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Un circo de dos pistas

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Foto: Facebook Adán Augusto López Hernández

Primera: A cada santo le llega su capillita.

Dicen que en política lo que parece, es. Y lo que estamos viendo en el Senado no requiere de anteojos ni de interpretaciones rebuscadas. "A cada santo le llega su capillita", dijo alguna vez el propio senador, y a él también finalmente le llegó la suya. Se va... pero se queda.

No hay forma de defender lo indefendible, por más que algunos articulistas intenten darle una lectura "estratégica" a su renuncia a la presidencia de la bancada. Como bien decía el gran Juan Gabriel: "Lo que se ve, no se juzga". La llegada de Ignacio Mier para relevarlo —aquel que buscó sin éxito el gobierno de Puebla— no es una casualidad, es un mensaje. En el tablero del poder nada es fortuito; estamos ante un cambio de rumbo en la visión del Senado. Pese a que Adán Augusto ejecutó maniobras que incluso llevaron a la bancada morenista a tener una mayoría calificada, tras los escándalos no aclarados ni solventados en lo político y lo legal, todo parece indicar un "destierro político light".

La narrativa del senador y la oficial es casi cómica: dicen que ahora se encargará del "proselitismo de tierra" de cara a la elección del 27. ¿En serio? ¿Un suicidio político por voluntad propia? Resulta difícil creer que un personaje con tal desgaste de imagen y cuestionada autoridad moral saldrá a las calles a buscar votos o a tejer acuerdos regionales. ¿Con qué cara? ¿Con qué legitimidad?

La realidad es más cínica: Adán se va, pero mantiene el fuero. Ese escudo protector que lo mantiene lejos de la FGR, donde las carpetas de investigación parecen dormir a pesar de las cientos de denuncias en su contra. Es una jugada para retirarse de los reflectores y no seguir ensuciando la marca, operando desde las sombras hasta que el olvido lo exonere de lo que no ha podido aclarar. Ahora, otra facción, la de Ignacio Mier, tendrá que sacar las iniciativas de la presidencia adelante. Entra otro viejo operador político con imagen más limpia y de la mano de la Presidenta.

Segunda: El asedio y la credibilidad 

Mientras en casa se acomodan las piezas, en el exterior el panorama se complica. Donald Trump ha soltado una bomba que contradice directamente a la Presidenta: asegura que él pidió que no se enviara petróleo a Cuba y México aceptó. Antes de saber qué es verdad o mentira, la isla ya no recibe crudo de Venezuela ni de México. Aunque Rusia reitera su apoyo, el régimen del socialismo americano está siendo ahogado por la mano de Trump. Parece que todo es cuestión de tiempo.

La población en Cuba vive un asedio tremendo: dos horas de energía eléctrica al día, sin gas ni gasolina, y con alimentos que escasean aún más. La acción política obliga a México a replegarse por conveniencia propia ante la amenaza contundente de aranceles y la negociación en puerta del T-MEC. En ese contexto, el descrédito a la palabra presidencial es un disparo a quemarropa; todo indica que Trump busca tanto derribar a Díaz-Canel como minar la credibilidad de la 4T más allá de la figura presidencial.

El debate público en México se polariza nuevamente en la disyuntiva: ayudar o no a un pueblo que perece, o si con el apoyo del petróleo se cimenta al dictador. Quizá por eso, la estrategia de comunicación desde Palacio Nacional titubea, es un paliativo: por lo pronto, lo que se planea es "ayuda humanitaria". Sin embargo, en este juego de espejos, la credibilidad está bajo fuego. Como lo habíamos analizado, la oficina de comunicación gubernamental debe redefinirse ante el juego del vecino. La crisis en la isla es real, pero la crisis de transparencia en nuestra política exterior también lo es.

Hasta que no se opere un mensaje directo y de fondo en favor de la verdad, seguiremos viendo estos "enroques" como maquillaje para ocultar el desgaste. Mientras, Trump también enfrenta un desgaste interno por las acciones del ICE, y tendrá durante el Super Bowl una crítica contundente a su "terror orquestado". La isla ve correr el reloj que marcará el fin de una ideología, más por hambre que por convicción.


Paso de gato

Campeche está en la mira y el choque interno está consumado. El estilo de Layda Sansores ha dejado varias víctimas: el rector Jorge Alberto Abud, el periodista Jorge Luis González y ahora el legislador Antonio Jiménez, líder de la bancada morenista, quien se opuso a la contratación de deuda por mil millones de pesos propuesta por la gobernadora. Tres perseguidos por la justicia y la política son el cóctel perfecto que revienta al morenismo cuando hay elección el año que entra.  O Layda perdió la brújula o alguien mece la cuna.



Edición: Fernando Sierra


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