Miguel Carbajal Rodríguez
Ilustración Arbee Farid Antonio Chi
La Jornada Maya

8 de febrero, 2016

Como trabalenguas, en 2014 comenzamos a pronunciar una palabra muy extraña: chikungunya. A diferencia de hoy cuando esta palabra es parte ya del léxico común de los comunicadores, y de todos, hace un año era necesario pronunciarla despacio para no equivocar la dicción. En 2015, según datos de la Secretaría de Salud, hubo 26 mil 665 personas infectadas en nuestro país por dengue, de las cuales 42 perdieron la vida; por su parte, el chikungunya atacó a 11 mil 577 personas quitando la vida a 4 de ellas. En total 38 mil 242 personas infectadas y 46 muertes.

Desde hace meses, se sumó una nueva palabra a nuestro vocabulario: zika. Palabra que hoy es epicentro noticioso; un tema que está en la cabeza de alcaldes, gobernadores, secretarios de salud y de miles de personas. Zika, una nueva amenaza a la salud, al presupuesto, a la productividad. En un abrir y cerrar de ojos se ha convertido según la Organización Mundial de la Salud en una nueva emergencia sanitaria mundial.

Se nos advierte que también que en breve, en Yucatán, el famoso vector [i]Aedes aegypti[/i], pronto tendrá un nuevo socio en la transmisión de estos virus: el [i]Aedes albopictus[/i], conocido como “Mosquito Tigre” de procedencia asiática y que según expertos ya se encuentra en el vecino estado de Quintana Roo. Nuevas enfermedades y epidemias se suman a las ya conocidas y es que el dengue, el chikungunya y el zika, así como los transmisores de los mismos tienen dos grandes aliados que potencializan su proliferación: por una parte se encuentra el cambio climático, que guarda una relación muy estrecha con las enfermedades transmitidas por vectores, alargando las temporadas de transmisión y modificando su distribución geográfica como los moscos del género[i] aedes[/i]. Un segundo aliado tiene que ver con situaciones de pobreza y marginación, con los cinturones de miseria, la falta de educación y de cultura ambiental, con la contaminación de los cuerpos de agua, la falta de alcantarillado y los tiraderos de basura a cielo abierto, entre otros. Nos guste o no, esto sucede en ciudades de nuestro estado.

Es increíble que, aun cuando llevamos décadas de convivir contra el dengue, no se haya generado una cultura de prevención y que cada año se tengan que invertir recursos extraordinarios en la descacharrización, en [i]spots[/i] de radio y tele y sobre todo en el tratamiento de quienes han sido infectados. México pierde más de 240 millones de dólares cada año debido al dengue y el sector salud gasta entre 150 y 300 dólares diarios por cada persona infectada. El panorama no se ve alentador si pensamos que ahora serán dos vectores y hablamos no de uno si no de tres virus diferentes en nuestra región. Sectores importantes, como el turismo, deben de preocuparse, pues no es una buena publicidad saber que en la ciudad que se visita se puede contraer una de estas enfermedades. Según el Banco Mundial, México sería uno de los países más afectados en el sector turístico, perdiendo millones de dólares generados por esta actividad.

Si bien las autoridades de los tres niveles tienen una responsabilidad para promover y mantener la salud, nunca serán suficientes sus acciones hasta que como sociedad comprendamos que la principal causa de propagación de que estos “Tres Mosquiteros” que rondan amenazando la calidad de vida de todos es nuestra falta de participación y toma de responsabilidad en el tema. Simple, si existen campañas de descacharrización es porque seguimos tirando cacharros; si los terrenos baldíos se han convertido en un problema, es por el abandono de sus propietarios, si son necesarias brigadas, casa por casa, es porque no asumimos el cuidado de no tener depósitos de agua en nuestros hogares. Tampoco hemos adoptado medidas como vestir con manga larga y usar repelente, que reducirían la probabilidad de transmisión.

Camionetas que irrumpen la tranquilidad de la noche con aspersores de nubes químicas para aniquilar los moscos, miles de volantes con alguna reiterada recomendación, enormes filas en las clínicas del sector salud, entrevistas a expertos y figuras públicas, tiroteo político para echar culpas, pérdidas millonarias en horas de trabajo, encabezados en rotativos con el nombre de alguno de estos “Tres Mosquiteros” que galopan buscando alguna nueva víctima entre nosotros, recursos públicos destinados a frenar el avance y tratar a los caídos; el enterarnos de que algún conocido o familiar, incluso uno mismo ha sido infectado, serán de nueva cuenta escenarios que como cada año se repetirán en 2016. Y es que una mínima cantidad de agua estancada significa un paraíso reproductivo para cualquiera de los tres. Mientras no entendamos las graves consecuencias de su propagación y no asumamos la responsabilidad de cuidar y limpiar lo propio, estaremos cada vez más expuestos y vulnerables a los efectos de este trío que seguirá amenazando y dañando nuestras ciudades.

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