Al tratarse de una especie controladora de plagas, las lechuzas son vitales aliadas de hombres y mujeres que trabajan en el campo. En ocasiones, se piensa que son portadoras de malos presagios; o que anuncian la muerte. La realidad es que, pese a no estar en peligro de extinción, estos ejemplares contribuyen al bienestar del campo yucateco.  

“En la península, particularmente en el estado de Yucatán, a las lechuzas se les conoce como ‘de campanario’ y en las comunidades la denominan xoo’ch. Se les considera especies residentes de permanencia, así que pueden encontrarse durante todo el año”, explicó la doctora Vanessa Martínez García, directora de la asociación civil Proyecto Santa María.

Acorde a la bióloga, en esta región se les puede observar habitando campos despejados y semidespejados, regularmente en sitios cercanos a estructuras antiguas en los pueblos; y también en zonas arqueológicas. Las buscan desde que no construyen nidos, entonces lo que hacen es encontrar cavidades para resguardarse. 

La Tyto alba -como dicta su nombre científico- no es una especie endémica de la península, sino una ampliamente distribuida en el planeta. De hecho, es una de las clases de aves que se puede observar en los cinco continentes; a excepción de zonas muy frías, o ambientes desérticos. Es un hecho que puede hallarse en prácticamente todo el territorio mexicano.

Las lechuzas son animales solitarios. Únicamente se les puede avistar en pareja durante su época reproductiva: al macho, la hembra y sus crías. Cuando están fuera de esta temporada, además de solitarias, son muy territoriales, explicó la académica; y “no van a permitir que ninguna otra lechuza se encuentre en el mismo lugar”.

Cada región del mundo tiene su especie de xoo’ch en particular; y sus diferencias, aunque mínimas, pueden percibirse en el color de su plumaje, acotó Martínez García, quien además de ser la titular de Proyecto Santa María, tiene un doctorado en Ciencias Naturales.

 

Foto: Proyecto Santa María

 

Tres ratones diarios

Las lechuzas, detalló, se alimentan principalmente de mamíferos pequeños como murciélagos, aunque también pueden consumir insectos e incluso otras aves de tamaño reducido, más del 80 por ciento de su alimentación está basada en roedores.

En cuanto a su función medioambiental, la Dra. Martínez explicó que, por su consumo de roedores, las lechuzas se convierten en agentes controladores de poblaciones de plagas. Pueden llegar a consumir entre 50 y 150 gramos, que equivalen a 3 ratones diarios.

“Entonces si lo multiplicamos por año, consumirían más o menos unos mil; y si lo multiplicamos por el número de ejemplares que puede estar habitando una zona, estamos hablando de un gran número de roedores que se está consumiendo”, advirtió la investigadora.

Es muy poco probable que las Tyto alba tengan predadores naturales, dijo, pero en ocasiones pueden ser “comidos” por otras aves de mayor tamaño como águilas u otros búhos, aunque reiteró que esta es una situación que ocurre casi nunca.

Añadió que las lechuzas no tienen una etapa de reproducción marcada, sino que pueden hacerlo todo el año de contar con el recurso alimenticio y espacial. Así es como pueden procrear de tres a cuatro huevos, que eclosionarán entre 30 y 33 días. 

 

Foto: Proyecto Santa María

 

Estigmas injustificados

Sobre la el estigma que cargan las lechuzas en varias zonas de la península, la Dra. Martínez García lamentó que su comportamiento nocturno sea proclive a darles “cierta desventaja” ante el ojo de los humanos, ya que al ser activas en la penumbra, son consideradas aves de mal agüero. 

En Proyecto Santa María han recibido únicamente ocho reportes a lo largo de su existencia, desde 2017; y cada uno ha sido atendido cabalmente. Siete lechuzas fueron atacadas por pobladores al interior del estado (de Yucatán), de las cuales solo una sobrevivió y fue liberada.

Dicha cifra, sin duda no representa la cantidad de especies de lechuza que son maltratadas a razón de sus hábitos nocturnos y las creencias que las envuelven. Hay gran cantidad de ejemplares que han sido atacados y cuyas historias no llegan a las redes sociales. Se quedan en las comunidades.

“Lo que como humanos podemos hacer para preservar a las Tyto alba, es tan simple como no dañarlas. Cada una tiene una función en el ecosistema en el que se encuentra; y al agredirlas estamos haciendo lo mismo con el entorno que nos rodea”, aseveró.

De continuar con su exterminio, al tratarse de un agente controlador de plagas, aumentaría la población de roedores en las zonas rurales, lo que desencadenaría una serie de daños irreversibles y consecuencias para los campos peninsulares. El exhorto es a que se admiren “de lejitos”, así las cuidamos.

 

Foto: Facebook Yucatán Jay Expeditions

 

Edición: Laura Espejo