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Foto: Rodrigo Díaz Guzmán

Si aceptamos -como propusimos en la más reciente entrega- que los aspirantes a abanderados de MORENA por la gubernatura de Yucatán no saltarán a la arena electoral mientras no esté resuelta la sucesión presidencial de AMLO, entonces el escenario es del PAN, con el PRI como telonero o comparsa, en el mejor de los casos. 

En Yucatán el abanderado natural se llama Renán Barrera y el underdog es Liborio Vidal. Cada uno trae sus ideas y mientras uno administra y consolida ventajas, el otro va por la sorpresa y la aspiración de permear. Sin embargo, lo relevante -o entretenido- no es eso. Lo que le llama la atención a Claudianas es el choque de estilos y estrategias, que muestran dos distintas versiones de nuestra entidad, una en plena transición hacia la sociedad que prevalecerá o que llegará a renovarlo todo (para bien o para mal). 

En el mundo contemporáneo, el gran nuevo ingrediente de la política es el sistema de intercambio de divisas entre autoridad y celebridad. Esas dos monedas que hasta hace poco existían en campos sociales claramente separados, ahora -gracias a las redes cibernéticas, el internet y el metaverso (el real, no el de Facebook)- son campos perfectamente comunicados. Celebridad y autoridad son divisas que ahora se pueden intercambiar o convertir ágilmente en una o otra, como pesos a dólares o dólares a pesos. 

Antes la autoridad provenía de un mundo y la celebridad de otro; hoy -en cambio- las celebridades tienen autoridad y las personas con autoridad (si realmente son buenos) deben tener un mínimo halo de celebridad. Es nuestro mundo, nos guste o no, en la tercera década del Siglo XXI. 

Renán arranca en el polo de la autoridad, con el peso de 9 años como alcalde de Mérida (los tendrá al final de este periodo) y apuesta en mucho a reuniones con estructuras, caciques y líderes del poder político territorial en el estado, sin olvidar sus redes y actos de gobierno publicitados. Desde ese polo de autoridad aspira a cimentar la celebridad que le permita ser viable como candidato competitivo. 

Liborio, por su parte, arranca desde el polo de la celebridad, lo importante no son sus cargos, sino él, su perfil, su estilo, su carrera empresarial, su amor por su tierra y sus posiciones políticas en el gobierno estatal, mismas en las que él ha sido más importante que el cargo. Desde el polo de la celebridad, Liborio aspira a obtener la autoridad que le dé el empaque de gobernante. 

Uno de ellos quiere ganar nuestra confianza desde la capacidad administrativa y resiliencia en el gobierno, el otro quiere ganar nuestra empatía mostrándonos que él es uno de nosotros, con capacidad para tomar decisiones complejas. Son dos trayectorias y metodologías distintas. Uno (llevando el argumento al extremo analítico) quiere ganar nuestra confianza con autoridad, el otro aspira a ganar la autoridad con empatía.

La del alcalde meridano es una apuesta a que el electorado yucateco seguirá siendo conservador y mesurado; por tanto, votará por alguien con el que pueden no identificarse del todo en el nivel emocional, pero que es probadamente competente en su esfera especializada de acción. 

El vallisoletano y secretario de Educación, en contraste, apuesta por el nuevo mundo (que no sabemos si ya llegó a tierras yucatecas o si queremos que llegue), donde lo que importa es la afinidad personal con el actor, y una vez construida esa empatía se votará por aquel que sentimos se parece más a nosotros. 

Son mundos aparte, uno de estructuración vertical, el otro de agregación horizontal. Es muy interesante verlos y ver en ellos el mundo del futuro: autoridad como celebridad, confianza desde la empatía, un mundo donde todos sienten poder o uno donde hay iniciados. Lo relevante es que, en la suma de los dos habría una fórmula que cubriría todos los flancos, todos. Ya veremos qué dice la licuadora (de antes) o la thermomix (de ahora) de la política yucateca. 

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Lea, del mismo autor: Et tu, Brute?

Edición: Laura Espejo


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