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Murciélagos

El rol que juegan estos mamíferos es crucial; urge reconocer su importancia
Foto: UNAM / Archivo

Vlad Dracul no fue un vampiro. Fue un noble guerrero nacido en Transilvania que defendió el principado de Valaquia evitando la invasión de los turcos hacia Rumania. Hoy lo consideraríamos intolerablemente sanguinario (más o menos como los actuales capos del crimen organizado), porque empalaba a sus prisioneros y los colocaba como bonitos anuncios de advertencia en las vías de acceso a sus dominios: “Aquí no son bienvenidos los inmigrantes”, como una especie de ICE un poco más brutal. Después, en el siglo XIX y con espíritu romántico e imperialista, Bram Stoker nos regaló su novelón de Drácula. No fue la primera historia de monstruos hematófagos de la literatura universal. Los hay en las Mil y Una Noches y en otros poemas y cuentos, como La Belle Dame Sans Merci, de Keats, o Christabel, de Coleridge; pero lo que sí hizo fue asociar la figura del demoníaco chupador de sangre a la de los murciélagos hematófagos, y lo hizo de tal manera que, siglos después, nos parece imposible deshacernos de la idea de que, si nos chupa el vampiro, podemos convertirnos en una suerte de “no muerto”, obligado a alimentarse de la sangre de otro. Hasta figuras tan populares como El Santo (ver, si no, El Santo y el Tesoro de Drácula) compraron esta narrativa y contribuyeron a generalizarla, convirtiéndola en el estigma que acompaña a todas las especies de murciélagos, se alimentan de lo que se alimenten.

Hace unos días, una persona murió, por lo visto, tras contraer el virus de rabia, que rara vez infecta a humanos, pero cuando lo hace, suele resultar letal. Todo indica que fue mordido por un murciélago vampiro (Desmodus rotundus) de los que suelen morder a las reses en áreas de nuestro trópico. El caos fue anunciado por el alcalde de Jesús Carranza, Veracruz, MVZ Ranferi Plata Rodríguez. La trayectoria profesional del edil, que trabajó durante años en temas de sanidad animal, presta verosimilitud al asunto. Pero lo que resulta desmedido es pensar que el caso debe desatar una campaña de exterminio de murciélagos, cegando o intoxicando las cuevas donde suelen refugiarse. Sólo unas cuantas especies de murciélagos de las muchas que hay en nuestro país se alimentan de sangre; y rara vez recurren a la de humanos. Prefieren morder al ganado bovino, y en efecto significan pérdidas considerables para la producción pecuaria tropical. Pero la mayoría de las especies de murciélagos son insectívoras y frugívoras. Muchas son polinizadoras y contribuyen a mantener la biodiversidad vegetal en los ecosistemas terrestres nacionales; otras, al alimentarse de frutos, dispersan semillas y ayudan a la distribución de otras especies vegetales, y buena parte de las insectívoras controlan las poblaciones de insectos que, de otra manera, se convertirían en plagas para la agricultura, o en problemas de salud pública para la población humana.

Todo esto lo explica con mucha más solvencia y autoridad que quien esto escribe, el doctor Rodrigo Medellín, del Instituto de Ecología de la Universidad Nacional Autónoma de México. Por su tenaz dedicación al conocimiento y conservación de los murciélagos, hay quienes le han endilgado el mote de “el batman mexicano”. Aunque el apodo puede traducirse como “el hombre de los murciélagos”, el hecho de que se le asocie con una figura de acción que combate al crimen organizado en una ciudad mítica, genera un equívoco: el doctor no combate a ningún delincuente, sino que dedica esfuerzos loables a proteger a un valioso grupo de mamíferos, víctimas de una inmerecida mala fama. Necesitamos a los murciélagos. Forman parte de las redes que sostienen los ecosistemas que nos permiten vivir y desarrollarnos. Porque hay murciélagos es que podemos producir mezcales y pitahayas, porque son estos animales quienes polinizan los agaves y cactus que las producen. Contribuyen además como polinizadores a que subsistan las bellezas naturales que salpican los paisajes nacionales, contribuyendo a la reproducción de varias especies de cactáceas columnares y de árboles tan cargados de contenido cultural como la ceiba, o de plantas de ornato como los floripondios. Su probado papel como agentes capaces de colaborar al control de plagas ha impulsado a los investigadores de la UNAM a experimentar con “casas” para murciélagos insectívoros, que se colocan cerca de los cultivos, al menos en algunos sitios del estado de Morelos.

Mientras tanto, sigue imperando la idea de que habría que exterminarlos, como si se tratara de una plaga, o una amenaza. Urge reconocer que necesitamos de la existencia de poblaciones saludables de murciélagos, en toda su diversidad de especies. Debería evitarse toda acción que deteriore su hábitat, como la construcción de obras públicas o privadas sin considerar su impacto ambiental. Habría que promover activamente el aprecio por estos animales, no solamente porque forman parte del rico patrimonio natural de la nación, sino porque su presencia significa la disponibilidad de herramientas basadas en la naturaleza para consolidar el desarrollo agrícola y la conservación de los ecosistemas. Antes de tomar decisiones de política pública, o de inversión privada, que puedan afectar la supervivencia de alguna especie de flora o fauna parte de nuestra biodiversidad, habría que consultar con biólogos y ecólogos, que los hay, y muy buenos, en todas las entidades de México. No se trata de un gremio recluido en los pasillos de la academia. Se trata de un grupo social que puede y debe aportar un robusto saber cada vez más pertinente para mejorar las condiciones socioeconómicas de México. Los murciélagos, como las abejas, deberían convertirse en estandarte para la búsqueda de soluciones basadas en la naturaleza para afrontar los retos que encara hoy el desarrollo nacional.

Lea, del mismo autor: Bancarrota hidrológica

Edición: Fernando Sierra


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