Opinión
Miguel Cocom
02/03/2026 | Mérida, Yucatán
Hay vidas que se cuentan en fechas y cargos, y otras que se miden en generaciones. La de la maestra Nelly Rosa Montes de Oca y Sabido (1930-2025) pertenece, sin duda, a las segundas. Durante más de medio siglo, su nombre se volvió sinónimo de normalismo prescolar en Yucatán, de vocación temprana, de disciplina institucional y de una fe inquebrantable en la educación pública como herramienta de transformación social.
Nacida el 17 de agosto de 1930 en Ticul, en una época en que las opciones profesionales para las mujeres eran limitadas, encontró en la Escuela Normal Rodolfo Menéndez de la Peña una puerta abierta al futuro. Ella misma recordaba que en los años cuarenta “las jóvenes que aspirábamos a cursar una carrera teníamos únicamente dos opciones: la Normal o alguna academia comercial, porque la universidad estaba casi vetada para la mujer”. Pero en su caso no hubo duda: desde la secundaria había decidido que sería maestra, inspirada por su profesora de Gramática y Literatura Española, Raquel Dzib Cicero, quien despertó en ella el amor por la enseñanza.
Se graduó en 1949 como profesora de educación primaria y comenzó su trayectoria frente a grupo en comunidades como Halachó, Molas, Tetiz, Ticul y Mérida. Aquellas primeras aulas rurales marcaron su carácter pedagógico. “Me he preguntado muchas veces cuándo y cómo aprendí a amar mi profesión para dedicarle 52 años de mi vida —decía— y la respuesta la encuentro siempre en el recuerdo de mis niños de primer año”. Para ella, la docencia no era solo un empleo: era un compromiso que “aún no termina”.
Su carrera abarcó primaria, secundaria y educación superior, pero sería en la formación de educadoras donde dejaría su huella más profunda. Entre 1970 y 1973 fue subdirectora y catedrática de la Escuela Secundaria Ermilo Abreu Gómez en Acanceh. Paralelamente, cursó la especialidad en Ciencias Geográficas en la naciente Escuela Normal Superior de Yucatán, siempre en instituciones públicas, coherente con la convicción que la acompañó toda la vida: la educación pública como base de la justicia social.
En 1974 se incorporó como subdirectora a la recién fundada Escuela Normal de Educación Preescolar (ENEP) de Mérida. Un año después asumió la dirección. Lo que encontró fue un plantel con carencias: locales provisionales, mobiliario insuficiente, personal limitado y grupos numerosos. Lo que hizo, en cambio, fue construir una institución.
Al asumir la dirección, se trazó tres objetivos claros: lograr un edificio propio y digno; elevar la calidad académica mediante actualización permanente del profesorado; y consolidar una estructura laboral completa, acorde con una escuela superior. Durante 24 años al frente (1975–1998), egresaron 22 generaciones de educadoras: Mil 375 profesoras y 715 licenciadas en educación preescolar. Pero más allá de las cifras, su legado fue cualitativo: consolidó una comunidad académica con identidad, disciplina y sentido humanista.
Bajo su liderazgo, la ENEP no solo creció en infraestructura y prestigio, sino que se convirtió en un referente estatal. Impulsó un proyecto de servicio social que llevó a las alumnas a conocer la realidad social y económica de las zonas marginadas del estado. Creía firmemente en la educación preescolar intercultural bilingüe y defendía que las comunidades apartadas, con mayor presencia indígena, eran las que más necesitaban una educación sólida desde la primera infancia.
La profesionalización del nivel preescolar en Yucatán tuvo en ella a una de sus principales arquitectas. Contribuyó a dignificar la labor de las educadoras, históricamente subvalorada, y a posicionar el normalismo preescolar como un campo estratégico para el desarrollo social. Su frase, pronunciada en 2022 al ser reconocida como Maestra Distinguida, resume su misión: “La docencia ha sido mi proyecto de vida y me ha permitido abrir camino al Normalismo Prescolar en Yucatán”.
Pero su visión formativa no se limitó a lo académico. Fue pionera en integrar la educación artística como eje pedagógico. Bajo su dirección, todas las alumnas aprendían a tocar un instrumento musical; se formaron rondallas, coros, estudiantinas y una orquesta infantil. Los talleres de danza y teatro llevaron cuentos, canciones de Cri-Cri y cuadros regionales a parques, hospitales y casas de ancianos. La ENEP se convirtió en una institución viva, presente en la vida cultural y cívica de la ciudad, sin descuidar el rigor académico.
Su liderazgo también trascendió el aula. Participó activamente en la Sección 57 del SNTE durante doce años, ocupando diversas carteras sindicales. Fue consejera del ISSTEY, directora de administración del Ayuntamiento de Mérida (1979–1981), diputada local por el IV Distrito en la LI Legislatura (1988–1990) —siendo la única mujer en ese Congreso— y posteriormente directora general del ISSTEY. Desde esos espacios demostró que las maestras podían desempeñarse con solvencia en cargos de alta responsabilidad pública.
A lo largo de su vida recibió múltiples reconocimientos: las medallas Raquel Dzib Cicero, Ignacio Manuel Altamirano y Pablo Moreno, entre otras distinciones del SNTE y del Gobierno del Estado. En 2019, la Escuela Normal de Educación Prescolar de Mérida adoptó su nombre, homenaje en vida a quien dedicó un cuarto de siglo a consolidarla. En 2022 recibió la Medalla Consuelo Zavala Castillo del Congreso del Estado y el reconocimiento como Maestra Distinguida por la Segey.
En su discurso de aceptación expresó que disfrutaba ese momento “como un maravilloso regalo que me ofrece la vida” y lo compartía con miles de maestras y maestros que, en ciudades y rincones apartados, trabajan por la educación del futuro ciudadano que México necesita.
Tras jubilarse en 2001, no abandonó el estudio. En 2019, con casi 90 años, cursó un diplomado en Desarrollo Integral del Adulto Mayor en la Universidad Marista. Para ella, aprender era una forma de estar viva.
Falleció el 1 de enero de 2025 en Mérida, rodeada del cariño de su familia y de una comunidad educativa que la reconoce como guía y ejemplo. Orgullosamente normalista hasta el final, defendió siempre la educación pública como camino de dignidad y movilidad social.
Hoy, su legado se multiplica en cada jardín de niños donde enseñan sus egresadas, en cada aula donde se evoca su nombre, en cada generación que entiende que la educación preescolar es la raíz de todo proyecto de nación.
Edición: Estefanía Cardeña