Jhonny Brea
La Jornada Maya

31 de julio, 2015

¡Dios miiyo! ¡Qué relajo atravesar la Plaza Grande el miércoles! Y eso que las escuelas están de vacaciones y supuestamente hay menos tráfico por todos los que se fueron de “temporada” a Progreso.

Pues sí. Desde temprano agarré mi sabucán y enfilé hacia el Lucas de Gálvez para comprar mi despensa. Ya saben, dedicado a las labores propias de mi sexo. Y no les extrañe verme por ahí. No me tengo la culpa de que en este centro de abasto encuentre productos de la estación, frescos y a buen precio. Como no estoy peleado con mis centavos, [i]soy totalmente Mercado[/i]. Además, se puede uno desayunar un francés de cochinita con La Tía, o un sabrosísimo pan de espelón con atole cuando el dinero está poco.

En fin, parece que la llegada del arzobispo y estos tiempos revueltos justifican tanto dispositivo de seguridad en las calles. Quería dirigirme en diagonal hacia Santiago, pero luego de ver que iba a pasar por detectores de metales y tres retenes; además de que en el primero dos policías se quedaron viendo con ojitos pispiretos el manojo de roatanes que traía en el sabucán, preferí rodear por San Juan hasta llegar a la 72. Lo bueno es que no compré saramuyos. Se habrían aplastado por completo.

Viniendo de familias que hicieron donativos “para la capa del señor presbítero”, festejaban que tal o cual sacerdote “ya no duerme con sotana, ahora con mengana”, donde mi [i]chichí[/i] cantaba unos versos que iban “150 pesos daba una viuda por la sotana vieja del señor cura…”; personalmente lector y admirador de Giovanni Guareschi en la niñez y adolescencia, desemboqué en mal católico. Dicen que cuando iba al catecismo –porque alguna vez fui– le pregunté a la maestra si el pecado capital era de Marx. Total que, a menos que se trate de una novena con buen [i]t’oox[/i] y rezadora de categoría, pocas veces me paro en un templo religioso.

Ya en casa, después de hacer limpieza del refrigerador y guardar la compra, aproveché que los niños y la [i]Xtabay[/i] se fueron, ellos sí, al puerto y saqué del librero [i]Lo que ya pasó y aún vive[/i], de Luis Rosado Vega. Volví a sonreír con el relato del muchacho de 17 años que, sin fondos para seguir a la enamorada hasta Temax, le pide al obispo Crescencio Carrillo y Ancona la enorme suma de 10 pesos “para sus libros” y éste se los da sin esperar devolución, aunque después se enterará de la escapada y llamara al joven a cuentas; sólo para reír con él y ofrecerle cinco pesos, esos sí para sus libros.

Por la tarde, café en mano, recordé cariñosamente una de las anécdotas favoritas de mi abuelo Juan: el día que le tocó entrevistar al recién llegado arzobispo Fernando Ruiz Solórzano. Según nos contaba, entre sonrisas, el periódico en el que trabajaba lo comisionó para ir a la residencia arzobispal a una determinada hora y ahí llegaría el fotógrafo. La plática entre periodista y eclesiástico transcurrió acompañada de copas de coñac –al que, según don Juan Brea, era muy aficionado monseñor. Total que el fotógrafo llegó cuando la botella agonizaba y la placa jamás apareció publicada porque tanto entrevistador como entrevistado reprobaban la prueba del alcoholímetro.

Tal vez deba aclarar que el abuelo Juan, a pesar de su nula devoción católica, solía leerle a su hermana pasajes de la Biblia, la Teología de san Pablo, las obras de san Agustín, entre otras obras de literatura piadosa.
Desperté del ejercicio de la nostalgia, cuando ya me preguntaba qué licor sería bueno llevar de ofrenda si quisiera repetir la experiencia del abuelo, por un inoportuno mensaje de Whatsapp: “Jhonny, ¿te invitaron a la comida en el Libanés?”


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