Paul Antoine Matos
Rodrigo Díaz Guzmán
La Jornada Maya

26 de febrero, 2016

La historia de la humanidad se define por sus culturas. Sumerios, egipcios, griegos, romanos, chinos, todos ellos fueron las raíces de lo que somos hoy. Los mayas también. Una civilización cuyo corazón aún late entre las ciudades del sureste de México y Centroamérica. Sus venas y arterias recorren el mundo actual, a través de un migrante en las calles de San Francisco, un poeta en Madrid o de un científico en Berlín.

El seis de enero de 1542, los conquistadores españoles decidieron fundar con el nombre de Mérida a la ciudad maya de Ichcaanzihó. El nuevo nombre se otorgó en honor a la ciudad ibérica que alberga anfiteatros y vestigios romanos, monumentos que los europeos compararon con los construidos por los pobladores de Yucatán. En esa ciudad de Ichcaanzihó se presenta la exposición [i]Mayas: El lenguaje de la belleza[/i], en el Museo Regional de Antropología Palacio Cantón.

Son las 189 piezas más bellas del mundo maya mexicano, rescatadas por arqueólogos, que muestran el lenguaje físico de los mayas hace más de 500 años.

La visión del universo, una ideología dividida entre deidades representadas por animales antropoformes, el comercio con otras civilizaciones de América y una división de clases sociales son presentadas a través de esculturas. Esas características del mundo maya se muestran por medio de cicatrices autoinflingidas, deformidades craneales y objetos del uso cotidiano, algunos exclusivos para los más poderosos.

Con esta exposición, el Palacio Cantón parece intentar resarcir una deuda histórica con la población maya. Durante el auge henequenero, los hacendados utilizaron a la comunidad originaria de la región para construir esa casona, producto de las riquezas generadas por el llamado “oro verde”.

Las riquezas se generaron a partir de una esclavitud en el inicio del siglo XX, en la cual los mayas, con manos callosas, elaboraban los textiles que más tarde eran exportados por los empresarios yucatecos.

Las paredes gritan sudor y sangre derramada por los mayas en el henequén. La exposición contrasta con los muros. Se expresa otra forma de utilizar las manos por sus ancestros. Cicatrices autoinflingidas en las mejillas y la frente han sido talladas minuciosamente en pequeñas esculturas, con huesos de animales y piedras. Los escultores cincelaron casi microscópicamente los rostros pétreos de sus gobernantes, para acercarlos a la realidad. La belleza a través de sus ojos eran figuras esculpidas sobre la piel.

Pero el Palacio Cantón y los mayas logran una alianza inimaginable hace un siglo. En palabras de su directora, Giovana Jaspersen García, el recinto permite un “diálogo entre el espacio y la museografía, se genera un ámbito distinto a las ‘cajas blancas’ donde se presenta el arte contemporáneo”.

Esa característica marca una diferencia en la reactivación y captación de públicos del museo, al conjugar una exposición de calidad con piezas destacadas con la arquitectura y la innovación, lo que ha atraído a 50 mil visitantes en seis meses, informó.

“Permite acercarse a los mayas más humanos –destacó-. Hay piezas naturalistas, retratos de las sociedades mayas y los grupos sociales. Se les pone rostro, no sólo a los dignatarios mayas, también se muestran torsos de mujeres embarazadas y las etapas de la vida. Son retratos fieles”.
Ese lugar que enfrentó y hoy une a dos culturas está dividido en cuatro sectores para la exposición. La primera de ellas es el cuerpo como lienzo, que presenta las mutilaciones y perforaciones con los que decoraban su rostro, al igual que los tatuajes prehispánicos. Para esas esculturas autoinflingidas, los mayas permitían que sus heridas se infectaran para que las cicatrices se mantuvieran.
El estrabismo de los ojos y las deformaciones craneales, sumamente valoradas en la sociedad maya, también son parte de las piezas. Las incrustaciones dentales también están presentes, incluso los dos dientes del centro de la boca sobresalen, tras haberse limado los demás.

En la segunda parte, [i]El cuerpo revestido[/i] de los mayas. Vestidos y sandalias rescatadas del cenote sagrado de Chichén Itzá aún se conservan, a pesar de haberse creado con material vegetal.

Las clases sociales se dividen en este espacio: los gobernantes y religiosos muestran en abundancia sus joyas, tocados y ornamentos de piedra verde, algunos de los cuales seguramente fueron importados de los incas, tras el descubrimiento de la UNAM en Chichén Itzá; las clases menores vivían en la austeridad, unas telas que les cubrían su cuerpo.

[i]La contraparte animal[/i]; tortugas, monos, jaguares, serpientes que adquieren formas humanoides para expresar el sentir de los mayas y su religión. Los primates, con sus cinco dedos, eran los escribas para la civilización, las tortugas levantan sobre su caparazón el mundo, los jaguares -con su ferocidad- y las serpientes –con su sigilo– adquieren una dimensión teológica.

El Mundo Maya de México y Centroamérica presenta diferentes visiones del arte. Los mayas de Chichén Itzá construían sus esculturas de una manera ta ndistinta a los de la isla de Jaina, los de Tulum o los de Palenque. Figuras más achatadas, otras más naturalistas, realismo y hasta surrealismo, se contrastaban según la dinastía gobernante en las diferentes ciudades prehispánicas.

La visión cosmogónica se plasma en el interior del Palacio Cantón. Los cuerpos de la divinidad, los Dioses. Kisines (diablos), Chaac (Dios de la lluvia) y Kukulcán, la serpiente emplumada, manifiestan su majestuosidad y omnipotencia entre los muros del museo. Caras verdes, chaac moles y figuras en miniatura representan su religión, desde la creación del mundo, hasta los tres niveles, el cielo, la tierra y el inframundo.

La exposición que ha recorrido el mundo [i]Mayas: el lenguaje de la belleza[/i] muestra lo más hermoso de esa civilización; antes de llegar a Yucatán estuvo en China, con una asistencia de 130 mil personas. El [i]baktún [/i]se acerca a su fin: el 28 de febrero será el último día en que se presente en el museo Palacio Cantón, en la ciudad de Ichcaanziho.


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