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¿Pueblos mágicos o magia sin pueblos?

78 por ciento de la población de Maní vive en pobreza
Foto: Sasil Sánchez

Se escucha bien, al menos para la actividad turística, la reactivación del programa Pueblos Mágicos. En un ambiente económico alicaído por la pandemia, una estrategia que promueva la dispersión de recursos en poblaciones que cuentan con atractivos para los visitantes siempre será bienvenida.

El Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), ya dio a conocer que los ingredientes de la pobreza y la miseria está presente en siete de los 11 nuevos pueblos mágicos. Si este fue el factor para que el gobierno federal inclinara la balanza hacia los seleccionados, quiero pensar de buena fe y creer que el ánimo es romper la dinámica que tiene a 78 por ciento de la población de Maní en la pobreza y a 23 por ciento en la pobreza extrema, y a la de Sisal en porcentajes superiores a la media nacional en esos mismos rubros.                                                        

Pero el programa Pueblos Mágicos no ha dejado de ser una estrategia creada en una oficina, desde el escritorio y con poco o insuficiente trabajo de campo. Es una campanada para atraer inversiones a las comunidades, no necesariamente provenientes de la organización comunitaria. ¿Esto es malo? No debiera serlo, pero uno de los motivos para que algunos de los llamados pueblos mágicos hayan fracasado como atractivo fue que esas inversiones fueron para convertir las poblaciones en escenografías muy apropiadas para turistas de Instagram que presumen sus selfies junto a las “letras turísticas” que utilizan, sin excepción, una paleta de colores chillones digna de Fabián Chairez.

Uno de los requisitos que debió incluirse en el expediente de cada candidato a Pueblo Mágico fue contar con un plan de desarrollo. Será necesario ver si ese documento es incluyente en cada caso, no porque se deba hacer de lado al capital proveniente de otros lugares y favorecer exclusivamente iniciativas comunitarias, sino para que ninguno, por más fuente de empleo que resulte, convierta a la población y las personas en utilería para un montaje.

Ya en los primeros momentos del programa fue notable que los objetivos de conservación de la arquitectura original, tradiciones, lenguas indígenas, historia, gastronomía y otros más, no pudieron enfrentar la “coyoacanización”, proceso que ha hecho de los llamados “pueblos mágicos” un conjunto de asentamientos más o menos homogéneos en la pintura de sus edificios y los uniformes del personal de servicios en hoteles y restaurantes, e incluyendo papel picado y alebrijes en estos negocios, adaptándolos a la imagen del “muchou típicou” para que el turista se lleve la imagen de estar en el pabellón de México en Epcot Center, o Santa Cecilia, el pueblo de Coco. La música ambiental, podrá imaginarse: banda sinaloense, mariachi, tambora...

¿Quién gana y quién pierde en este proceso, al que el doctor Gilberto Avilez Tax ha bautizado para la península como “la Xcaretización del Mayaland”? Gana el capital que calcula su permanencia en el lugar y que puede cambiar su inversión oportunamente, pero pierden los habitantes, que ven cómo se transforma su entorno y terminan por desconocerlo, y en ese momento dejan de ser los principales promotores de la población; es así como el pueblo deja de ser mágico.

Imaginemos que en unos cuantos años llega un autobús de turistas extranjeros a Maní. Posiblemente los visitantes hallarán hoteles, incluso alguno perteneciente a una gran cadena, con la misma decoración ajena al pueblo; un mercado de artesanías made in China o Vietnam, o se irán sin probar los pibinales, los iiswajes ¡o el Poc Chuc!, pero sí habrán comido sopes, pambazos y tlayudas. Ellos también habrán perdido, habrán visitado una población con mucha historia, que hallarán convertida en un “no lugar”.

¿Y la gente local? Esa, de nueva cuenta habrá perdido oportunidades para vincularse profundamente con su entorno y tendrá que volver a aprender a relacionarse con calles, playas y manglares que habrá que recuperar de la contaminación, y volver a preguntar quién se llevó la magia del pueblo.

Ojalá, por el bien de todos, la estrategia de promoción vincule a los habitantes de los Pueblos Mágicos (ahora sí, los del programa) con su propia historia, con el valor histórico de sus edificios, que puedan hacer propia la conservación de los cuerpos de agua, de las playas, que ellos mismos nos enseñen hasta a los que somos sus vecinos.

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 Edición: Elsa Torres


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