J.J. Biles*
La Jornada Maya

2 de febrero, 2016

En días pasados, dentro del marco de su Tercer Informe de Gobierno, el Gobernador Rolando Zapata Bello anunció con bombo y platillo la inminente llegada a Yucatán de dos grandes empresas manufactureras de exportación. Aunado a la construcción de la nueva megacervecería del Grupo Modelo, el mandatario estatal no desaprovechó la oportunidad para resaltar el potencial que tienen estas industrias de detonar una fuerte derrama económica y de generar miles de empleos en el sector manufacturero.

En este contexto llama la atención que desde hace más de dos años el gobierno resalta la llegada de cualquier empresa manufacturera como parte de una política para fomentar la “reindustrialización” de Yucatán. No obstante que esta estrategia brilla por su ausencia en el actual Plan Estatal de Desarrollo, resulta muy curioso que el gobierno haya optado explícitamente por el término “reindustrialización”, el cual sirve para evocar el regreso a una época dorada en la que el pueblo yucateco gozara de abundante trabajo industrial digno y bien remunerado. Para enfatizar este afán de “volver al futuro” y seguramente para provocar una especie de añoranza entre la población de cierta edad y clase social, se hace mención de dos supuestas edades de oro – la época del henequén y el auge de la industria maquiladora.

Aunque la industria del henequén y las maquiladoras de exportación forman parte de dos momentos importantes en la historia social y económica de Yucatán, causa suma extrañeza que el gobierno haya escogido y promulgado estas dos épocas de antaño como ejemplos de un pasado industrializado glorioso al cual se busca volver. De hecho, desde mi punto de vista existen por lo menos dos razones, una lógica y otra ética, para descalificar cualquier política que tenga como objetivo la reindustrialización de Yucatán siguiendo los pasos del henequén o la maquila.

La primera razón para rechazar este modelo de reindustrialización tiene que ver con la falacia de que alguna vez Yucatán haya sido una entidad industrializada. Efectivamente, durante el apogeo del henequén y la maquila la mano de obra industrial llegó a representar entre 25 y 30 por ciento de la ocupación total en Yucatán. Sin embargo, ambas industrias fracasaron porque carecían de vinculación con los demás sectores de la economía yucateca, lo cual impedía los efectos multiplicadores que se necesitan para propagar un crecimiento económico generalizado y duradero. En el caso del henequén la gran mayoría de mano de obra se dedicaba al cultivo del agave y el producto principal era la fibra; a pesar de la creación de Cordemex, no se consolidó la manufactura mucho más allá de la operación de las desfibradoras y una raquítica industria cordelera. El crecimiento de la industria maquiladora, concentrado en zonas rurales, estuvo relacionado directamente con la debilidad de la economía local, lo cual se reflejó en el trabajo rutinario con escasas posibilidades de superación profesional, salarios relativamente bajos y precariedad laboral.

Más allá de esta falacia lógica, existe una razón mucho más fundamental para oponerse a una política de reindustrialización basada en los ejemplos de la maquila y el henequén – en ambos casos la derrama económica y generación de empleo se derivaron de la explotación y la miseria. A pesar de la construcción de un monumento en su honor, la riqueza generada por la industria henequenera se debió simple y sencillamente al despojo y el trabajo forzoso (por no decir esclavitud) de los peones acasillados de las haciendas. Los estragos de este sistema feudal aún se resienten en la sociedad yucateca y contribuyeron directamente a la concentración de la industria maquiladora en la antigua zona henequenera. Aunque la maquila no haya requerido de la servidumbre como política oficial, esta industria solamente funciona para generar empleo y riqueza (para algunos) mientras esté subsidiada (con impuestos y tarifas preferenciales e infraestructura regalada) y tenga acceso a mano de obra ociosa, barata y dócil. A pesar de su aparente declive durante los últimos 15 años, han surgido variantes novedosas de la maquila en Yucatán recientemente, como la agroindustrialización para exportación, que dependen no sólo de la explotación de mano de obra barata, sino del acceso preferencial a recursos naturales abundantes (agua y tierra, por ejemplo) a un precio irrisorio y un altísimo costo social y ambiental.

Dadas las circunstancias económicas y demográficas en Yucatán, donde el crecimiento anual de la población en edad de trabajar rebasa por muchísimo la generación de empleo formal y el 60 por ciento de la población está relegado al trabajo informal, la creación de empleo sigue siendo un gran reto. Por lo tanto, es posible que más que una política formal u oficial, el gobernador y sus asesores hayan adoptado el discurso de la reindustrialización para hacer hincapié su compromiso con la generación de empleo digno y bien remunerado para la “clase obrera”.

En este caso, o no se percataron de las contradicciones de este discurso o, conscientes de la “verdad histórica”, decidieron que el valor mediático y político del discurso importaba más que su congruencia.

Sea política formal o discurso conveniente, al haber promulgado una campaña de “reindustrialización” evocando las grandezas del henequén y la industria maquiladora, el gobierno del estado enfrenta un dilema. Si estos dos modelos de industrialización marcan la pauta, se da de entender al pueblo yucateco que los objetivos de las políticas públicas enfocadas en el desarrollo regional y la generación de empleo siguen siendo los mismos de siempre. En dado caso basta con la instalación de empresas oportunistas que califiquen a Yucatán como una simple fuente de recursos disponibles para el saqueo y mano de obra barata para procesos industriales rutinarios de ensamble y procesamiento. Queda por ver si el gobierno se conforma con la promesa de “volver al futuro” del henequén y la maquila o si es capaz de superar su propia retórica.

*Profesor-investigador de la Universidad de la Ciudad de Nueva York e integrante de INDAGAR, el Instituto de Docencia y Análisis Geográficos, Ambientales y Regionales

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