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Foto: Teresa Quiñones Vega

En los próximos días iniciará el tiempo de finados. En las comunidades mayas, esta época comienza a finales de octubre y termina el último día de noviembre. Se trata de un tiempo familiar en el que se recuerda a los difuntos a través de distintos rituales en donde la comida varía de una región a otra según el día o edad del finado que se recuerde.

Una de las comidas más importantes son los tamales. Estos pueden estar cocidos en píib, ser tamales torteados o “colados” que se cuecen al vapor. En la ciudad de Mérida y otras localidades, se preparan tamales grandes que se conocen como mukbipollo (muk es enterrar) o pibes, esta última forma deriva de la técnica de cocer el tamal, en el píib. En lengua maya, la palabra píib o píibil se refiere a la técnica de cocer los alimentos bajo tierra.

El uso del píib u horno bajo tierra está muy vivo en las comunidades mayas, en especial en las del oriente de Yucatán y centro de Quintana Roo. Esta forma de cocción está vinculada a la comida ritual y, por tanto, a celebraciones como la fiesta o los gremios al santo patrono del pueblo, rituales agrícolas, del ciclo de vida (bodas, bautizos) y tiempo de finados, principalmente. 

Por tratarse de una celebración familiar, el tiempo de finados es también un tiempo y espacio donde se transmiten conocimientos. Normalmente, el horno se hace en la casa de algún familiar, a donde varias personas acuden para ayudar en el trajín. Son los varones adultos de la familia los que se encargan de “abrir” el horno en el espacio que se tiene destinado para ello, ya que, como se mencionó, es la forma primordial para cocinar la comida ritual. Por su parte, los infantes ayudan con tareas que sus padres o algún adulto les van señalando de acuerdo a su edad. A los niños, por ejemplo, se les pide acercar troncos de leña o pequeñas piedras, mientras que a los jóvenes se les encargan tareas más “pesadas” como cortar troncos o hacer palos delgados para mover la comida. 

Cocer en píib fue por mucho tiempo la técnica culinaria por excelencia para conservar carne; de hecho, familias mayas contemporáneas siguen cociendo así la carne de los animales silvestres que cazan. Además, por el sabor que adquieren los alimentos al cocinarse bajo tierra, las familias utilizan esta técnica no solo para preparar comida ritual, sino también para comidas durante festejos de cumpleaños o realizar novenas en honor al santo familiar. En estas ocasiones preparan alimentos como cochinita, morcilla, tamales o “chachawajes”. Para ello, las familias construyen pequeños hornos de aproximadamente un metro cuadrado, donde colocan una o dos ollas, una paila o varias charolas para hornear tamales. Estos hornos más pequeños pueden ser construidos por mujeres o con la participación de jóvenes y niños, bajo la guía de un adulto de la familia. De esta manera, los más jóvenes aprenden qué tipos de piedras, hojas, plantas y leña deben utilizar, así como el tiempo necesario para cocinar los alimentos dentro del píib.

Por el contrario, para celebraciones y rituales comunitarios se abren hornos bajo tierra de grandes dimensiones (10-15 metros de largo) que permiten cocinar más de diez pailas de comida, en especial relleno negro o panes grandes o noj wajo’ob que se elaboran para el ch’a’ cháak (petición de lluvias) o el  jaanlil kool (agradecimiento de cosechas).

Durante el trabajo de campo, no se ha observado la presencia de niños y jóvenes cerca del fuego del píib. Por lo general, la construcción del horno subterráneo está a cargo de personas adultas o casadas, pues entre los mayas el matrimonio marca el inicio de la adultez. En las celebraciones en honor al santo patrono, la elaboración del píib suele estar a cargo de un grupo de hombres adultos, generalmente encabezado por el esposo de la kutz, o cocinera reconocida por preparar comidas rituales.

El aprendizaje para la preparación del píib se da en el ámbito familiar. Como ocurre con otros conocimientos de la vida cotidiana, se aprende observando y ayudando en las tareas que se asignan. De este modo, cuando la persona llega a la adultez y se incorpora plenamente a la vida comunitaria, ya cuenta con los conocimientos necesarios para participar en la apertura de un píib comunitario que permitirá compartir y degustar colectivamente distintos alimentos importantes para su comunidad.

Teresa Quiñones Vega es antropóloga social del Centro INAH Yucatán

Coordinadora editorial de la columna: 
María del Carmen Castillo Cisneros; profesora investigadora en Antropología Social


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Edición: Estefanía Cardeña




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