Opinión
Lourdes Álvarez
15/07/2026 | Mérida, Yucatán
Sentirnos culpables es algo muy común. Desde hace siglos se ha pensado que el ser humano nace marcado por la culpa. Sea cierto o no, lo que parece evidente es que la culpa ha sido utilizada para reprimir y manipular, tanto en la familia como en la sociedad y la religión. Sin embargo, aunque pueda ser alimentada desde fuera, solo encuentra un terreno fértil porque también nace de una ilusión profundamente humana: creer que deberíamos haber podido evitar el dolor, el error o la pérdida.
De dónde nace exactamente esa sensación es una pregunta difícil de responder. Quizá lo más importante no sea descubrir su origen, sino comprender por qué nos quedamos atrapados en ella.
La culpa suele ir acompañada de la soberbia, aunque a primera vista parezcan sentimientos opuestos. Cuando nos sentimos culpables pensamos que somos malas personas o que no merecemos el afecto o el reconocimiento de los demás. Creemos que eso es humildad, pero muchas veces ocurre exactamente lo contrario.
La soberbia es una de las formas más discretas y engañosas del carácter. Consiste en creer, casi sin advertirlo, que la realidad tendría que haberse acomodado a nuestros deseos. Nos cuesta aceptar que las cosas sean como son y que escapen a nuestro control. Olvidamos que nuestras decisiones influyen en la realidad, pero nunca la determinan por completo.
Ahí es donde la soberbia y la culpa se encuentran. Terminamos convenciéndonos de que, si hubiéramos actuado de otra manera, todo habría salido exactamente como queríamos. Tal vez algunas cosas habrían sido diferentes, pero no necesariamente mejores. La realidad tiene una lógica propia. En ella intervienen el azar, las decisiones de los demás y circunstancias que jamás podremos controlar por completo.
Aceptar que no somos omnipotentes quizá sea el primer paso hacia la humildad. La humildad no consiste en rebajarnos ni en castigarnos. Tampoco en negar nuestras capacidades. Consiste en reconocer los límites de nuestro poder sobre las consecuencias de nuestras decisiones. Somos responsables de lo que elegimos y de cómo actuamos, pero no somos dueños de la realidad.
Podemos actuar con inteligencia, con amor, con prudencia y con la mejor de las intenciones. Sin embargo, el desenlace nunca depende únicamente de nosotros. También intervienen la libertad de los otros, el tiempo, el azar y una realidad que jamás termina de obedecer nuestros deseos.
Muchas de nuestras culpas nacen cuando elegimos entre dos bienes y no entre un bien y un mal. Elegir una vocación, una profesión, una pareja, la maternidad o cualquier proyecto importante implica, inevitablemente, renunciar a otras posibilidades. Quien privilegia una parte de su vida puede sentir que ha traicionado otra. Con frecuencia la culpa no nace de haber elegido mal, sino de no aceptar que toda elección deja algo atrás.
La soberbia aparece cuando imaginamos que existía una decisión perfecta, capaz de conservarlo todo y de no herir a nadie. Pero esa decisión no existe. Vivir es elegir, y elegir significa aceptar que toda libertad tiene un costo. Con los años descubrimos que la vida no nos ofrece decisiones perfectas, sino decisiones posibles. Quizá esa sea una de las formas más discretas de la sabiduría: dejar de exigirle a la realidad aquello que nunca pudo darnos.
Cuando comprendemos esto, la culpa comienza a perder fuerza. Dejamos de castigarnos por no haber conseguido lo imposible: controlar el mundo. Entonces aparece una humildad distinta, la de quien puede mirar de frente sus errores sin convertirlos en una condena y reconocer también aquello que hace bien sin exagerarlo ni convertirlo en motivo de superioridad.
La culpa muchas veces no nace de haber actuado mal, sino de la fantasía de que, si hubiéramos encontrado las palabras exactas, tomado otra decisión o amado de otra manera, habríamos evitado el dolor. Esa fantasía es profundamente humana, pero también profundamente soberbia, porque supone que nuestro poder sobre la realidad era mucho mayor del que realmente era.
Esa humildad abre la puerta al perdón. No porque neguemos nuestras faltas, sino porque dejamos de exigirnos una perfección que nunca ha pertenecido a la condición humana. Aprendemos a responsabilizarnos de nuestros actos sin cargar con el peso imposible de controlar todo lo que sucede después.
Somos seres humanos: falibles y, al mismo tiempo, maravillosos. En nosotros conviven el acierto y el error, la lucidez y la fragilidad. La soberbia nos hace creer que deberíamos haber sido perfectos y que el mundo tendría que responder a nuestros deseos. La humildad, en cambio, nos devuelve a nuestro verdadero lugar: el de quienes hacen lo mejor que pueden con lo que saben, aceptan los límites de su poder sobre las consecuencias de sus decisiones y descubren que la paz no nace de dominar la vida, sino de reconciliarse con ella.
Quizá la culpa no sea siempre el signo de que somos malas personas. Quizá, muchas veces, sea el último refugio de la soberbia. Solo cuando dejamos de exigirnos un poder que nunca tuvimos comprendemos que la responsabilidad no consiste en controlar la realidad, sino en responder con honestidad a ella. Tal vez ahí comience la verdadera humildad y, con ella, el perdón y la posibilidad de vivir con un poco más de serenidad.
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Edición: Fernando Sierra