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¿A dónde vas, Camila?

La apneista descendió a las tinieblas del Xibalba para emerger con un récord
Foto: Facebook Camila Jaber

A 86 metros bajo el agua, tus pulmones se encogen, estrujados por las garras de la presión: se reducen a dos manzanas marchitas; hay una oscuridad casi total, de noche sin luna, y los únicos sonidos que se escuchan son el crujir de tus huesos y los latidos de tu corazón. 

Camila Jaber descendió a esas tinieblas líquidas, de tinta, sin tanque de oxígeno, y regresó a la superficie para obtener así un nuevo récord nacional. Fue en el cenote Ucil, cerca de Cenotillo, Yucatán, donde se realizó The Xibalba Freediving Competition. 

Este cenote es uno de los más profundos de la Península; se calcula que su lecho está a 112 metros. Camila descendió una distancia similar a la altura de la Estatua de la Libertad y regresó en 2 minutos con 43 segundos, el tiempo que lleva leer estas líneas, hasta el punto final. 

Fue el segundo viaje que hizo a ese inframundo en dos días consecutivos; en el primero no se le contabilizó el récord por un tecnicismo. Ella ya contaba con la anterior marca, de un metro menor, 85. El entrenamiento para recorrer esos cien centímetros más duró dos años. Y es que no sólo se requieren músculos para acariciar el núcleo de la tierra.

Camila nació rodeada de agua, en Isla del Carmen, Campeche, y de pequeña soñaba con ser sirena; la apneísta realiza sus visitas a los fondos con aletas, deslizándose en aguas que jamás han ronroneado en la piel de otra mujer. Cuando se sumerge a los abismos que se anuncian en cenotes, traspasa bosques milenarios de algas. 

Ahí, poco a poco, todo rastro de vida se va quedando atrás, y el universo se reduce a un abrazo frío y mudo, como el que se da en los funerales. La artillería de oxígeno que se cargó en la frontera de los estados gaseoso y líquido es la única llave con la que, al regreso, se podrá abrir la puerta de la vida. Pequeñas burbujas recorren en sentido inverso la testarudez de Camila. 

El sol, que en la superficie se ensaña con todo ser vivo, se diluye en la profundidad; rayos de luz con formas de finísimas agujas se limitan a mostrar el camino hacia el fondo, pero son incapaces de llegar a él. No importa: Camila sabe que sólo se requiere bajar, y bajar, y bajar. 

La gravedad no basta; la superficie la reclama, furiosa; le jala los cabellos, le atenaza su cola de sirena de fibra de carbono; el instinto más básico, el de sobrevivencia, boicotea sus ganas de ser la primera. No sólo pelea contra las fuerzas de la física; la batalla más dura es contra ella misma. 

Y por eso se ha preparado durante años. Creció en Quintana Roo, donde escuchó por primera vez el llamado de las profundidades. Según anteriores entrevistas, la práctica de la apnea le ayudó en su temprano diagnóstico de déficit de atención e hiperactividad; ahí encontró su refugio. Dejó de practicar sólo durante unos años estos descensos, cuando estudió en la aridez de Nuevo León.

Durante la pandemia, con la esperanza encarcelada, retomó sus entrenamientos; primero recorriendo las habitaciones de su casa conteniendo la respiración: buceaba en un mundo a la deriva para no naufragar. Cuando descampó, regresó de lleno a la nada, a veces azul, a veces negra. 

En esas profundidades el agua no sacia ni limpia; no refresca. Es un estado hostil, que rompe tímpanos y te provoca alucinaciones. El sutil descenso de Camila sirve de pasaporte y para acompasar una coreografía en la que participan desde los poderosos y tensos bíceps e isquiotibiales a los mínimos transverso y alar. 

Pequeños seres bioluminiscentes creados por la misma química de los sueños pueden aparecerse en esa caída que parece no tener sentido; muchos otros apneístas han experimentado blackouts o alucinaciones. Es una práctica peligrosa, que se ha cobrado víctimas. Las recurrentes idas y venidas de Camila nos hacen pensar que vale la pena el riesgo. 

Es que allá abajo, en el reino de la soledad, sólo puedes encontrarte contigo mismo. Es en ese silencio donde escuchas lo que el ruido de la superficie te arrebata. Ahí, allá, en la más negra de la noche, ves. Sólo así se comprende la temeridad de hombres y mujeres como Gagarin y Camila, viajeros que dejan atrás miles de gritos que les preguntan a dónde van.
 

Edición: Fernando Sierra


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