La Jornada Maya

Cachorra, el arte que nace del monte y la clase trabajadora

El proyecto nació como una crítica al boom inmobiliario y como una apuesta a la comunalidad artística

Cachorra, el arte que nace del monte y la clase trabajadora
Foto: Katia Rejón

En 2021, los artistas Pablo Tut y German Pech decidieron tomar el monte para construir una galería de arte que llamaron Cachorra. Recién había pasado la pandemia y los árboles del barrio de La Plancha en Mérida, Yucatán estaban verdes y frondosos. Además, los vecinos estaban recuperando ese espacio común y los estudiantes de la Universidad de las Artes de Yucatán eran una de las comunidades más cercanas.



“Era una manera de mimetizarnos en el contexto que vivimos, y hacer un espacio para los que no tenían espacio en medio de la expansión inmobiliaria, mientras nos sumábamos a lo creado por los vecinos”, dice Tut en entrevista. 



Construyeron una choza de lámina y madera, inspirándose en las casas temporales que hacen los albañiles paralelamente a proyectos inmobiliarios, refugios que sirven como descanso y convivencia. En sí mismo el proyecto era una crítica al boom inmobiliario, pero también una apuesta artística que buscaba ser corta, barata e intuitiva. La intención era generar autonomía para los artistas a corto plazo y que fuera materialmente accesible.



“Articular de cualquier manera, desde la subjetividad de cualquier persona, y que fuera lo más libre posible”, aclara Tut. 

El proyecto tuvo el apoyo del Patronato de Arte Contemporáneo y con ese dinero pagaron honorarios a los artistas que formaron parte de Cachorra, además de un presupuesto para la producción de obra artística.



“Había reuniones de discusión para proponer obras, títulos, y que entre todos se generara una idea de la exposición. El montaje también era colectivo y buscábamos la manera de que los artistas tuvieran más agencia en el montaje, la hoja curatorial, el presupuesto, etcétera”, dice.



En una foto de 2022, durante un evento en la galería, dos militares aparecen cerca de la casita, y en el pie de la imagen Cachorra pregunta: ¿Habrá espacio para una intervención artística que considere la falta de espacio para lxs artistas? Unos meses después supimos que ni siquiera se podrían ir a mirar pájaros, tomar fotos o patinar en ese parque custodiado por la Guardia Nacional. Cachorra, como los árboles, como las piedras, como todo lo que habitaba en La Plancha, fue sustituida por concreto y un lago artificial. 

Los trabajadores (artísticos) que renunciaron

Cachorra tuvo como antecedente el proyecto llamado “La fiesta de los trabajadores que renunciaron”, una serie de conversatorios con artistas que habían dejado de hacer arte después de acabar la carrera de artes, especialmente a partir de la pandemia. Se juntaban alrededor de una escultura que funcionaba como asador a tomar cerveza y platicar sobre el quehacer artístico atravesado por la precariedad laboral y los esquemas racistas del arte contemporáneo en Mérida.

Platicaban sobre la tendencia de ver el trabajo artístico más como una promesa de fama y menos como un trabajo; sobre la necesidad de abandonar el sueño creativo por el sueño de la estabilidad económica; sobre el eurocentrismo y racismo de los espacios de arte en Yucatán, entre otras cosas. Esas conversaciones se documentaron y sirvieron como un estudio de campo entre los artistas de clase trabajadora de la región. 



Una crisis interna en el equipo, una mudanza y la necesidad de renovar el camino para que el proyecto sobreviviera hicieron que Pablo Tut heredara Cachorra. Para él, Cachorra no eran sus fundadores sino la energía colectiva que empezó a foguearse desde la Fiesta de los trabajadores y propuso a César Rendón y Ana Karen Ayuso para que continuaran el proyecto porque eran personas cercanas a Cachorra desde el principio. 

“La idea era que la energía colectiva no se perdiera porque es justo lo que mantiene a los artistas andando cuando no hay galerías o instituciones que respalden a artistas jóvenes. Siempre son las comunidades independientes quienes mantienen el espíritu o simplemente la conversación para que se siga produciendo arte”, concluye. 

La segunda generación de Cachorra

“Pablo pudo dejar el proyecto ahí, pero nos lo pasó. Supongo que es una necesidad más amplia que uno mismo. Lo aceptamos porque era increíble, porque era una choza en el monte y para mí cachorra responde a un modelo arquetípico de artista contemporáneo yucateco que quiere exponer en el monte o estar en el monte”, dice César Rendón en entrevista.

Una semana después de que Ana Karen Miranda, César Rendón y Germán Vargas heredaran el proyecto, Cachorra fue demolida. 



“Valió verga. Estamos viviendo los problemas que atraviesa el territorio en Yucatán, y somatizándolo en el arte”, agrega.

Sin embargo, el proyecto siguió. Fue una beca de la Universidad de Stanford lo que permitió que la galería se trasladara a una casa en el mismo barrio de La Plancha. Una casa que había sido casa de otros artistas como Pablo Tut, y la casa donde German Vargas, César Rendón y yo platicamos esa tarde nublada de abril.

En esa azotea siguieron reuniéndose con otros artistas. Recuerdan lo angustiante que era juntarse para hablar de arte y que no pudieran pasar del ¿cómo vamos a pagar esto? Con todo, han logrado detectar ciertas líneas de interés entre la comunidad artística de Yucatán que se desprenden de preguntas sobre la identidad y el territorio. 

“Hay muchas subcategorías relacionadas a la identidad y al espacio en sí. Al final esta estructura sistemática inmobiliaria afecta a toda la región en muchos niveles y deriva en reflexiones más personales”, platican. 

Estirar el varo que viene del norte global

Desde el principio, el proyecto recibió financiamiento a través de becas y fondos artísticos. Con ese dinero dieron el anticipo de la renta de la casa y montaron una exposición sobre la especulación inmobiliaria, el turismo masivo y la devastación. Las piezas eran irónicas como la esencia autocrítica del proyecto: una caguama con una tabla de queso de bola y queso daysi, y un grabado en láser del audio yucateco Estás preso en la cárcel de tu mente, por ejemplo.
 
“Una beca del norte global (como la de Stanford) siempre da como culpa. Sabemos que nuestro modelo crítico se inserta en un sistema que va validando ciertas cosas. Hemos tenido exposiciones que sirven para pagar la renta, becas que tenemos que aceptar para seguir. Lo mínimo que podíamos tener era un pequeño presupuesto para un cierto número de artistas cuya práctica artística fuera pertinente”, explican.

Si el inicio de Cachorra fueron las necesidades de los artistas como parte de la clase trabajadora, ahora la reflexión cuando hay dinero es “hackear lo más posible el recurso para que el beneficio sea más amplio”. Estirar el dinero y distribuirlo entre quienes tienen el interés de desarrollar un pensamiento artístico y cultural. 



“Nosotros lo llamamos cohortería colectiva, una autodeterminación del deseo y facilitar procesos para materializar lo que se quiera hacer. Pero también como segunda fase queremos relacionarnos con el público, pero ese paso no cabe completamente en nuestras manos”, aclara Germán Vargas.

Tienen la intención de que en los proyectos de Cachorra se involucren personas de otras áreas como arqueología e historia. Ellos mismos dicen que además de artistas, tienen otros oficios que podrían parecer antagónicos con el arte como la contaduría o administración, algo que, de hecho, ven como una fortaleza para el proyecto.  

Lo que viene para Cachorra

Ahora están enfocados en fortalecer procesos internos, rearmar su página web, ajustar los cronogramas y trabajar en el archivo. Su meta es establecerse como una incubadora de proyectos, y hacer una editorial enfocada en arte.  

“Esta gente (artistas con dinero) tienen asistentes y muchas cosas. Nosotros hacemos de todo: llegamos cansados, nos ponemos el mejor outfit para nuestra inauguración, nos mamamos y al día siguiente no vendemos nada. Lo que estamos procurando es que este esfuerzo no sea tan precario. Tampoco queremos ser parte de este círculo de hiperproductividad que te hace hacer las cosas solo porque sí”, finalizan.


Edición: Fernando Sierra


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