Verónica Camacho Chávez
La Jornada Maya

30 de abril, 2015

A Carlitos, de 5 años, se le ve junto a su mamá Rosa, quien vende dulces típicos a las puertas de un supermercado en el poniente de Mérida. Siempre está contento y juega abajo de un árbol, donde su mamá coloca la mercancía. Dice que el próximo año irá a la escuela, lo dice con algo de emoción aunque no parece saber bien lo que significa ir a la primaria. Eso no importa, se vuelve hacia su madre y le pide de comer, ella le dice que tendrá que esperar un rato más pues aún no logra juntar suficiente. Carlitos toma su carrito y sigue jugando, no entiende qué es eso del dinero pero sabe esperar, sabe que tarde o temprano llegará el momento esperado. Rosa ha juntado sus ganancias, compra dos tamales y un refresco, ese será su almuerzo hasta cuando regrese a casa con el niño ya en brazos, que se queda dormido muerto de hambre y de cansancio.

Sebastián, de 9 años, regresa feliz a casa este mismo día: han tenido pocas clases, en medio de un Convivio organizado por la escuela para celebrar el Día del Niño. “Nos dieron una hamburguesa con papas –cuenta emocionado- juguetes y una bolsa con dulces” mientras abraza su pelota verde brillante. Sebastián tiene una idea muy clara de la escuela. Dice que le gusta porque juega con sus compañeros, cursa sin mucho trabajo Geografía, aunque Matemáticas le cuesta más. Comenta con una mueca acaramelada que no sabe que será de grande, que por ahora tiene gran interés en ir a su casa, porque mientras llega su mamá del trabajo puede ver caricaturas.

A sus 9 años, Carlitos está todos los fines de semana en los mercados de Santiago o de Santana de Mérida vendiendo pay de queso, flan y rebanadas de pastel. “Me gusta ayudar a mis papás a vender”, dice con una gran sonrisa que le abre los ojos verdes. Estudia la primaria, y con la venta practica las sumas y las restas. Aunque practica también otras cosas, ya que no le da pena acercarse a la gente y ofrecer. A lo lejos, una mujer solitaria sigue todos los movimientos del niño, es su madre con un morral lleno de postres, para que Carlitos tenga cómo surtir a los clientes.

Georgina tiene 8 años, aunque por su aspecto menudo pareciera más pequeña, llega al puesto de con su mamá desde temprano, en los alrededores del mercado Lucas de Gálvez, en el Centro Histórico de Mérida. Dice que hoy no fue a la escuela porque se les hizo tarde y no parece estar muy preocupada, la idea de ver gente y platicar con los de los puestos vecinos es más entretenido. Su desayuno fueron dos panuchos y un refresco, sabe que es el Día del Niño porque varios comercios regalan globos y dulces a los que pasan. “Tengo más hermanos, se quedaron con mi abuelita porque son más pequeños, a veces también me quedo con ella” ¿La escuela? “muy difícil” dice Georgina, que todavía no sabe qué quiere ser de grande pero hoy, en Día del Niño, acomoda la mercancía que le ordenó su mamá.

Los comercios ponen adornos y hacen fiesta para que los padres compren juguetes, dulces o cualquier capricho a quienes mandan en la familia por este día entero. Pero no en todos los hogares pasa igual. Para muchos pequeños, sobre todo en las colonias del sur de Mérida, en las comisarías o los municipios alejados, hoy es un día común: hay que ir al trabajo, a vender o a ayudar, quizás le toque a alguno un globo olvidado, quizás otro se tope un cuenta-cuentos que lo divierta un rato en la calle y otro será felicitado por un cliente mientras vende, y tendrá que llegar tarde a casa, donde no habrá mucho más que ofrecerle en su Día.


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