defunciones pertenecían exclusivamente al mismo pueblo, lo que evidencia la persistencia de redes de solidaridad y apoyo mutuo aún en el exilio.
El registro de 44 nacimientos (25 niñas y 19 niños) muestra que, incluso en las duras condiciones del exilio, las familias yaquis procuraron mantener su continuidad demográfica. Sin embargo, este esfuerzo se vio gravemente limitado por la elevada mortalidad materno-infantil, una constante en las haciendas henequeneras. Es decir, muchos de estos recién nacidos o sus madres no lograron sobrevivir debido a complicaciones en el embarazo, el parto o el puerperio.
Finalmente, los registros revelan una organización familiar fuertemente sustentada en el matrimonio. De los 44 nacimientos documentados, sólo cuatro correspondían a hijos naturales reconocidos exclusivamente por la madre, mientras que únicamente en un caso el padre reconoció formalmente a un hijo nacido fuera del matrimonio. Estos datos sugieren que, pese a las profundas rupturas provocadas por la deportación y las difíciles condiciones de vida, las familias yaquis mantuvieron sólidos vínculos comunitarios a través de la legitimación de sus uniones y su descendencia. En la próxima y última entrega continuaremos esta historia que forma parte de la memoria de las y los yucatecos.
Oana Del Castillo es antropóloga física del Centro INAH-Yucatán
Coordinadora editorial de la columna:
María del Carmen Castillo Cisneros, antropóloga social del Centro INAH Yucatán
Edición: Estefanía Cardeña