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Trump y otras monstruosidades

La actual edición de Cannes sigue acumulando estrenos decepcionantes
Foto: Fotograma de película

En lo que ayer me tomé un día de descanso, causó sensación una película que normalmente se vería sólo en funciones de medianoche. The Substance (La sustancia), dirigida por la francesa Coralie Fargeat, es una relectura feminista y voluntariamente grotesca de El retrato de Dorian Grey. Si en la función de prensa entusiasmó a algunos novatos, en la pública enloqueció a los fanboys, quienes la aplaudieron a rabiar durante 11 minutos. El nivel del festival ha sido muy bajo hasta ahora, pero hay gente que no se ha dado cuenta.

Hoy la competencia abrió con The Apprentice (El aprendiz), del iraní nacionalizado danés Ali Abbasi, una biopic de Donald Trump (Sebastian Stan) cuando el magnate empezó a hacer negocios, en los años 70, aconsejado por Roy Cohn (Jeremy Strong), una de las figuras más viles en la historia de la política estadunidense. Según esto, el ahora candidato naranja a la presidencia de su país aprendió de Cohn la ideología básica para volverse un completo hijo de puta. Aunque eso no tiene nada de malo, la película le está predicando a los convertidos. Sólo los detractores de Trump la verán con mucho gusto, seguramente en alguna plataforma digital.

Abbasi llevaba una trayectoria meritoria con Border (2018) y Araña sagrada (2022), ambas estrenadas en Cannes. Ahora ha hecho un producto con todo el estilo de un telefilme de lujo. Hasta sus actores vienen de la televisión de cable y hacen un buen trabajo. Stan encarna a Trump sin exagerar sus manierismos (y antes de que adquiriera rasgos porcinos), mientras Strong sigue interpretando a una persona sin escrúpulos, como lo hizo en la serie Succession.

Quien sigue cosechando decepciones es el canadiense David Cronenberg, después de su fallida Crímenes del futuro (2022). Su última creación, The Shrouds (Los sudarios) comienza de manera promisoria, centrándose en un empresario, Karsh (Vincent Cassel), viudo reciente que inventa una forma de sepulcro en el que se mantiene contacto visual, computarizado, con la muerta, en este caso su llorada esposa Becca (Diane Kruger). Él dirige todo un cementerio de esas características con su compañía GravesTech.

Un día, alguien desacraliza nueve de las tumbas, incluyendo la de Becca. Karsh se dispone a investigar auxiliado por su ex cuñado Maury (Guy Pearce), un tecnonerd resentido, quien estaba casado con Terry, hermana gemela de la difunta. Con esos elementos, Cronenberg se mete en un berenjenal que no puede resolver de manera satisfactoria o coherente.

Pronto Maury les echa la culpa a unos conspiradores chinos. Karsh se hace amante de una coreana ciega, al tiempo que también se acuesta con Terry, a quien le excitan las conspiraciones, cuando descubre que Becca lo engañaba con su oncólogo, un novio de la juventud, quien conservaba las partes amputadas de su cuerpo.

Según ha declarado Cronenberg, The Shrouds fue inspirada por el doloroso deceso de su esposa. Francamente, la señora se merecía mejor homenaje que ese disparate, donde todo se pretende explicar a través de puros diálogos.

A la mitad del camino, este festival de Cannes se proyecta como uno de los peores en años recientes. En el cuadro de calificaciones de la revista Screen, ningún título ha rebasado hasta ahora los 2.6 puntos, siendo el máximo puntaje el de 5.

@walyder

 

Lea, del mismo autor: Nubarrones que amenazan la fiesta

 

Edición: Fernando Sierra


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