La Jornada Maya


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La Jornada Maya
Foto: Rodrigo Díaz Guzmán

Mérida, Yucatán
Miércoles 6 de julio, 2016

Hoy hace un año salió a la calle [i]La Jornada Maya[/i] por primera vez. Muchos han sido los temas que este diario ha exhibido, como los defectos del transporte y de recoja de basura en Mérida, las concesiones públicas para una empresa cervecera, la llegada del narcotráfico a Cancún y Playa del Carmen, las elecciones en Quintana Roo, la nueva gestión en la alcaldía meridana, el avance del consumo de enervantes hacia edades más jóvenes, el descubrimiento de tóxicos cancerígenos como el glifosfato en el agua de cenotes peninsulares; la reacción del sindicato de taxistas, una de las agrupaciones más anacrónicas del país, ante la llegada de una empresa competidora, o la ley que el gobierno yucateco estuvo a punto de aprobar “en lo oscurito” para permitir el incremento de expendios de cerveza. Otros asuntos más sentimentales han salido a la luz, como las dificultades de una madre al inscribir a su hijo en la escuela y la historia de Miguelito, un testigo anónimo infaltable de nuestra historia urbana o la exploración científica del cráter de Chicxulub.

Empujando contra corriente y contra la parte más oscura de la clase política, La Jornada Maya redefinió el horizonte en una perspectiva peninsular que ya se puso de moda y otros buscan copiar. La sociedad yucateca, campechana y quintanarroense cuentan ahora con un medio de comunicación moderno, vivo, hecho por diaristas profesionales y, por tanto, bien hecho.

Este periódico, sin embargo, no ha podido disolver el terco prototipo de sujeción entre prensa y gobierno. Según Antonio Gramsci y algunos teóricos de la comunicación, una de las vertientes más representativas del avance de una sociedad es la relación del Estado con los medios. A mayor desarrollo, corresponde una relación transparente y activa con ellos. Aquí hemos podido medirla bien. Los políticos de la región han escudriñado con recelo cada publicación de La Jornada Maya, que ha venido a sacudir el quehacer periodístico de estas latitudes con su apertura a las costumbres, la ideología y hacia la propia lengua maya en sus páginas.
El gobierno de Campeche suministra con presteza la información cuando se le requiere, y a veces ni siquiera hay que requerirla porque está a disposición vía Internet de manera clara y fácil de encontrar. Hay que notar, por ejemplo, la continuidad de apuntes y consejos que mandan en temas de Salud desde la secretaría estatal. Por su lado, el grupo político que está a punto de gobernar Quintana Roo ha buscado por propia iniciativa a los representantes de este diario para fijar enlaces que permitan desplazar datos y noticias en doble sentido. Nadie piense que estos comentarios representan millonarios contratos de publicidad con ninguno de estos gobiernos. Sólo reconocen, por increíble que parezca, el cabal cumplimiento de una responsabilidad institucional, la de ofrecer información a la sociedad.

De los gobiernos de la península, solamente uno, Yucatán, lleva un año y medio apostándole a la desaparición maquinal, instantánea de los huaches, no obstante que el 90 por ciento del personal que aquí labora son yucatecos, jóvenes de 25 años de edad en promedio. Como en otros temas, este gobierno parece cerrar los ojos esperando que los problemas se arreglen por sí mismos o mágicamente desaparezcan.

[i]La Jornada Maya[/i] sigue aquí. No sólo eso, sino que se ha extendido a Chetumal, Cozumel, Cancún, Playa del Carmen, Isla Mujeres, Carrillo Puerto en Quintana Roo y hacia la capital del estado de Campeche.
¿Por qué insistir nosotros, ante el creciente poderío de la información inalámbrica, en vender un periódico impreso? Porque al papel le toca renovarse ante la sociedad. Así como la radio, el cine y ahora la televisión han tenido que adaptarse al nuevo mercado de la comunicación, al periodismo le compete hacer lo mismo. Más que desaparecer como auguran los profetas de la modernidad, el periodismo está evolucionando. El coloso informativo de la Red no incuba la credibilidad en sus noticias. El tránsito en la Web, con su gigantesca ventaja cuantitativa, llega al final con un trivial resultado. Por tanto, el periódico impreso sigue siendo el certificado puro de la acción consumada. Reconocemos aquí a los inversionistas y publicistas de amplia visión que están aventurándose con este proyecto. Creemos con ellos que el papel se está convirtiendo en el testimonio verosímil del hecho histórico. Es un objeto de consulta y colección. Así se manifiesta y clara es su presencia. Así de durable y trascendental. Por eso fue intrépida la aventura de los obreros que, empapados y heridos, pusieron piedra a piedra cada flanco de las pirámides que sobrevivieron en el tiempo. Así nos sentimos en La Jornada Maya los reporteros, fotógrafos, editores, poetas, traductores y escritores mayapensantes, diseñadores, ilustradores, dibujantes, corresponsales, colaboradores, ingenieros en sistemas, estrategas digitales, publicistas, publirrelacionistas, vendedores, anunciantes, inversionistas, administrativos, pasantes universitarios, asistentes, trabajadores de limpieza, repartidores y voceadores. Todos nosotros somos albañiles, sudando al sol, construyendo algo tan duradero como el cuadrángulo de las Monjas, el Templo de las Mil Columnas o la pirámide de Kukulkán.

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