Opinión
Harlen Tzuc Salinas
28/01/2026 | Mérida, Yucatán
La Nueva Escuela Mexicana (NEM) reconoce el papel fundamental de la familia en los procesos de socialización, comunicación y en los primeros aprendizajes de niñas y niños.
Esta perspectiva coloca la relación entre docentes y familias como un eje central del modelo educativo nacional.
El propósito es promover una participación familiar activa, que vaya más allá de asistir a reuniones, cumplir en la entrega de materiales o a firmar boletas. Se busca que las familias tengan voz y capacidad de incidencia en los proyectos, dinámicas y decisiones escolares.
Si bien el enfoque de la NEM se centra en el principio de corresponsabilidad, plantea una interrogante clave ¿existen realmente la voluntad y la capacidad de las familias para participar, y el interés del personal docente para integrarlas?
De acuerdo con especialistas, persiste un distanciamiento funcional entre familias y escuelas. Las primeras suelen delegar completamente la formación de sus hijos e hijas al profesorado, mientras que las y los docentes se conducen de forma informativa y directiva, ambas partes limitan su relación al mínimo necesario.
La desconexión entre escuela y familias es un factor relevante en la exclusión educativa de poblaciones marginadas históricamente. Investigaciones en México relacionan de forma positiva el logro escolar con el nivel socioeconómico y el capital cultural de las familias, identificando que la mayor deserción escolar proviene de hogares con bajos recursos.
Cuando las familias se encuentran en condiciones de subsistencia, a menudo se ven obligadas a integrar a todos sus miembros al trabajo -incluidos niños y niñas- en el campo, en labores domésticas o en el cuidado de sus hermanos y hermanas menores. Estas circunstancias, sumadas a otros factores, reducen su posibilidad de asistir regularmente a
la escuela y generan bajas expectativas educativas dentro del entorno familiar.
Frente a esta realidad, el Modelo de educación comunitaria basado en la Relación Tutora del Consejo Nacional de Fomento Educativo (CONAFE), ofrece una alternativa para repensar cómo la escuela puede propiciar un mayor involucramiento familiar. La relación tutora puede entenderse como un diálogo intencionado entre tutor o tutora y aprendiz en torno a un tema de interés compartido. Este vínculo se caracteriza por su horizontalidad, los roles pueden intercambiarse: las y los estudiantes aprenden como también tutoran a sus pares, a estudiantes de grados superiores, a familiares e incluso a docentes y visitantes.
Estudios sobre esta práctica pedagógica han identificado momentos en los que las familias se integran de manera orgánica y voluntaria. Padres y madres apoyan a sus hijas e hijos en la preparación de los temas que compartirán en tutoría, o colaboran en sus ensayos para demostrar públicamente lo aprendido -actividad de cierre de la tutoría. Esta
participación activa favorece mejoras en las prácticas de apoyo parental y despierta el interés familiar por los conocimientos que las y los estudiantes les comparten. Las demostraciones públicas representan valiosos espacios de diálogo comunitario e intergeneracional, donde se comparten saberes entre alumnado, docentes y familias. En estos encuentros, se fortalecen la confianza y la comunicación. Las familias redescubren las capacidades de sus infantes, se llenan de orgullo y revaloran la función social de la escuela.
La Relación Tutora implementada en escuelas comunitarias tiene un potencial demostrado para transformar las formas tradicionales de enseñanza y generar nuevas dinámicas relacionales que trascienden el aula. En este sentido, aporta una ruta viable hacia el reencuentro entre familias y escuela, sustentado en la empatía, el reconocimiento mutuo y el diálogo abierto y solidario que promueve la política educativa actual.
*Posdoctorante SECIHTI
Edición: Fernando Sierra