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Desastre en Mérida, natural, pero también provocado

Días después de los fenómenos meteorológicos, habitantes padecen las pérdidas patrimoniales

Eduardo Lliteras Sentíes

 

En plena noche, en medio de la lluvia torrencial, entre la oscuridad y el miedo, el agua comenzó a subir, a subir y subir dentro de las paredes de sus casas mientras el huracán Delta se abatía sobre Yucatán. Pasó en Chablekal, en Noc Ac, Las Américas, Gran Santa Fe Norte, Cheumán, entre otras poblaciones y fraccionamientos. Entre el pánico y la confusión comenzaron a subir en mesas y ladrillos los electrodomésticos valiosos: el refrigerador, quien lo tenía, la lavadora. A escapar al segundo piso, si había.

Las calles parecían ríos o lagunas y el cielo no paraba de verter agua. Y siete u ocho días después, para muchos, entrar o salir de casa se hace entre el agua maloliente, que promete dejar el mal olor de la inundación por mucho tiempo, con graves pérdidas patrimoniales que en numerosos casos simplemente es la de todo lo que se tenía en sus moradas.

Sí, estamos ante un “desastre natural” porque el cambio climático –en el que nuestra generación diaria de gases de invernadero interviene directamente con nuestra matriz de energía fósil- está provocando un número creciente de eventos naturales catastróficos como la presente temporada de huracanes en el Atlántico, la que se había advertido sería muy activa, por encima de la norma, como está sucediendo, por lo que decir que no se nos había advertido es, por lo menos, falso.

Sí claro, en la crisis que estamos viviendo en Mérida, entre el pasmo y la furia de muchos nuevos vecinos que compraron casas a crédito a Sadasi y a otras constructoras en el norte de la ciudad, también interviene la falta de áreas verdes que absorban el líquido. Y no hablo de los diminutos parches dejados por las constructoras al ingreso de las casas, con una palmera chueca. Me refiero a parques y jardines inexistentes porque la ambición impone meter al mayor número de familias en el menor espacio posible.

Mérida necesita un amplio cinturón verde, no uno de concreto como está sucediendo con la expansión urbana que le ha añadido los desarrollos en Caucel, donde el asfalto y la concatenación de casas de cemento ahogan los horizontes; movilidad que no sea basada en el auto particular, ya se ha dicho hasta el cansancio.

Ahora comprobamos que el aumento inexorable del nivel del mar y las tormentas al hilo (Cristóbal, Gamma, Delta) provocan que el manto freático suba y se vacíe lentamente, mucho más que en el pasado, dejando la tierra convertida en un lago.

Estudios serios presentados en los últimos años señalan que partes importantes de la costa de Yucatán serán reclamados por el aumento del nivel del mar. Progreso se cuenta entre los municipios que serán afectados de forma importante por la modificación costera que ya está provocando el cambio climático. También crecerán en consecuencia las zonas inundables.

No cabe duda de que la especulación y la venta de “terrenos de inversión”, hacen agua. El modelo de ciudad, sin drenajes, escaso tratamiento de aguas negras y fosas, resulta una bomba de tiempo bacteriológica.

La enfermiza ambición de llevar el crecimiento urbano sin freno en dirección a la costa, talando la vegetación y acabando con la fauna, está en crisis.

Las inmobiliarias ahora esperan poder echarle la culpa al “fenómeno natural inédito” para seguir con sus negocios como si nada hubiera ocurrido, apostando a la desmemoria, al olvido rápido de la publicidad pagada en otros estados de la República.

Sin embargo, como advierten algunos, lo que nos ocurrió en esta temporada de huracanes volverá a suceder y muy probablemente será cada vez más frecuente. Y peor, ya que esta vez el huracán nos pasó de lado, barnizando a la capital yucateca mientras se alejaba. No nos pegó de lleno.

De haber sido el impacto directo, la ciudad habría mostrado otras vulnerabilidades y llagas que exigen cambios urgentes en las normativas de construcción, como ya anunció el alcalde Renán Barrera Concha.

Queda claro que Mérida no está preparada para afrontar el cambio climático. El despertar del sueño de la burbuja inmobiliaria nos dará muchos dolores de cabeza, cual cruda después de la tremenda borrachera del crecimiento urbano  en el que muchos han llenado sus bolsillos sin importarles nada.

 

Edición: Laura Espejo

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