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Bancarrota hidrológica

En búsqueda de políticas integrales y ''glocales''
Foto: Ap

La Organización de las Naciones Unidas ha aseverado que el mundo se encuentra ante una “bancarrota hidrológica”. Si es que acaban de caer en la cuenta de que la humanidad – no el planeta – atraviesa por una crisis hidrológica, ya se les hizo tarde: centenares de voces se han manifestado en este sentido, desde hace años, al menso desde que, en 1995, Ismael Serageldin, entonces vicepresidente del Banco Mundial, dije que “las guerras del próximo siglo serán por el agua”; y si es que se trataba de agudizar la conciencia de la humanidad en cuanto a nuestra relación con el agua, el aserto es desafortunado: el agua no es un capital depositado en una caja de caudales, que se cambia por otra cosa y deja de existir como medio de cambio, con un valor simbólico. Vista como un todo integrado, el agua se encuentra en la atmósfera, los océanos, el subsuelo, los cuerpos de agua dulce o salobre (ríos, lagos y humedales), en la cima de las montañas más altas como nieve, o congelada, como en los casquetes polares y los glaciares. También forma parte importante de la biosfera propiamente dicha, y pasa una porción de sus ciclos como componente fundamental de los seres vivos. Está ahí, se mueve, cambia de sitio, estado y composición, pero no se pierde simplemente.

Lo que sí ha disminuido de manera importante es la accesibilidad al agua, en unas partes del mundo más que en otras. Contar con agua asequible, en la cantidad apropiada, de buena calidad química y biológica; y con oportunidad más allá de las variaciones meteorológicas (es decir, contar con agua independientemente de la época del año) resulta cada vez más difícil. A esto habría que añadir el hecho de que cada vez resulta más frecuente que el agua atmosférica se distribuya de maneras no acostumbradas en tiempo ni en cantidad, de modo que su precipitación resulta catastrófica, en forma de huracanes, lluvias torrenciales, granizadas violentas, tormentas de nieve y depresiones aisladas en niveles altos (DANAs, como la de Valencia, en España). Para remate, cuando no se precipita el agua en demasía, ocasionando inundaciones, deslaves o deslizamientos, deja de hacerlo y sobrevienen temporadas – a veces muy prolongadas – de sequías que traen consigo pérdidas de cosechas y ganados, hambrunas y desplazamientos de población.

A riesgo de parecer que simplifico demasiado, las causas más importantes que dan cuenta de la pérdida de accesibilidad de agua tienen que ver con la distribución de la enorme población (y las inequidades entre las naciones ,los pueblos y las personas), la mala gestión de la apropiación del agua (incluyendo el desperdicio con que algunas actividades, como las agropecuarias, la llevan a cabo), el deterioro de la calidad del agua debido a la disposición inadecuada de los residuos de las actividades humanas, la deforestación y devastación de las áreas forestales en las cuencas hidrográficas y el cambio climático global, ocasionado también por las actividades humanas que deterioran los ecosistemas y emiten a la atmósfera cantidades inmanejables de gases de efecto invernadero.

No se trata entonces de buscar simplemente fuentes adicionales de agua dulce, erigir infraestructura para la captación de agua de lluvia o desalar el agua de los océanos. Quizá tampoco se trata únicamente de tratar el agua servida para hacerla de nuevo potable, o apta para actividades industriales o agropecuarias, y reutilizarla.

La solución convencional al problema de la disponibilidad de agua parece consistir en aventarle más dinero al asunto, más cemento y acero, más ingeniería y más tecnología. Me parece que merecería la pena hacer una lectura diferente del asunto, y buscar soluciones, no solamente basadas en la naturaleza, sino basadas en la organización social, las conductas y la educación. Sugeriría de entrada revisar de nuevo el trabajo realizado en la materia por Elinor Ostrom; pero también resulta importante revisar de nuevo el marco jurídico en materia de agua, evaluar el impacto de la utilización de las vías fluviales para la generación de energía, fortalecer los organismos de cuenca y reconsiderar el papel de los gobiernos subnacionales en la gestión de los recursos hídricos.

De 1995 a la fecha, la gestión hidrológica en nuestro país, a través de la Comisión Nacional del Agua, ha estado sectorizada en el sector ambiental. Esto, a primera vista, responde a una visión integradora y sistémica. Pocos discutirían su sensatez. Sin embargo, lo cierto es que ha continuado siendo un coto de poder de los ingenieros civiles e hidráulicos, y su visión domina en los procesos de toma de decisiones, asistida por un sesgo presupuestario significativo (en el “pastel” del presupuesto para la política ambiental, la “tajada” del sector hidráulico sigue siendo comparativamente mayor al de las otras áreas del sector) Así las cosas, la opinión de los expertos en el medio ambiente resulta considerarse una suerte de prédica ingenua, y las consideraciones de residentes locales, pequeños propietarios, pueblos indígenas y autoridades subnacionales parecen no tener mayor peso, en virtud de que no entrañan necesariamente obras onerosas o políticamente tentadoras.

Habría que pensar en una política hídrica más “glocal”, que reconociendo el carácter global de los ciclos del agua y su relación con el clima, promoviera la restauración y manejo de las cuencas a nivel local, desde comunitario a municipal y estatal; así como poner énfasis en reducir el dispendio del recurso implícito en sistemas de riego ineficientes (frecuentemente usados para la producción de monocultivos comerciales) y el crecimiento desordenado de las ciudades. En este último punto, Mérida ofrece un ejemplo más que claro del curso que no se debiera seguir.

Lea, del mismo autor: Agua

Edición: Fernando Sierra


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