El reconocimiento del tercer género en lo indígena y lo religioso

Los hijras, berdache, muxes, chotos y marisoles forman parte de esta comunidad

Gina Fierro
La Jornada Maya

México
Jueves 25 de junio, 2020

En el suplemento cultural El Tlacuache titulado Las fronteras del género y sus grietas, la antropóloga del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), Tania Ramírez Rocha, reflexiona sobre el tercer género, y explica que este término tomó fuerza desde los años 70 para referirse a personas que “cambiaban” el género que poseían según la sociedad, ya sea por su cuerpo u otro elemento; especialmente en regiones consideradas no urbanas o indígenas, fuera del mundo urbano eurocéntrico. Ejemplo de estos grupos son los hijras de la India, los berdache de norteamérica, los muxes de Juchitán, Oaxaca; los chotos de Veracruz y los marisoles de Cuajinicuilapa, Guerrero.

Asimismo, asegura que la religiosidad alejada de los llamados “catolicismos populares” o de otras religiosidades no eurocentradas, ha sido una esfera de valoración social de este sector de la población. Se trata de “una grieta en el sistema que les dota de valor y reconocimiento social”.

Sobre la presencia del tercer género en las sociedades indígenas, Natividad Gutiérrez Chong, del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM plantea una hipótesis que apunta al mundo del que han sido excluidos, “en esa exclusión colectiva el desarrollo del tercer género encuentra menos represión, encuentra más formas de ser aceptado, tolerado, amado”.



En la construcción del género actual existe una gran diversidad de pautas y comportamientos asociados a los cuerpos que la sociedad cataloga de “mujer” o de “hombre”, así lo refiere Ramírez Rocha, quien explica que dentro de este sistema que clasifica a los humanos, prepondera la dualidad, pero también la desigualdad.

Para Gutiérrez Chong, la sexualidad no es sólo biológica, sino que está regulada y construida por la sociedad, la cultura, los valores, la ética, la religión. Así, el panorama binario de sólo hombre-mujer “se está viniendo abajo. Además de que ahora sabemos de otras sociedades en el mundo que también tienen géneros múltiples”.

Hombres que se “visten como mujeres”

Durante un trabajo etnográfico realizado por Ramírez Rocha, del 2007 al 2008, en la región afromexicana de Cuajinicuilapa, Guerrero, la antropóloga encontró que los hombres que se desempeñaban en tareas de mujeres o se “visten como mujeres”, tenían un reconocimiento social y participaban activamente en las festividades religiosas.

Asimismo, resalta que el entorno social de ciertas culturas se reconoce al tercer género por generar ambientes de diversión en las fiestas familiares o entre amigos. Los hombres que escenifican a las mujeres y lo femenino, aparecen en diversos carnavales en México y al mismo tiempo en la vida cotidiana.

Festividades religiosas como la de María Magdalena -en Cuajinicuilapa, Guerrero- permiten ganar escaños en las posiciones de poder, donde los hombres "afeminados" y las mujeres son rezanderos, una profesión que tiene peso a nivel social.

Por su parte, los hijras de la India, encuentran un reconocimiento y valoración social en la festividad religiosa destinada a Bachuhara Mata, que simboliza la dualidad del género o el desplazamiento del género (masculino-femenino) o transexualidad. Los hijras, detalla, también fungen como gurús o guías espirituales, lo cual no los exenta de las condiciones de desigualdad económica, exclusión y violencia.



La hijra Kalawati, entrevistada por Zigor Aldama para su texto publicado en 2013, La extraña dualidad del ‘tercer sexo’ en India, comenta: “Es una extraña dualidad social. Por un lado nos odian, porque somos diferentes, y, por otro, esa diferencia nos eleva al grado de semidiosas. Así que solemos acudir a las ceremonias para hacer ‘puja’ (ritual de origen animista) y desear buena suerte”. Con dicho testimonio, el autor resume las tensiones y contradicciones al interior del género; donde generalmente lo femenino y el hombre feminizado ocupan una posición de desigualdad, apunta Ramírez en El Tlacuache.

Por su parte, el muxe tiene un papel importante dentro del núcleo familiar, así como en las festividades, convirtiéndolo en una pieza clave en la identidad etnosimbólica de los zapotecos. Se trata de un sociedad matriarcal que tiene un especial respeto por la madre; los muxes tienen un papel fundamental en el etnosimbolismo de sus festividades, por ejemplo, la celebración de las velas.



Los muxes “son reconocidos, aceptados, amados por sus familias, hasta puede ser una bendición que haya uno en la familia, porque es quien se ocupará de muchas cosas, se quedará en casa, cuidando de los padres. Es una sociedad matriarcal”, destaca Gutiérrez Chong.

Durante la celebración de las velas, la comunidad muxe porta el huipil, prenda característica de la mujer istmeña, una falda florida, larga, el huipil muy decorado, con flores, abundante joyería de oro tanto en el cuello, en las manos, en los aretes, maquillaje abundante y el trenzado del cabello.

Gutiérrez Chong afirma que cumplen un papel fundamental en las fiestas, en la elaboración de los alimentos y la vestimenta, en los peinados, así como en los maquillajes.

“Tienen un papel fundamental en la reproducción de la zapotequidad contemporánea y creo que esa zapotequidad se ha visto muy beneficiada por el reposicionamiento de los muxes, no es que no estuvieran, sino que ahora están más legitimados, porque la sociedad, el exterior, ha visto ese fenómeno tan interesante de los muxes y se ha ido acercando”.

Lo masculino y una posición privilegiada

La presencia de hombres que se visten con “ropa o accesorios corporales de mujer” o “se feminizan”, realizando labores que se consideran “femeninas” o “propias de las mujeres”, es un fenómeno transcultural registrado desde siglos atrás, nombrado de distintas formas, explica Ramírez Rocha. Su presencia, se halla en registros histórico-arqueológicos desde la región mesoamericana previa al periodo colonial.



Según la investigación de la antropóloga, se tiende a enmarcar el modelo de género contemporáneo, bajo un sistema “patriarcal-capitalista”, ya que de acuerdo con estudios sociales -que abarcan la economía, derecho, religión, deportes, entre otros-, lo masculino o los cuerpos de hombres, generalmente ocupan una posición privilegiada en el sistema de género.

De dicho modelo “patriarcal-capitalista” se construyen las fronteras del género, que dependiendo del escenario cultural, a veces son más rígidas o flexibles, “pero todas ellas están finalmente inscritas en un andamiaje patriarcal propio de la expansión capitalista que trae además consigo otras fronteras que engendran desigualdad como es la etnicidad o ‘racialización’ del cuerpo por color de piel o rasgos corporales, así como las clasistas o etarias (por edad)”.