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La intuición o la paranoia

Discernir lo que nos protege de lo que nos aísla
Foto: Reuters

Vivimos en una época marcada por la violencia y la inseguridad, donde muchas veces nos resulta difícil distinguir entre la intuición y la paranoia. Se parecen, se confunden, pero no son lo mismo.

La intuición es una respuesta serena y sutil basada en detalles reales y en experiencias pasadas que nos recuerdan momentos difíciles o decisiones acertadas. Surge de gestos, actitudes o situaciones que de alguna manera reconocemos. Nos advierte que algo no encaja y nos ayuda a decidir con más claridad.

La paranoia, en cambio, es una respuesta obsesiva impulsada por el miedo. Escuchamos constantemente historias de violencia, traiciones y peligros, y terminamos imaginando que todo puede ocurrirnos también a nosotros. Vivimos alertas, desconfiando de vecinos, amigos o desconocidos. Empezamos a interpretar miradas, silencios o actitudes como amenazas. El miedo invade el pensamiento.

Muchas veces creemos que estamos percibiendo mejor la realidad, cuando en realidad estamos atrapados en nuestros temores. La intuición observa; la paranoia interpreta obsesivamente. La intuición escucha la experiencia y el cuerpo. La paranoia necesita confirmar una y otra vez que existe un peligro.

Las redes sociales y las noticias alimentan continuamente esa sensación de amenaza. Poco a poco dejamos de sentir tranquilidad. A veces buscamos aislarnos, evitamos reuniones o preferimos la soledad porque el mundo comienza a parecernos demasiado agresivo o incierto. Sin darnos cuenta, dejamos de observar y empezamos a sospechar de todo.

Una llamada que no llega, una respuesta breve, un silencio o una mirada seria pueden convertirse inmediatamente en señales de rechazo o agresión. La mente empieza a construir historias antes de comprobar la realidad. Suponemos demasiado y dejamos de escuchar realmente al otro.

Lo más difícil es que tanto la intuición como la paranoia pueden sentirse verdaderas en el cuerpo. Podemos sentir ansiedad, tensión o inquietud en ambas. Por eso muchas personas confunden el miedo con una especie de sabiduría especial. Creen que desconfiar constantemente las protege, pero vivir en estado de alerta termina agotándonos física y emocionalmente.

La paranoia también transforma nuestras relaciones. Empezamos a imaginar intenciones ocultas en quienes amamos, creemos descubrir dobles mensajes en palabras simples y terminamos alejándonos para protegernos de peligros que muchas veces solo existen en nuestra imaginación. Poco a poco el miedo nos encierra y terminamos sintiéndonos solos aun estando acompañados.

La intuición, en cambio, no necesita fabricar historias interminables. A veces aparece de manera sencilla y silenciosa: sentimos que algo no está bien y tomamos distancia, o por el contrario sentimos tranquilidad frente a alguien sin saber exactamente por qué. La intuición no produce desesperación ni catástrofes mentales. Trae una especie de claridad interior.

La intuición también es un regalo de la experiencia y de la sensibilidad. No nace solamente del pensamiento lógico, sino de una atención profunda hacia nosotros mismos y hacia el mundo. A veces el cuerpo, los gestos, el tono de voz o ciertos silencios perciben algo antes de que podamos explicarlo racionalmente. La experiencia humana deja huellas invisibles en nosotros y aprendemos a reconocer peligros, afectos o falsedades casi sin palabras.

Por eso aprender a escuchar nuestra intuición puede ayudarnos a protegernos, pero también a comprender mejor a los demás y a vivir con más profundidad. Sin embargo, para escucharla necesitamos cierta calma interior. Cuando vivimos saturados de miedo, ansiedad o información violenta, la intuición se confunde fácilmente con pensamientos obsesivos. El miedo hace mucho ruido; la intuición casi siempre habla en voz baja.

La paranoia nace del miedo y de la obsesión. Imaginamos tragedias una y otra vez, dudamos de todo, sentimos ansiedad, taquicardia y deseos de escapar. El pensamiento no descansa y termina robándonos la tranquilidad del presente.

Por eso detenernos es tan importante. Respirar, guardar silencio, caminar, meditar o simplemente observar nuestros pensamientos sin creer inmediatamente en todos ellos puede ayudarnos a recuperar claridad. No todo pensamiento es una verdad. No toda sensación anuncia una catástrofe.

A veces la intuición nos protege. La paranoia, en cambio, termina aislándonos del mundo, de los otros y hasta de nosotros mismos. 

*También puedes leer el contenido de Lourdes Álvarez en Substack.

Lea, de la misma autora: Suponer o preguntar

Edición: Fernando Sierra


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