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Los últimos días de Gene

Reconoce a Betsy y sabe que, como ella, él igual morirá
Foto: Ap

Se pasea arrastrando los pies en una casa que en ocasiones no reconoce; es un murmullo en pantuflas, un olvido en pijama. Escucha un sonido seco, un golpe —puede ser un objeto que se cayó o un terremoto—. Llega al baño, y la ve en el suelo, junto a una encimera y con un calentador cerca de la cabeza; un bote abierto vomita pastillas.

Todos sus huesos truenan cuando se arrodilla. Le acomoda el cabello, le pide perdón y llora. Un relámpago de lucidez ilumina su memoria, y por un instante reconoce a Betsy y sabe que, como ella, él igual morirá. Mientras la bruma oscurece de nuevo en su mente, se levanta y sale. 

Sólo le bastan unos pasos para olvidarlo todo. Gene comienza a vagar de nuevo, repitiendo una rutina de años. Se dirige, arando en la alfombra todos sus años, a la sala, donde lee las mismas, desgastadas páginas de ayer, y anteayer. Apenas lee las oraciones escritas, éstas vuelan como polillas. 

Tiene hambre, pero no recuerda si ya comió o no; intenta escarbar en sus recuerdos, y eso basta para espantar la necesidad. Tiene sed, pero tampoco recuerda si ya bebió o no. Vuelve a abrir el libro, y lee, como si fuera por primera vez, las mismas páginas de ayer, y anteayer.

Se queda dormido en el sillón; sueña que está en el mar: ve una playa de arenas blancas, salpicada de sombrillas rojas. Se despierta lastrado de orín, y se avergüenza. Quiere ir a la recámara a cambiarse el pantalón, pero a medio camino se desvía y va a la cocina; ahí se sirve un café frío, con pequeños insectos muertos. 

Siente que le hace falta algo; se siente raro. Se rasca los antebrazos y los codos, haciendo saltar costras de angustias pasadas. Comienza a recitar líneas de guiones: primero las susurra, después las grita. Afuera de la casa se escuchan ladridos; él confunde esos sonidos y no logra identificarlos. 

”¡Está bien, Popeye está aquí!”, grita. ”¿Por qué tanta gente tiene que morir por el crimen del siglo? ¿Por qué? ¿Preguntas por qué? ¿Por qué siempre suena el teléfono cuando estás en la bañera?”. “No merezco esto… morir así. Estaba construyendo una casa.” “Nos mataría si tuviera la oportunidad.” “O eres increíblemente inteligente o increíblemente estúpido.”. Llega al baño y la ve.

Todos sus huesos truenan cuando se arrodilla. Le acomoda el cabello, le pide perdón y llora. Un relámpago de lucidez ilumina su memoria, y por un instante reconoce a Betsy y sabe que, como ella, él igual morirá. Mientras la bruma oscurece de nuevo en su mente, se levanta y sale. 

Ve una mesa con un aparato, e intenta comprender qué es y para qué sirve. El óxido de la memoria le regala la voz de su hija, y sonríe; las lágrimas que hace un momento brotaron aún no se secan, pero él ahora está feliz. Tiene hambre, y va a la cocina; saca de la alacena una lata de comida de perro, la abre y se la come.

Afuera ya está oscuro y en silencio; el mismo escenario que en su interior. Comprueba que las puertas están cerradas y apaga las luces, una a una; se acuesta en la cama y se duerme: sólo le basta cerrar los ojos. De nuevo, sueña que está en el mar: ve una playa de arenas blancas, salpicada de sombrillas rojas. En la mañana, no lo despierta la luz, sino los ladridos.

Se levanta con la sensación que le hace falta algo, pero no logra saber qué es. Hace una lista de lo que cree que puede ser —consulta médica, audición, ensayo, taller mecánico, viaje…— pero no logra recordar; el origen de la angustia rápidamente se disipa con la luz que entra por las ventanas. Va al baño y la ve.

Todos sus huesos truenan cuando se arrodilla. Le acomoda el cabello, le pide perdón y llora. Un relámpago de lucidez ilumina su memoria, y por un instante reconoce a Betsy y sabe que, como ella, él igual morirá. Mientras la bruma oscurece de nuevo en su mente, se levanta y sale. 

Baja las escaleras y se sirve en la cocina un café frío, con pequeños insectos muertos. Lee las mismas frases en el desgastado libro que arroja polillas, se duerme —sueña que está en la playa— y se orina. Va al baño y la ve. Y así al día siguiente, y al siguiente, y al siguiente. Afuera, los perros ya no ladran, chillan. 

El último día, Gene es Jimmy Doyle, Lex Luthor, Little Bill Daggett, Harry Caul y el sheriff Red Garnett; es el capitán Frank Ramsey, el reverendo Frank Scott y el entrenador Norman Dale. El último día, Gene es nadie. En la antesala, su corazón deja de latir y se desploma. Pasarán aún varios días para que alguien encuentre su cadáver y el de su esposa, Betsy. 

Lea, del mismo autor: Señores con crestas de aranceles


Edición: Estefanía Cardeña


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