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Cargamos con nuestras guerras, nuestras canciones de cuna, nuestro rumbo hecho de versos, de migraciones, de hambrunas. Y así ha sido desde siempre, desde el infinito…
— Jorge Drexler

¿Cómo narrar el desgarro, el secreto familiar, la ruptura de una sociedad, la anomia producida por la guerra, el duelo infinito a cuestas, la separación forzada? ¿De qué forma se sostiene la memoria a través de los años, por qué importa, quién la cuida y de qué sirve revelarla? Estas y muchas otras preguntas se han hecho Jorge Moreno y Julián López, antropólogos de la UNED, a lo largo de más de una década de investigación sobre la guerra civil española y el subsecuente exilio que hizo, que entre 1939 y 1942,  más de veinte mil españoles llegaran a nuestro país.

El cuerpo errante. Exilio español 1939-1975, es la exposición que se presenta en dos salas de la Casa de América en Madrid donde Moreno y López convocan, a través de un emotivo recorrido, a dialogar con objetos, imágenes, documentos, grabaciones y audiovisuales que atestiguan las calamidades producidas por una guerra. Sin duda, hago de ella una lectura desde mi condición como mexicana, antropóloga y, desde mi propia historia familiar que, sin ser parte del exilio aquí narrado, cuenta con sus propias capas de exilios –interiores y exteriores– que me llevan a construir puentes. 

Un compendio de cartas pende del techo. La relación de 40 años de intercambio epistolar entre una madre y su hijo son mil 500 ventanas de palabras que cada uno abre para el otro a modo de no perder la hebra que los vincula.  Cientos de postales turísticas que remiten a la idea de viaje, placer y diversión, pero que son en realidad pruebas de vida que los que huyeron, escaparon o son perseguidos envían a sus familiares como estrategia para comunicar que continúan vivos. 

A lo largo del recorrido, nos hacemos conscientes de que los que se quedaron y los que marcharon son a la vez presencia y ausencia constante en cada mesa familiar, en cada charla sostenida por miles de familias quebradas en su núcleo que habita ahora dos territorios, dos husos horarios, dos mundos. Pero la fuerza de atracción de aquel núcleo busca siempre integrar lo que se desprende y son los cuerpos (de ambos lados) los que se valen de la creatividad para mantener la unión a pesar de un Atlántico que se ensancha. Casetes de zarzuela, juguetes, libros y fotografías viajan por mar. Unas cuantas nos muestran niños y niñas vestidos con trajes tradicionales de aquí y de allá retratando la novedad de lo que se llega a ser y la nostalgia de lo que se dejó del otro lado como parte del exilio. Entonces mantillas responden a rebozos, charras a chulapas; peinetas a trenzas.

Una sala nos sorprende con pequeños armarios de madera colgados del muro que como cajas de pandora pueden abrirse para revelar lo que por muchos años se mantuvo oculto. Así vemos cartas escritas en sábanas, unas piedras manchadas con sangre y cosidas a un delantal, una foto zurcida, diarios, o la medalla que permitió reconocer el cuerpo del hermano de Cecilia. Pequeños objetos que encapsulan los relatos que han moldeado a un sinfín de familias en ambos lados del planeta. 

El paso del tiempo y el cotidiano en el lugar de llegada implican no solo imaginar, sino implementar una nueva vida, construir una casa, habitarla, hacer de ella el nuevo hogar, una morada de cobijo donde la mesa comienza a oler a maíz, pero una alacena guarda con recelo la botella de aceite de oliva. Y así, después de oír el testimonio de seis mujeres que nos hablan quedo al oído, una sala nos conduce al desván, a los desvanes del exilio, donde lo perdido y lo encontrado se atesoran dando cuenta de la alteridad impresa en cada cuerpo que ha pasado por este trance.

Esta exposición se cuenta en España, pero para hacerlo mira hacia México. Se alimenta de los intersticios, del viaje, de la partida y de la vuelta anhelada: ese tornaviaje que, muchas veces, no alcanzó a llegar hasta los nietos. Porque, sin decirlo de manera explícita, aquí también se habla de ciclos, de círculos que, giro tras giro, envuelven los verbos del desplazamiento: ir, venir, volver, llegar, regresar, en todos sus tiempos y en todos sus espacios.

Pero esta historia también puede contarse desde México y volver la mirada a España, con lecturas otras que interpelan nuestra memoria, nuestro ser y nuestros cuerpos. Cuerpos que también han sido errantes, atravesados por violencias que pasaron y –siguen pasando– por ellos. 

Como bien dice la cédula inicial, “esta exposición invita a los visitantes a reconocer una memoria que no pertenece solo a los exiliados, sino al territorio común donde aún resuenan sus ausencias y retornos. Para ello, tendrán que desvelar secretos, transitar fronteras, abrir armarios, cruzar habitaciones, atravesar correspondencias y seguir el canto de una voz que ilumina los cuerpos errantes: aquellos objetos, cartas o imágenes que contienen en sus formas la tensión de estar muy lejos y, al mismo tiempo, muy cerca; pequeñas cosas que conservan en sus desgastes el esfuerzo por mantener vivo un mundo afectivo e ideológico condenado al destierro”.

Una exposición que, al recuperar la memoria, suma su pequeño pero necesario gesto al esfuerzo colectivo de recordar para no repetir, de sanar lo que dolió y de abrir una grieta de esperanza que nos permita imaginar y construir una vida más justa, más habitable y más humana para todos.

La exposición se puede visitar en Casa de América en Madrid del 17 de diciembre del 2025 al 14 de febrero del 2026 y ojalá muy pronto en alguna ciudad de nuestro país.

María del Carmen Castillo Cisneros es profesora investigadora en Antropología Social del Centro INAH Yucatán y coordinadora editorial de esta columna.


Edición: Fernando Sierra


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