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La microélite contamina en 90 minutos lo que una persona promedio en toda su vida
Foto: Efe

Las soluciones reales a la crisis climática son impuestos a la riqueza y a las ganancias de la microélite, democratizar el control financiero, dar una garantía de vivienda y una garantía laboral de trabajos útiles, con reducción de la semana laboral, para poder disminuir la contaminación de manera inmediata, al decrecer sectores económicos dañinos, sin someter a nadie a situación de desempleo.

Por suerte, estas políticas que pueden sonar utópicas son sumamente populares.

Un nuevo estudio publicado en The Lancet Planetary Health encontró que el apoyo público (encuestando a más de 5 mi personas en el Reino Unido y Estados Unidos) para 1) reducir la producción y el consumo de bienes perjudiciales e innecesarios (como la aviación, la moda rápida, los plásticos de un solo uso, la publicidad, la obsolescencia programada), 2) reducir el poder adquisitivo de la clase rica, 3) establecer servicios públicos universales y una garantía de empleo público para reorganizar la producción en función de las necesidades de nuestras sociedades, 4) democratizar los bancos y los medios de producción, y 5) poner fin a la apropiación imperialista del Sur global a través del intercambio desigual, es de más del 80 por ciento de la población. 

La etiqueta de estas políticas como “economía del bienestar” (51-81 por ciento) obtuvo mayor apoyo que otras maneras de describirlas, como eco-socialismo o decrecimiento.

Las políticas necesarias para buscar justicia y seguridad climática van de la mano con reformas de carácter económico y social. La microélite contamina en 90 minutos lo que una persona promedio en toda su vida.

Por suerte, estas políticas tienen muchísimo apoyo popular y pueden constituir la base de campañas políticas ganadoras.

Y no debería sorprendernos. El mundo está en el mundo más desigual, injusto y cínico de la historia.  

Estamos viviendo los tiempos más difíciles.

Toda ley internacional, todo orden mundial racional ha sido destrozado ante nuestros ojos.

Desde un genocidio transmitido en vivo, diario, por las redes sociales, tanto en las redes de las víctimas como de los perpetradores, mientras los pseudogobernantes mantienen silencio a pesar de los videos de bebés, niños, mujeres, hombres, ejecutados, de bebés asesinados por hambre impuesta por el bloqueo de Israel, de bebés muertos de frío, mientras toda la ayuda humanitaria está a solo unos kilómetros de la frontera con Gaza.

Sabemos desde hace décadas que el cambio climático es una amenaza para el planeta y para la humanidad y, en vez de haber visto la colaboración internacional necesaria para realmente dejar de usar fuentes fósiles de energía, vemos el secuestro del dirigente de una nación libre y soberana, de la República Bolivariana de Venezuela, a manos del imperio terrorista de Estados Unidos.

Por si eso fuera poco, el mundo está más desigual que nunca.

El 10 por ciento más rico es dueño del 75 por ciento de la riqueza y del 53 por ciento de los ingresos. El uno por ciento más rico es dueño del 37 por ciento de la riqueza. El 50 por ciento más pobre es solo dueño del 2 por ciento de la riqueza mundial. 

60 mil multimillonarios controlan tres veces más riqueza que la mitad de la humanidad junta. En la mayoría de los países, 50 por ciento más pobre rara vez posee más del 5 por ciento de la riqueza nacional. Los impuestos efectivos aumentan para la mayoría de la población, pero disminuyen para los multimillonarios y los centimillonarios. 

Estas desigualdades no son inevitables. Son el resultado de decisiones políticas e institucionales que benefician a una élite, principalmente en el norte global. Una persona promedio en América del Norte y Oceanía gana trece veces más que alguien en África subsahariana: el ingreso diario promedio en América del Norte y Oceanía es de aproximadamente 125 euros, en comparación con 10 euros en África subsahariana. 

Estas desigualdades económicas se traducen en desigualdades políticas a niveles nacionales e internacionales, y erosionan la democracia. Además, son espejos de la contaminación.

El uno por ciento más rico es responsable del 15 por ciento de las emisiones por consumo y del 41 por ciento de las emisiones de propiedad (emisiones de empresas y activos).
 
Por eso, impuestos a la élite serían una política climática real. Incluso un impuesto mínimo global sobre los multimillonarios y los centimillonarios podría traducirse en un incremento del 1 por ciento del PIB mundial, y financiar educación, salud y adaptación al cambio climático.

¡No hay justicia climática sin justicia social!




Edición: Estefanía Cardeña


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