Opinión
Nalliely Hernández
14/10/2026 | Mérida, Yucatán
Albert Einstein es quizá el ejemplo más emblemático de la imagen idealizada del genio solitario, cuya brillantez intelectual parece ir acompañada de una intachable calidad moral. Su imagen social cultiva y preserva dos ideas falsas de la práctica científica que conviene desmitificar.
La primera es la imagen del genio que rompió con la física de Newton largamente establecida y elaboró en solitario una de las teorías más potentes de la ciencia contemporánea. Si bien es indiscutible que Einstein era un físico brillante con una gran intuición sobre la realidad física, la idea socializada de la relatividad ha opacado el hecho de que tanto la relatividad especial como la general fueron producto de una práctica colectiva y gradual, en la que Einstein dio pasos decisivos que otros no dieron, pero que posibilitaron su elaboración.
En el primer caso, es sabido que el físico alemán leyó las críticas de Mach al espacio absoluto, lo que contribuyó a convencerlo de su inexistencia. Por otro lado, las transformaciones que permiten pasar de un marco de referencia espaciotemporal a otro en la relatividad especial habían sido formuladas previamente por Lorentz, aunque Einstein las derivó e interpretó de manera diferente. Además, hoy sabemos que, durante el periodo en que elaboró esta teoría, Einstein mantenía una estrecha relación intelectual con Mileva Marić, su pareja y compañera de estudios. Si bien no es posible determinar con certeza en qué medida contribuyó ella a la formulación de la relatividad, resulta plausible que su intercambio intelectual tuviera alguna incidencia en el desarrollo de la teoría (esto ya lo contamos en otra
columna).
En el segundo caso, el de la relatividad general, se sabe que durante el siglo XIX diferentes matemáticos ya habían planteado no solamente el hecho de que existían geometrías curvas, sino que habían puesto sobre la mesa la idea de que el espacio era curvo, como Gauss o el propio Riemann (cuya geometría es justamente la del espacio), y que el movimiento de la materia era resultado de su curvatura, como W. K. Clifford. Aunque es obvio que fue Einstein quien formuló una teoría física en la que la geometría del espacio-tiempo da cuenta de la gravitación y del movimiento, poner el foco en estos antecedentes, así como considerar la ayuda de Marcel Grossmann en los aspectos matemáticos de la teoría y el hecho de que David Hilbert llegara de manera independiente a una formulación de esta, muestra el carácter eminentemente colectivo de la ciencia. La relevancia de la historia radica en que ayuda a combatir el nocivo prejuicio de que las grandes revoluciones científicas son producto de hombres blancos solitarios que simplemente poseen una inteligencia extraordinaria.
Esto nos lleva a una segunda idea falsa: que la autoridad intelectual en un campo específico, como la física, confiere por sí misma autoridad moral y política. La imagen de Einstein como un pacifista radicalmente opuesto al nacionalismo y como una autoridad moral del siglo XX pasa por alto las tensiones y transformaciones de sus posiciones políticas. Su extraordinario prestigio científico no basta para validar sus juicios en otros ámbitos.
Por un lado, su relación con Mileva Marić ha suscitado dudas sobre la integridad moral que suele atribuírsele. Por otro lado, aunque rechazó el nacionalismo y defendió una concepción universalista de la humanidad, con el tiempo apoyó la causa sionista y desempeñó un papel destacado en una gira de recaudación de fondos por Estados Unidos para impulsar la creación de la Universidad Hebrea de Jerusalén. De acuerdo con Rosenkranz, en su libro Einstein before Israel, el físico llegó a defender la idea de un Estado judío apelando a una solidaridad con la diáspora, probablemente motivado por el antisemitismo del que fue víctima y que lo llevó a emigrar a Princeton en 1933.
Aunque las fuentes señalan que Einstein defendía la convivencia entre árabes y judíos y rechazaba el desplazamiento de la población árabe, parece no haber reconocido —quizá involuntariamente— el carácter colonizador del proyecto.
En definitiva, lo que me interesa destacar es la complejidad de su trayectoria científica y política, que cuestiona la imagen idealizada del genio que construyó de forma autónoma sus ideas científicas y la figura intachable que suele proyectarse en el discurso público. No se trata de minimizar la importancia de la teoría ni del personaje, pero resulta deseable desmontar estos estereotipos para poder construir una visión de la ciencia más realista y más sensata.
Nalliely Hernández es profesora del departamento de Filosofía de la Universidad de Guadalajara:
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Edición: Estefanía Cardeña