Opinión
José Díaz Cervera
11/08/2026 | Mérida, Yucatán
Hace unos días que regresé de Colombia. Los poetas viajamos ligeros de equipaje, pero siempre con mucha imaginación y con los ojos bien abiertos.
He querido dejar un testimonio sencillo de lo que vi y de lo que viví en un momento histórico para ese país hermano. Justamente la noche anterior a mi regreso, de la Espriella anunciaba que al asumir el cargo rompería relaciones diplomáticas con varios países de la región y anunciaba una política de mano dura. Su actitud beligerante no estaba a tono con la cordialidad que percibí entre los colombianos con quienes traté.
El jueves 5, ya en Mérida, vi en redes sociales a Petro (presidente aún en funciones), ofreciendo una alocución en la que ofrecía algunos pormenores del fraude electoral y llamaba tardíamente a una resistencia civil. El anuncio me pareció estratégicamente fuera de lugar.
El viernes 6, Petro dejó el Palacio de Nariño recibiendo los honores del ejército colombiano. En su breve discurso de despedida habló de todas las mentiras que utilizó la oposición para ponerlo contra la pared y en un pasaje sentenció: “…dijeron que me reelegiría indefinidamente y hoy estoy aquí, entregando el poder a quien ganó las elecciones sin una legitimidad plena…”.
Yo me quedo con la idea de que Petro no supo defenderse ni tuvo el equipo que lo cobijara. Reflexiono también sobre la importancia del trabajo territorial que hizo en nuestro país López Obrador y que Claudia Sheinbaum exige de los candidatos de MORENA: fueron 15 años de trabajo, de recorrer el país, de escuchar a la gente. El tabasqueño construyó, sobre las ruinas de un régimen caduco, una estructura muy sólida.
La misma estrategia que se usó en Colombia para desacreditar a Petro —y a todo el movimiento encabezado por él— se ha querido instrumentar en México sin éxito (las encuestas así lo revelan). En México no hay una oposición orgánica y no se ve una salida a mediano plazo pues la estrategia de las mentiras no funciona cuando la capacidad de manipuleo se vuelve exigua y cuando la única esperanza de los que perdieron privilegios es una intervención extranjera que, de darse, no abriría espacios a quienes hoy son opositores de caricatura.
En el esfuerzo de ir más allá de la ideología (finalmente los partidos políticos no son equipos de futbol), uno sabe que el electorado es una instancia cuya consistencia es compleja y hasta veleidosa; la clave está en lograr que esa masa pueda ir más allá de sus velos ideológicos y cuando esto sucede la estrategia de mentir deja de funcionar tanto para el poder como para la oposición: la masa se convierte en una entidad orgánica.
En Colombia funcionó medianamente bien la estrategia de la desinformación y de la mentira, junto con la magnificación de los errores de Petro y la exhibición minuciosa de la corrupción que antes se ocultaba. Eso, junto con un cada vez más evidente fraude electoral, dio por resultado la victoria de Abelardo de la Espriella, quien, por cierto, es también ciudadano norteamericano por naturalización.
La pregunta queda en el aire: ¿quién tiene ahora el poder en Colombia?
Algunas instantáneas de la toma de posesión:
-El rabino sefaradí David Michaan gritando: ¡Viva Israel…”
-Treinta minutos de discurso religioso donde participaron Testigos de Jehová, Iglesias Evangélicas y el Episcopado Católico, en una ceremonia política acontecida en un país que se declara laico.
-El presidente entrante declarando que la religión tendrá un lugar central en su mandato, gritando al final de su discurso: ¡Viva Cristo Rey!
-En el cuartel de la Tercera Brigada del Ejército: “El tigre ha llegado y sabrán lo duro que muerde (…) La opción de diálogo está agotada…”
Hay una puntita de mi corazón enterrada en una esquina de la vieja Bogotá. La vida fue generosa al permitirme viajar a Colombia y asomarme someramente a un momento decisivo de su Historia. No sé si alguna vez regresaré a caminar por las calles aledañas a la Plaza Bolívar para beber una aromática con su buen aguardientico o para desayunar una almojábana divina acompañada de un tintico.
La mañana en que terminé estas líneas (8 de agosto de 2026) explotó un coche-bomba en el Cauca.
El terror ha regresado. La noche está de vuelta: oscura, lluviosa, triste.
No sé si alguna vez estaré de nuevo por allá, pero hoy quiero para Colombia la aurora más limpia, las fragancias de la paz y la música tersa de ese acento colombiano que no habla el español sino lo canta con dulzuras de cocada y de veleño. (FIN DE LA SERIE).
Edición: Fernando Sierra