Opinión
Francisco Guerra Martínez
28/01/2026 | Mérida, Yucatán
La revolución ha comenzado. Tenemos suerte, nos tocó vivir la transformación de las comunicaciones encabezada por internet. Ahora transitamos por una etapa de cambio donde las tecnologías favorecen la innovación y aumentan la productividad. Sin embargo, tenemos la responsabilidad de preparar los cimientos para regular los cambios civilizatorios orquestados por la tecnología. ¿Hacia dónde queremos dirigirnos como humanidad? ¿Existe un plan? Deberíamos estar ocupados en ello.
Iniciemos por el principio. La inteligencia artificial o IA es un sistema que imita la inteligencia humana y permite realizar actividades específicas. Un tipo de IA que se ha vuelto muy popular corresponde a los modelos de lenguaje grandes (LLM) donde destacan Gemini, ChatGPT, DeepSeek, Copilot, Colab ―entrenados con cantidades masivas de información―. De estos modelos emana la IA generativa que se enfoca en la creación de contenido nuevo a partir de enormes bancos de información e instrucciones, mejor conocidas como prompts, proporcionadas por el usuario. La IA generativa se ha popularizado para tareas tan creativas que permitan generar, desde ideas o productos de innovación visual y conceptual, hasta cosas tan ociosas como un debate existencial entre un calcetín perdido en la lavadora y una tostadora que se cree Dios ―cosa que increíblemente, o no, se hizo viral―.
Una de las máximas de François de La Rochefoucauld en el siglo XVII que se adapta al contexto actual dice: “No basta con tener grandes cualidades, es preciso saber emplearlas bien”. Hay un potencial inmenso, pero es nuestra obligación aprender a usar las herramientas con criterio. Como humanidad nos encontramos en un punto de inflexión histórico. El desarrollo tecnológico nos está rebasando y sus alcances pueden ser insospechados. No tenemos muchas opciones, debemos “tomar al toro por los cuernos” y enfrentar el cambio tecnológico. Cada actividad y gremio debe poner cara y regular su interacción con la IA para tomar el control. Ya lo dice un sabio refrán popular: “camarón que se duerme se lo lleva la corriente”.
La IA debe ser empleada como herramienta paso a paso, no como un recurso todo en uno. La experiencia humana debe supervisar y verificar cada uno de los pasos del proceso a desarrollar. Confiar ciegamente en lo que produce la IA, por mejor que parezca, implica estar sujetos a sus alucinaciones ―información falsa o inventada pasada por verdad generada mediante IA―, al “canto de las sirenas”, pues la IA dirá lo que queremos escuchar para satisfacer la curiosidad humana.
Hay que aprender a usar la IA, hay que acelerar la alfabetización técnica. Debemos promover la formación de un pensamiento analítico y crítico en las infancias ―frente a sus videos de Youtube―, en las juventudes ―frente al exceso de solicitudes para sus tareas― y en la humanidad en general ―para enfrentar lo cotidiano generado con IA―. De lo contrario, como lo adelanta el consorcio de seguridad digital Gen Threat Labs, aumentará la exposición a deepfakes ―contenido falso generado mediante IA―, seremos vulnerables al bucle de retroalimentación negativa de IA con hechos tergiversados ―pues los modelos se entrenan con el propio contenido falso, que se apropia como correcto, generado por otra IA― y fácilmente seremos blanco de estafas basadas en nuestras propias emociones.
Entonces, ¿cómo debemos enfrentar la nueva realidad promovida por la IA con el menor impacto? En 1905 el filósofo español George Santayana escribió: “Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo”. Pero ¿qué tiene que ver el pasado con las estrategias actuales para enfrentar la nueva realidad? ¡Pues mucho! Históricamente la humanidad ha transitado por escenarios disruptivos propiciados por nuevas tecnologías o modos de pensamiento que replantearon las formas de vida a nivel mundial y favorecieron una revolución civilizatoria. Hoy nos encontramos en una de ellas y no suena descabellado rescatar las experiencias de revoluciones previas ―agrícola, de la imprenta, industrial, científica, de la información― para encontrar paralelismos que guíen nuestro andar.
Por ejemplo, la agricultura cambió el modo de vida y aseguró los alimentos, pero fue necesario generar formas de organización de la propiedad para reducir brechas y evitar crear élites de control. La imprenta facilitó el acceso a la información, pero las sociedades desarrollaron instituciones y mecanismos para discernir entre veracidad y propaganda manipuladora. La revolución industrial aumentó la producción reduciendo el esfuerzo físico ―desaparecieron empleos―, pero aparecieron nuevos oficios y profesiones, así como leyes laborales y sistemas educativos para fortalecer la nueva estructura. Las tecnologías de la información y comunicación han conectado el mundo en tiempo real y transformado nuestro entorno, pero han quebrantado la privacidad y modificado las formas de relacionarnos, lo que ha requerido, y aún necesita, regulaciones éticas y legales.
La pregunta sigue siendo la misma, ¿cómo gestionar la transición para evitar ser arrastrados sin rumbo? Les invito a la reflexión, al desarrollo del pensamiento analítico y crítico. Pueden iniciar cuestionando si quien escribe es un LLM o un humano más que funciona con cafeína.
Profesor de la Escuela Nacional de Estudios Superiores (ENES) Mérida, Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).
Edición: Fernando Sierra